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Pseudonimia

 

No sé si se llama así. Pero cada tanto aparece algún texto que, con la firma de alguna persona famosa, habla sobre determinado tema. Y se reenvía por correo electrónico con el peso (real o regalado) que le da la jerarquía del firmante. Circulan así textos atribuidos a Borges, a Tato Bores, a Galeano, a Fontanarrosa, a Aristóteles y a muchas personas más.

A veces los textos son buenos. A veces son mediocres. Y a veces son sólo verosímiles: parecen decir verdades, pero si se los analiza con rigor presentan resquebrajaduras por todos lados.

Muchas veces son reenviados a toda la libreta de direcciones de aquél que los recibió, por un lado porque ha gustado el contenido, y por otro porque tiene atrás, para darle entidad, el “bronce” del supuesto firmante. Lo que diga Dolina es vox Dei. Así que hay que reenviarlo.

Y si el texto lo amerita, en buena hora sea.

Pero al analizarlos con atención, frecuentemente vemos que los textos referidos no son autoría de los supuestos firmantes. Y esto no requiere una exégesis demasiado compleja: cada uno de nosotros tiene una manera de escribir. Usamos determinadas frases. Preferimos determinados modismos. Nos gustan determinadas expresiones. Acudimos a una determinada gama de adjetivos frecuentes. Incluso cometemos los mismos errores de sintaxis. Por eso no es tarea extremadamente difícil darse cuenta de si un texto determinado pudo haber sido escrito por tal o cual autor.

A veces la pseudonimia (como llamo, por ignorancia, a esto de atribuir un texto a determinado autor aunque no lo sea) se produce por error. Uno cree que tal texto es de fulano, y le endilga la paternidad.

Otras veces, sin embargo, la pseudonimia es hecha deliberadamente. Por ejemplo  porque uno produce un texto, o encuentra un texto, y le parece bueno, por lo que quiere difundirlo. Pero si uno piensa que un texto sin firma pierde fuerza; o tal vez el firmante, la fuente, es un autor ignoto (como uno mismo), se produce el fraude, con la loable finalidad de que se le preste atención al texto al que se le ha endilgado otro autor.

Pero no deja de ser un fraude intelectual.

Los textos, y las ideas que los sustentan, tienen valor por sí mismos, por la fuerza de las argumentaciones, por las intenciones que persiguen. No por el prestigio del autor. Todos (aún los ignotos, como el que esto escribe) podemos a veces tener ideas interesantes, y registrarlas en un texto. Deberíamos también tener siempre la valentía de exponerlas con nuestra propia firma, si son de nuestra autoría. Y si es un texto anónimo, difundirlas como lo que son: textos anónimos.

Una última reflexión sobre el “argumento de autoridad”.

El argumento de autoridad es, realmente, un argumento. Pero tiene un valor que es siempre relativo al del valor intrínseco de las ideas que se exponen. Quiero decir: si una celebridad o un genio, dice una genialidad, está muy bien. Pero si la misma celebridad dice un disparate, sigue siendo un disparate lo diga quien lo diga. Evidentemente, por supuesto, si un economista famoso habla de economía, es razonable prestar atención, porque se trata de la opinión o del juicio de alguien que es especialista en el tema tratado. Se supone que leyó todo o casi todo lo que se escribe sobre la materia que aborda. Se supone que está al tanto de las novedades, de las tendencias actuales. Que está “actualizado”. Que por su especialización, ha leído y meditado más que otros sobre la materia. Y eso hace que sea inteligente prestarle atención.

Pero como es obvio, la autoridad del que expone no garantiza siempre la validez de lo expuesto, ya que también los especialistas, por una serie de condicionamientos de todo tipo, y aún por la tendencia que tenemos los humanos a errar a veces, pueden equivocarse.

Y además, muchas veces se difunden textos en que los especialistas hablan sobre temas que no son los de su expertía. Se puede decir al respecto: “pero fulano es sumamente inteligente. Aunque hable de un tema que no es el suyo, la inteligencia que demuestra en su ámbito de estudio indica que también puede llegar a conclusiones inteligentes en otros ámbitos”. Y es verdad. Seguimos dentro del argumento de autoridad, ahora no fundado en el saber del experto, sino en la capacidad analítica que tiene.

Pero siempre debemos recordar que las proposiciones son valiosas en virtud de sí mismas: por la fuerza argumental del discurso, por su estructura analítica, porque toman en cuenta todas las posibles complejidades de un asunto, porque siguen un riguroso método lógico.

Que sigan llegando a nuestras casillas de correo textos reales o sinonímicos de diversos autores. Pero sería razonable que los analicemos, principalmente, por lo que dicen. No por el prestigio de la firma.

 

Raúl Llusá