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Información, ciencia y sabiduría

Comentario a un artículo del prestigioso Guillermo Jaim Etcheverry

 

Este ensayo del sociólogo español Emilio Lamo de Espinosa profundiza el análisis de la diferencia entre estas tres realidades que tienen que ver con el conocimiento.

Para el pensador, la Información nos dice “qué hay” en el mundo. La Ciencia nos dice “cómo es” y “qué puedo hacer” con lo que hay (aunque yo creo que esta última pregunta es la pregunta propia de la Tecnología); y la sabiduría contesta “qué debo hacer” con lo que hay y puedo hacer.

La información es hoy masiva a través de muchas plataformas. Tal vez la más visible y formidable sea Internet, la web, donde podemos adquirir al momento todo tipo de datos sobre prácticamente cualquier tema, de manera especial si manejamos varios idiomas.

El problema, como sostiene en un artículo el pensador Guillermo Jaim Etcheverry, es que hay tanta información, que es preciso poder determinar cuál es la información relevante de la que no lo es. Y agrego yo: también es difícil, a veces, determinar cuál es la información que nos expone hechos ciertos, de la que no.

La Ciencia, por su parte, da un conocimiento elaborado que supone un trabajo de inducción y deducción, de comprobación y de experimento, que permite ahondar sobre la constitución intrínseca de lo que hay, y las posibilidades de su comprensión y eventual uso, dando paso en este último caso a la ciencia aplicada o tecnología. Nos dice qué se puede hacer con lo que hay.

Pero la Sabiduría, por fin, nos ayuda a decidir qué debemos hacer de todo lo que podemos hacer. Dice Lamo: “La sabiduría es una forma de saber que, superior a la ciencia, y por supuesto, a la información, trata de enseñarme a vivir y me muestra, de entre todo lo mucho que puedo hacer, lo que merece ser hecho. De modo que, sin la sabiduría, la ciencia no pasa de ser un archivo o panoplia de instrumentos que no sabría como utilizar”.

Para Jaim Etcheverry, así como el conocimiento científico ha aumentado exponencialmente a lo largo de la historia de la humanidad, la sabiduría de la que disponemos no supera en mucho a la que tenían Sócrates, Buda o Jesucristo. Yo diría: no la supera en absoluto. Y esto sucede, dice el pensador, porque no hemos podido descubrir cómo generarla. “Dado que la sabiduría ha variado poco con el transcurrir de los siglos, las grandes creaciones del pasado tienen tanto valor como cuando aparecieron: leemos aúna  Platón, Aristóteles o Kant. Por su parte, la ciencia progresa olvidando a los que fueron sus clásicos. Nadie la estudia en los tratados de los grandes científicos del pasado”.

Aquí se presenta un problema: la ciencia, hoy, se presenta a sí misma, muchas veces, como la única forma de saber válida. Stephen Hawkings decreta, en su último trabajo, “la muerte de la filosofía” en un arranque de soberbia profesional y de clase que contrasta fuertemente con su capacidad para la ciencia dura.

Pero la ciencia no puede responder a determinadas preguntas que escapan de su ámbito y de su  método.

La sabiduría (de la que se ocupa precisamente la filosofía, que se autodefine como “amor a la sabiduría”) deberá siempre acompañar a la Ciencia para ayudarla a encauzarse dentro de lo humano y dentro de lo ético.

Digamos también que el pensamiento simple con-funde estas tres realidades, y desprecia por ello la sabiduría del pasado como si fuese la ciencia del pasado.

Digamos primero que nadie puede despreciar la ciencia del pasado, porque cada época es una hilada de ladrillos del muro del saber presente. Y sería necio despreciar a aquello que constituye la base de lo actual.

Pero es un dislate mayor perder de vista que la sabiduría, que produce otro tipo de conocimiento mucho más estable, no responde a la categoría de lo transitorio o efímero. El “Conócete a ti mismo” de Sócrates, el “Haz a los demás lo que quisieras que los demás hagan por ti” de Jesucristo; el “El dolor es inevitable pero el sufrimiento no” de Buda, son pequeños ejemplos de cosas que se pensaron hace muchos, pero muchísimos años, pero no disminuyeron en nada en su verdad y actualidad.

 

Raúl Llusá