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La cuestión de la pastera y los asambleístas de Gualeguaychú

 

Voy a hablar de los asambleístas de Gualegaychú. Confieso que parto desde una posición de desventaja, ya que no vivo en Gualeguaychú, sino en la Provincia de Buenos Aires. Con esto quiero aclarar que me falta un dato importante: vivir allí, ser parte del problema. Y esto me puede llevar a ser parcial. Intentaré que no suceda. Y pongo como premisa que simpatizo con la situación de esos vecinos y compatriotas. Simpatizo con sus demandas. Soy conciente de sus necesidades, tanto de salud, como ambientales e incluso de subsistencia.

Pero en esta nota voy a hablar de determinados métodos de los que usan los asambleístas. Me resisto a llamarlos ambientalistas así, de primera mano. Aunque no descarto que lo sean. A mi modo de ver, ambientalistas son los que tiene convicciones firmes, permanentes y activas en el cuidado del medio ambiente siempre, y no sólo cuando los problemas tocan a sus puertas: ambientalistas son, por ejemplo, la gente de la Fundación Vida Silvestre, o la de Greenpeace.

Bien: los asambleístas, poco a poco, van cayendo en posturas y actitudes radicales, que a veces se tornan irracionales y aislacionistas.

 

La cuestión de fondo: Botnia y la contaminación:

 

Está muy bien cuidar el ambiente. Si Botnia contamina con efluvios tóxicos; con humos y olores, o incluso visualmente, estamos ante un gran problema. Que tal vez los que están de la otra margen del río “se banquen” porque Botnia significa fuentes de trabajo e ingresos para ellos, aunque el precio sea alto, pero que nuestros connacionales no se bancan (y no tienen por qué bancarse) porque no ganan nada a cambio. Absolutamente lógico y razonable.

 

El tiempo transcurrido y nuestro curso de acción:

 

Creo, humildemente, que hoy es tarde para pretensiones de máxima, independientemente de a quién le corresponde la responsabilidad de que las cosas hayan llegado a este punto. A nadie en su sano juicio se le puede ocurrir que hoy la gente de Botnia vaya a tomar pico y maza para tirar abajo todo lo que construyó hasta ahora, simplemente porque los argentinos corten un puente. En la lógica (buena o tétrica) de nuestro mundo de hoy, ninguna empresa que cumplió con todos los requisitos legales en el país en el que se erige; que recibió incluso el aval de organismos técnicos internacionales en el sentido de que no contamina (¡hum!) y que además siente que es factor de progreso para el 50% de los implicados, estará dispuesta a perder una millonada o dos en inversiones, lucro cesante, horas hombre y estructuras construidas, simplemente por un problema de puentes. Distinto sería, tal vez, si se les dijera: “bueno, ustedes van a ser indemnizados por absolutamente todo lo que pierden. O por el 70% de lo que pierden. O por lo que sea”. ¿Alguien está dispuesto, en Argentina o Uruguay, a hacer eso? Seguramente que no. Entonces no creo que se pueda pretender que la gente de Botnia mueva un dedo para dar marcha atrás, si no es obligada por el Estado uruguayo. Y el Estado uruguayo no lo hará.

 

Un punto importante: quien conduce la acción

 

El pueblo no delibera ni gobierna si no es por medio de sus representantes. Puede el pueblo, eso sí, peticionar ante las autoridades. Es un derecho constitucional. Y hasta se puede, si la causa es legítima, presionar lo necesario, con algún medio legal y legítimo de protesta.

Con el corte de los puentes, sin embargo, no se presiona ni sólo ni principalmente al gobierno argentino. El corte tiene la intención de presionar directamente al pueblo y gobierno uruguayos para que saquen a la pastera. Y entonces tenemos un caso de acción directa popular sobre la política internacional, que es siempre privativa del gobierno (aclaro que en los tiempos que corren, no sé bien cual es el menor de los males; pero me inclino (y creo que todos debemos inclinarnos siempre)  por la legalidad constitucional y republicana-representativa).

