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Los maleducados

 

Antiguamente los “maleducados” provenían de determinados sectores en los que, por distintas causas, no habían recibido una educación en buenas maneras de interactuar.
Hoy día, lamentablemente, los maleducados se han extendido, como una pandemia, en toda la sociedad.
Los modales, la cortesía, constituyen normas no escritas que sirven para vivir más placenteramente en la comunidad social. Imagínese viviendo en un lugar en donde nadie se salude, en donde nadie pida las cosas por favor, en donde nadie agradezca los servicios recibidos, en donde nadie, en una palabra, reconozca la existencia y el valor del otro. Sería una vida invivible. Pues bien: es lo que estamos construyendo.
¿Por qué se da este fenómeno de la mala educación, hoy, también en sectores instruidos, en sectores sociales de los que cabría esperarse otra conducta? Quizá porque muchos de los que recibieron buena educación cayeron en cuenta de que si actuaban educadamente “estaban en desventaja” respecto de los maleducados, y abandonaron sus costumbres educadas. Y hoy se suman a las hordas que “primerean” continuamente, que suben a los trenes por las ventanillas para burlar las colas y conseguir un asiento; que se ponen en segunda o tercera fila, por la derecha o la izquierda, en los pasos a nivel para pasar primeros. Y así la sociedad se va degradando. ¿Qué se puede esperar de una sociedad en donde los que mayor educación reciben la abandonan porque no le encuentran utilidad? Así es: hay muchos que se olvidaron de los buenos modales, porque piensan que no sirven para nada. ¡Y sí que sirven!: sirven para vivir mejor, para hacer más agradable la vida social. Para que sea lindo vivir en comunidad. ¿A usted no le gusta que lo reconozcan, que lo respeten, que le sonrían, que tengan atenciones con usted? Seguramente que sí. Pues a los demás también. Por eso: no sea usted de los que van por la vida maltratando a la gente pegándole trompadas morales con sus caras de malestar, de dignidad ofendida y todo el cuento. ¡Son muchos los caracúlicos permanentes, que se escudan en el caraculismo para que los demás no los molesten, no se les acerquen, no les pidan nada y les tengan miedo! (Y no se vaya a creer, eh!: es gente bien comida, demasiado bien comida muchas veces; gente bien tratada por la vida. No hablo de desocupados, o enfermos, o marginados, gente que si tiene cara de culo es porque la vida que les ha tocado lo amerita! No: estos son, generalmente, gente a la que no le falta nada, salvo altura espiritual).
No sea tampoco de los que embisten para pasar primeros; no sea de los que molestan a los demás impidiéndoles circular, caminar, estar tranquilos. No sea de los que escuchan música a tal volumen que obligan a los que están en un radio de 100 metros a escucharla también. Recuerde: hay otros, en el mundo. Y usted no tiene más derechos que los demás. Tiene los mismos derechos. Y los mismos deberes. 
Tómese un segundo más: conteste las siguientes preguntas, en intimidad y con absoluta sinceridad.

¿Toma usted la iniciativa de saludar cuando entra en un lugar?
¿Da las gracias cuando hacen algo por usted, independientemente de que deban hacerlo? (como por en el caso de un acomodador, un mozo o un botones)
¿Pide las cosas por favor, incluso a sus familiares, amigos y subordinados?
¿Intenta tener una buena cara cuando interactúa con la gente?
¿Pide disculpas cuando involuntariamente molesta a alguien?
¿Mira a los ojos la persona que le habla?
¿Mira a la cara agradeciendo a la persona que le sirve en un bar o un restaurante?
¿Sonríe a menudo a los demás?
¿Trata bien a los empleados de una repartición cuando gestiona algo?
¿Evita hacer las cosas que están prohibidas, como fumar o hablar por teléfono celular en determinados lugares?
¿Evita hablar por celular en lugares públicos a los gritos?
¿Cede el paso, si es varón, a las damas, o en cualquier caso a la gente mayor?
¿Agradece cuando le ceden el paso o tienen con usted cualquier deferencia?
¿Cede su asiento a embarazadas, señoras mayores, ancianos?
¿Se preocupa de que lo que usted hace no cause molestias a los demás? (abrir una ventanilla del tren en invierno, sin preocuparse de si a los demás les molesta)
¿Respeta su turno en las colas?
¿Es puntual?
¿Devuelve en tiempo y forma lo que le han prestado, incluso películas, libros o discos?
¿Se preocupa por anotar sus compromisos y obligaciones para cumplirlos?

Cuantos más “no” haya cosechado, peor están sus modales. Si contestó “no” pocas o ninguna vez, entonces usted es de los que no se resignan a la degradación de las cosas buenas, como lo es, ciertamente, la buena educación. 
Lo lindo de esto es que siempre podemos mejorar. Siempre podemos modificar actitudes, si es necesario hacerlo. Y siempre podemos ayudar a los demás a cambiar, si lo necesitan.
Para bien de todos.
 

Raúl Llusá