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Fiebre de reformas constitucionales

El sistema que otorga poder por la fuerza de los votos, no es necesariamente el más perfecto, aunque desconozcamos al presente, o no tengamos suficientemente clara, la manera de perfeccionarlo.

Decimos que no es el más perfecto porque para que lo fuese debería presuponerse, por un lado, la honestidad absoluta y la sana razón virtuosa[1] de los mandatarios elegidos por el voto popular, y la cultura, honestidad y sana razón virtuosa de los mandantes, esto es: los votantes.

Pero en la práctica no vemos que se haga presente, al menos en nuestras naciones sudamericanas, una cosa ni la otra.

Los mandatarios buscan la perpetuación en el poder: sea por convencimiento de que su propuesta y actuar es lo mejor que puede esperarse para el bien público; sea porque los compele una secreta y más o menos conciente compulsión al poder; sea porque desean el statu quo que les deviene por estar donde están, sea porque desean vivir, subsistir, y/o enriquecerse con la función pública.

Y los mandantes votan con una razón “a medias”: una razón no siempre analítica. Es más: la razón votante es analítica las menos de las veces. Se vota por oleadas emocionales. Porque es el humor público el que manda el voto. Se votó por Alfonsín por miedo al peronismo de Herminio Iglesias y los sindicatos con sus patotas. No por convencimiento de las virtudes del candidato ganador (aunque él lo haya creído así, y haya soñado con gestar un “terrier movimiento histórico, detrás del yrigoyenismo y el peronismo, con él mismo como líder. Triste papel le tocó al tener que archivar su proyecto personal e irse del gobierno seis meses antes, por las insidias del peronismo. Lo que no entendió Alfonsin es que no lo votaron a él: se votó en contra del peronismo). Volviendo: se votó a Menem por el gusto amargo de la crisis del gobierno radical en el  89. No por convencimiento. Se lo volvió a votar a Menem en el 95 porque había que mantener el 1 a 1. De la Rúa ganó en el 99 por hartazgo de la gente hacia Menem. No por convencimiento. La misma gente que lo había votado se hartó de De la Rúa dos años después y permitió la barrabasada institucional del helicóptero y los cinco presidentes. Hoy está en el candelero Kirschner. Mañana… mañana seguramente que no.

Porque el votante vota con el estómago, con el humor, con la razón superficial. Son minoría los que votan analizando.

Y esta situación es aprovechada por los gobernantes inescrupulosos, o al menos poco prudentes.

Veamos si no los ejemplos de Venezuela y Ecuador, donde sus mandatarios, aprovechando el efecto arrastre, lanzan consultas populares para convocar asambleas constituyentes para reformar la constitución nacional a su medida.

Claro: ganan las consultas, porque las hacen inmediatamente después de ser electos, en el período de enamoramiento y bonanza entre ellos y el pueblo. Y las elecciones subsiguientes, en las que se eligen a los convencionales constituyentes, las ganan también con los mismos márgenes. La gente vota al prestigio (real o imaginario) del que manda. Y el que manda usa y abusa de esta simplicidad. Y se reforman las constituciones… a medida de los deseos (o caprichos) del mandatario popular. Deseos y caprichos que tienen que ver, regularmente, con proyectos hegemónicos, personalismos malsanos,  reelecciones indefinidas y lindezas por el estilo. Con el contubernio, claro… de los pueblos, que carecen o demuestran carecer de capacidad analítica. Puede aducirse: porque la escuela no se las proporcionó. No se enseñó a pensar analíticamente. Y está siempre dando vueltas por ahí la sospecha de que la escuela no enseña a pensar analíticamente porque no conviene que los pueblos tengan capacidad analítica…

De cualquier forma, vamos al grano: las constituciones constituyen (perdóneseme la cacofonía) la base de la convivencia de una nación civilizada. La base de la legislación, de toda legislación. El contrato social básico. No pueden ser reformadas cada dos por tres, a la medida de los iluminados que llegan pensando que el mundo ha vivido equivocado hasta que llegaron ellos; o que hasta ellos solo gobernaron inescrupulosos enemigos del pueblo, y que ellos vienen a ser los salvadores de la patria. Estos personajes son nefastos. Lo han sido a lo largo de la historia.

La Constitución debe ser todo lo perfecta que pueda serlo. Para ello hay que mirar a las constituciones de los países antiguos y serios, y comparar. Y preguntarse por qué, aquí y allá, aparecen ciertos artículos, en nuestra constitución (o la de los países a medida de los caprichos de sus gobernantes), que no aparecen en las de los países serios, avanzados y exitosos.

La Constitución debe ser seria, amplia, y dejar espacio para la legislación de coyuntura. LA CONSTITUCIÓN NO DEBE ESTABLECERSE POR O PARA LA COYUNTURA. No puede legislar para las necesidades concretas de una época determinada. Pero debe permitir que se legisle para ella, y que sea la legislación ordinaria la que pueda ser reformulada, adaptada, o simplemente abolida llegado el momento de su inadecuación.

A la Constitución, una vez que está bien pensada, armada y revisada, hay que dejarla en paz.

Es más: la Constitución debería contener una cláusula que determinara que cualquier revisión deberá esperar un período mínimo de, digamos, cuarenta años. Es decir: la constitución será intangible por espacio de cuarenta años. Salvo que una causa suficientemente grave, avalada por un plesbicito de por ejemplo un 80 un 85% de aceptación popular, obligara a alguna adaptación.

Pero por lo demás, la constitución debe defenderse a sí misma. De los que pasan por encima de ella por las armas (sean fuerzas armadas oficiales o guerrillas de cualquier signo o ideología); de los que le hacen gambitos de interpretación para pasar por encima de alguno o algunos de los poderes; o los que desean reformularla para sus propios intereses.

 

1. Entiendo “sana razón virtuosa” como la conjunción de una razón que discurre sin condicionamientos movidos por ideologías o intereses; una razón que busca siempre la justicia y el bien común; y una razón, en fin, que procede analíticamente. Con método riguroso y probado.