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Tiananmen

 

El 4 de junio de 1998 los tanques del gobierno chino de Li Peng tomaron por la fuerza la plaza de Tiananmen, principal de Pekín, por entonces ocupada por miles de estudiantes que pedían reformas en el régimen chino.

Lo que sucedió después es conocido por todos. Según la Cruz Roja, fueron varios miles de muertos. Nunca se sabrá la cantidad exacta. Para la filosofía del ser genérico, tampoco importa.

El gobierno chino sigue sin admitir oficialmente esa matanza. Sostiene que la violencia fue necesaria para detener una revolución. Algunos dicen que fue problemas de mala comunicación, de mala organización. Otros, como el líder de la Alianza Democrática para la Mejora y el progreso de Hong Kong (un partido político de Hong Kong muy cercano al gobierno chino), Ma Lik, tienen una visión tolerante con la matanza. Ma Lik ha dicho que en realidad no fue una masacre sino una medida enérgica.

Sea cual sea la visión de la jerarquía del régimen, y de sus simpatizantes y satélites, y más allá de la razón o no que pudiera haber asistido a aquellos estudiantes, se trató de una matanza. De miles de jóvenes.

En esta época que sólo se reconocen y se les rinde homenaje a los muertos  de una determinada ideología, creo indispensable recordar este atropello al fundamental derecho humano a la vida, al fundamental derecho humano a la disensión, al fundamental derecho humano a la manifestación de lo que se piensa.

La barbarie, el desprecio por la vida y por los derechos humanos, no son un atributo ni de la derecha ni de la izquierda, sino de los totalitarismos y de las mentalidades antidemocráticas que abundan tanto en la derecha como en la izquierda.

A los jóvenes de Tiananmen, mi emocionado homenaje. Que su sangre sea semilla de concordia y de libertad.

 

Raúl Llusá