 

Asambleas populares y pasiones:

 

Las “asambleas populares” se dejan llevar por los vientos de las pasiones, a menudo y con facilidad. Y esto lleva a escuchar dislates que hacen reír o que provocan enojo. Un ejemplo: no era necesario lanzar la bravuconada del miércoles 17 de enero, diciendo que no se abandonarían los cortes “aunque lo pida La Haya”. Es una manera de “ningunear” a un organismo internacional que, como cualquier otro, puede equivocarse o acertar, pero que tiene un prestigio bien ganado, y además es una instancia internacional, y por ende de mucho más alcance y jerarquía que una asamblea zonal, por bienintencionada que esta sea. ¿Por qué, al menos, no esperaron al martes, cuando se conocerá la decisión del tribunal?

Los asambleístas no resistieron (sabiendo que todo lo que dicen tiene prensa mundial asegurada) la tentación de la bravata. Es que en una Asamblea todos tienen voz. Los prudentes y capaces, y los que no lo son. Pero generalmente los micrófonos movileros prefieren a estos últimos, para obtener declaraciones. Textualmente se escuchó, sobre el puente: “Si nos piden que levantemos, no lo vamos a hacer”, dijo el asambleísta Daniel Perez Molemberg. “Es Botnia o el corte”, agregó Marta Gorresterazu. “No queremos un parque temático para tapar el desastre. Sólo queremos que Botnia se vaya”, expresó más tarde Molemberg. Y aún más grave: “El criterio es independizarse de La Haya. Y lo haremos mediante la acción popular. Nuestros parámetros son muy distintos de los que aplica la justicia”, manifestó el asambleísta Juan Veronesi.

Estas expresiones, que entendemos desde la bronca y desde los intereses vejados de los habitantes de Gualeguaychú, son peligrosas. Porque desde el Contrato Social a esta parte, desde la Constitución a esta parte, desde la Organización Nacional a esta parte, la Justicia (pese a sus naturales falencias, lentitudes y procedimientos alambicados) es la que rige la vidas de relación de los habitantes de nuestro país; y la justicia internacional la que rige la relación entre estado, organismos y particulares de distintas naciones. Y los parámetros de un grupo pueden ser distintos a los de la Justicia, pero no pueden pretender prevalecer.

Este es el riesgo al que nos sometemos cuando dejamos que “el pueblo” delibere y gobierne directamente, y no por medio de sus representantes como lo manda la también tantas veces ninguneada Constitución Nacional.

No comprendemos que el mismo grupo que pidió ostensiblemente al gobierno nacional que recurriese al Tribunal de la Haya, ahora tome distancia de aquello, en algunos casos, y en otros (como en el de Veronesi) lo admita pero cambie de curso y de discurso, porque se advierte que la decisión del tribunal internacional será adversa. Pero las reglas de juego son las reglas de juego.

 

Estamos ante un problema. La Asamblea que actúa de manera directa aduciendo que el Estado no se preocupa por ellos (más allá de sus buenas intenciones y de las genuinas y válidas razones que lo asisten que no pongo en la más mínima duda, hechas las salvedades que he hecho más arriba), sienta un pésimo precedente. Desde ahora, cualquier colectivo de personas que entienda que el Estado no los representa, querrá actuar de manera directa. Que de hecho es lo que viene pasando en nuestro país en el ámbito interno, en algunos casos con legitimidad, en otros no. Pero la novedad del caso que nos ocupa es que ahora la cuestión salpica el ámbito internacional. Y esto lo hace particularmente grave.

No sé cómo va a terminar todo esto. Espero que bien. Pero me parece que es tiempo de cordura. De pragmatismo. De búsqueda de soluciones viables. Es tiempo de que el Estado asuma su rol y que las asambleas asuman el suyo. El que les corresponde dentro del ámbito de la ley. Es tiempo de diálogo comprensivo, a una y otra margen del río. Es tiempo de soluciones conservacionistas de parte de Botnia, como las muchas que se han manejado y se manejan en el terreno de las hipótesis: un acueducto para verter los efluvios lejos de la ciudad; horarios de venteo de gases; bosques o islas artificiales para “tapar” la fea mole de la pastera, etc. Y también, se me ocurre, es tiempo de otro tipo de compensaciones, que Botnia podría ofrecer a Gualeguaychu como resarcimiento por el mal causado: construcción y mantenimiento de escuelas y hospitales, por ejemplo.

Y es tiempo de que Gualeguaychú comprenda que Botnia no se irá.

A mi juicio, lo más razonable, ahora, es ir a buscar un empate.

Que siempre, a fin de cuentas, deja contentos a todos.