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Rol del maestro

 

En Educación, como en todo ámbito de la vida, es necesario el equilibrio al que se accede por la virtud de la Prudencia. Este equilibrio nos ayuda a formular nuestro rol de educadores de una manera adecuada a la realidad como ella es, y no como creemos que es o como desearíamos que fuera.

 

Un cierto concepto de la educación nos dice que el rol del maestro es el de un simple monitor del trabajo de los alumnos, un coordinador de aprendizajes. En esta concepción, el papel del maestro se limita al de un orientador. No es la fuente del saber, sino aquél que orienta a los alumnos hacia donde verdaderamente está el saber. Esta concepción parte, conciente o inconcientemente, del paradigma de que el maestro no sabe, y que en todo caso sabe “dónde está el saber”, y orienta a los alumnos sobre la forma de ir hacia el saber. Es, a mi juicio, una visión parcial del rol del maestro.

 

Otro concepto, en cambio, parte del paradigma de que el maestro es quien lo sabe todo; quien ha leído todo lo que se escribió y desarrolló sobre el saber que enseña. Presenta los textos y las fuentes, pero los ofrece predigeridos, tamizados por la particular sabiduría del maestro. Desconfía del trabajo de búsqueda y elaboración de los alumnos. Siente que es un desaprovechamiento del tiempo. Es el reino de la “clase magistral”. Es una visión limitadora y empobrecedora del rol del alumno, del que aprende.

 

Podemos encontrar, en esta dicotomía de roles, un destello de la vieja dicotomía entre las visiones platónica y aristotélica del conocimiento.

Para Platón, conocer es recordar, porque el hombre “ha contemplado las ideas ejemplares”, y en el proceso de conocimiento “recuerda” lo que ha contemplado. Para Aristóteles, en cambio, el conocimiento se construye partiendo de la experiencia sensible. Todo conocimiento del mundo real comienza con las impresiones sensoriales que luego se ordenan por un sexto sentido, convirtiéndose primero en phantasmata y así en la imagen o Percepción; esta percepción es el objeto de la memoria, o la retención de aquello que se conocía en el pasado.

 

Es sumamente probable que exista toda una cantidad de conocimientos, o “facilidades de conocimiento” que estén inscriptas en la memoria genética de la raza humana. Experiencias humanas de la cultura que, transmitidas genéticamente generación tras generación, expliquen la facilidad con la que un niño aprende la complejidad del lenguaje u tras realidades de la vida social. Desde esta perspectiva, la visión platónica puede ser adecuada, haciendo abstracción de su doctrina de los dos mundos. Pero el conocimiento humano fue avanzando (y lo sigue haciendo) con la ardua tarea que deviene de los principios que planteó el estagirita.

 

El rol del maestro es, a mi juicio, más complejo que una u otra de estas dos modalidades paradigmáticas, porque ambas visiones aportan una parte de la complejidad de lo real en el ámbito del proceso de enseñanza-aprendizaje. Hay que respetar la propia descubierta del alumno, motivada quizá por esa “memoria genética” de lo aprendido por la raza,  pero hay que trabajar también, (y duro) con el método riguroso de la investigación a partir de las fuentes probadas del saber.

 

El maestro debe conocer la ciencia que enseña. Debe conocer la bibliografía que existe, y debe saber ponderar al respecto de ella. Debe saber orientar a sus alumnos a las fuentes, y animarlos a consultarlas. Los autores son la fuente fresca de donde abreva el verdadero conocimiento, y el trabajo de búsqueda y consulta proporciona un aprendizaje de alta calidad. En este sentido, el maestro debe proporcionar al alumno una “caja de herramientas” y la capacitación para usarlas: hablar de los autores básicos de cada ciencia; hablar de sus trabajos centrales; mencionar dónde se pueden encontrar los libros; qué es necesario leer sí o sí. Ayudar a la tarea de ponderar críticamente el material que se encuentra en Internet, y desalentar drásticamente, como enemiga del aprendizaje, la práctica de “cortar y pegar”.

Pero además, el maestro debe brindar, sin temor, una cosmovisión de la ciencia. Ningún alumno, en el estadío básico de la formación, tiene el tiempo y la formación adecuadas como para acceder a la totalidad de las distintas visiones sobre la ciencia que se estudia; las posiciones encontradas; los grandes debates; los puntos que están en etapa de disputa y aquellos que gozan de consenso científico. Por ello debe el maestro brindar una visión amplia que permita a los alumnos sentirse en condiciones de ir hacia el material sabiendo que cada cosa que consulte es una parte, y no el todo.

Y debemos creer en la capacidad del maestro para llevar a cabo esta tarea. Y el maestro debe capacitarse siempre, y continuamente, para hacerla bien.

 

Incluso, hay oportunidades en las que el maestro ha realizado un trabajo personal de investigación y ahondamiento en determinado aspecto de su ciencia, que constituye un verdadero material valioso para los alumnos. Y este trabajo debe ser compartido con los alumnos. Debe ser, él mismo, fuente y material de estudio.

El conocimiento del hombre ha avanzado tanto del trabajo individual de científicos y pensadores, como de la elaboración conjunta. Por lo mismo, en la tarea educativa las dos cosas son importantes.

Es menester el equilibrio gobernado por la prudencia. En algún momento serán precisas las clases magistrales. En otro, el trabajo de investigación convenientemente guiado por el maestro. En otros, la creatividad individual y grupal de los alumnos. Centrarse en uno solo de estos procesos es cercenar partes importantes del proceso de enseñanza-aprendizaje.

 

El rol del maestro es central, no solo como conductor del proceso, no sólo como aquél que conoce la ciencia que enseña y las fuentes de esa ciencia junto con su jerarquización.

Es central también como el de aquél que tiene que discernir las herramientas y procedimientos que deben ser utilizados en cada fase cambiante del proceso, para echar mano a unos y a otros con la mirada puesta en la relación evolutiva que vayan desarrollando los alumnos respecto del saber sobre el que se trabaja.

 

 

Raúl Llusá