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Plazas llenas y voluntad general

 

Todo fanatismo comienza o al menos se fortalece con el hecho de confundir una parte con el todo. Sucede cuando alguien ve una porción de la realidad y juzga que es la única, o la más importante.

El fanático no tiene la facultad de ver que existen otras partes de la misma realidad, quizá con la misma importancia, o quizá con menos o más. No importa esto último: lo importante es que hay otros aspectos de la realidad que, con los ojos del fanatismo,  no se pueden ver, o quizá se ven pero se niegan (y esto es peor).

En las contiendas como la que aflige hoy a los argentinos, e independientemente de las razones que asisten a unos y a otros (que las hay, de ambos lados, y esto es lo que hace complejo al problema), se ve un poco de esta mecánica que apuntaba en el párrafo anterior en la curiosa importancia que las partes en pugna le dan a la expresión de la gente en las manifestaciones. Y aquí también se puede confundir la parte con el todo. La confunde el líder político que desde un balcón o un palco interpreta que una plaza llena representa a todo un pueblo, y la confunde el líder de una protesta que interpreta lo mismo cuando los que manifiestan son los que apoyan los reclamos.

Unos y otros pecan de parcialidad cuando se dejan llevar por la fuerza de su deseo. Los manifestantes de una u otra postura; de cualquier postura, no representan al todo social en una manifestación. Aún cuando la manifestación se multiplique en muchas ciudades. Las manifestaciones no cuantifican la voluntad popular.

Seguramente lo saben quienes disfrutan de refregar su poder de convocatoria (real o ficticio)  a sus adversarios. Seguramente saben que están mostrando una parte como si fuera el todo. Sería entonces importante que si lo saben, no lo hicieran.

Una manifestación popular, sea de “descamisados” o sea de “agrarios” o de “caceroleros de clase media-alta” constituye la expresión de un grupo. Constituye un signo. Significa y manifiesta a una parte de la población.
Ciertamente que si la manifestación es auténtica, y si convoca a cien mil personas, da a entender que, por proyección, son muchos los que piensan como los que manifiestan. Y que si los convocados o los autoconvocados son cien, tienen mucha menos representatividad.

Pero la cosa es que, como tal representatividad no es mensurable, las manifestaciones no deben ser tenidas demasiado en cuenta a la hora de tomar decisiones. Ayudan, sí, a tener idea del apoyo o el rechazo popular. Pero no expresan la voluntad de todos, ni cuantifican el porcentaje de adhesión o rechazo a determinada política. Perón solía preguntar a la gente reunida en Plaza de Mayo, cada primero de mayo, si estaban conformes con el rumbo del gobierno. La respuesta era, naturalmente, un sí rotundo. Pero este sí placero no es ni puede ser nunca vinculante. Porque en esa plaza hay siempre una parte, no el todo.

Solo la pregunta concreta hecha a la población a través de un acto plebiscitario nos daría la información real sobre la aceptación o rechazo popular a determinado asunto o medida. Pero es imposible plebiscitar toda cosa. Además, la población en su conjunto no es especialista de los temas disputados. Muchas veces votará por razones afectivas, dogmáticas o por lo que entiende (que suele ser una parte) de lo que escucha.

Por lo mismo, es siempre el Congreso el lugar de la discusión, del debate, de la exposición de razones.

Un congreso sin trabas. Un Congreso sin obediencia debida. Un Congreso que represente los intereses de todos. Los de la gente del interior y los de los centros urbanos. Los de la industria y los del campo. Y la gente común, los profesionales, los empleados, las amas de casa, los jubilados, los estudiantes.

Un Congreso que defienda, con preferencia, los intereses de los que no tienen fuerza de presión: los indigentes, los postergados, los pobres. En este sentido, el Congreso puede verse obligado a enfrentar a cualquier grupo o sector en aras del bien común, que es siempre superior al bien individual.

Una palabra final, volviendo al tema de las manifestaciones:  un líder, cualquier líder que se enfrenta a una lluvia de vítores por parte de una multitud manifestante, debe tener los pies muy bien apoyados en la tierra. Las multitudes marean a quienes no tienen un buen par de pies. El riesgo es que por un momento, al menos, el líder obnubilado confunda el todo con la parte, y hable de más. Y al hablar de más, rompa cosas que luego serán difíciles de pegar.

Raúl Llusá