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Incendios forestales en nuestros Parques Nacionales

 

ANTE LA REAPARICION DE LOS INCENDIOS EN EL SUR ANDINO

 

"Durante las excursiones que en aquellos años  hice en el sur... admiré lugares excepcionalmente hermosos y más de una vez enuncié la conveniencia de que la Nación conservara la propiedad de algunos para mayor provecho de las generaciones presentes y de las venideras... Vengo por eso, por la presente, invocando los términos de la ley, a solicitar la ubicación de una área de tres leguas cuadradas en la región situada  en el límite de los territorios del Neuquén y Río Negro, en el extremo oeste del Fjord principal del Lago Nahuel Huapi, con el fin de que sea conservada como parque público natural y al efecto pido a V.E. que hecha esa ubicación se sirva aceptar la donación que hago en favor del país de esa área que comprende desde la Laguna de los Cántaros inclusive, al norte, hasta el boquete de Barros Arana al Sur, teniendo por límite occidental la línea fronteriza con Chile en los boquetes de los Raulíes y de Pérez Rosales, y oriental las serranías al este de la ensenada  de Puerto Blest y de la Laguna Frías, y contiene la reunión más interesante de bellezas naturales que he observado en la Patagonia... Al hacer esta donación emito el deseo de que la fisonomía actual del perímetro que abarca no sea alterada y que no se hagan más obras que aquellas que faciliten comodidades para la vida del visitante culto, cuya presencia en estos lugares será siempre beneficiosa a las regiones incorporadas definitivamente a nuestra soberanía..."

 

El párrafo que antecede pertenece a la carta que enviara el ilustre argentino Francisco P. Moreno al Ministro de Agricultura del gobierno del General Julio a Roca,  Dr. Wenceslao Escalante, haciendo donación de una importantísima porción de las tierras que el Estado le otorgara como reconocimiento a su labor de Perito en la demarcación de los límites con la hermana República de Chile, a principios de este siglo.

Con este donativo, aceptado al año siguiente por el Presidente Roca, nacieron nuestros Parques Nacionales. Hoy, más que nunca, siguen vigentes las motivaciones que inspiraron al insigne donante, y nuestros parques naturales constituyen un orgullo de todo el pueblo argentino.

 

Sin embargo, los reiterados incendios que se producen con asiduidad y siempre más temprano, cada temporada, en las mejores zonas de nuestras áreas protegidas deben constituir un poderoso llamado de atención frente a la tarea que nos asiste de continuar con la tarea que nuestros mayores iniciaron, en una pléyade de nombres que incluyen a Exequiel Bustillo, Exequiel Ramos Mexía, el Ingeniero Emilio Frey, el Ingeniero Horacio Anasagasti, los hermanos Ortiz Basualdo y tantos otros.

 

Es por ello imperativo que de una vez por todas se produzcan las acciones de planificación, prevención y lucha contra el fuego que la intensidad de este fenómeno reclama.

Debemos recordar que la destrucción de los bosques no tiene como único resultado a lamentar la degradación visual del paisaje. Como lo apuntara con claridad señor Enrique Poodts en un artículo publicado en el diario La Nación el 1º de febrero de 1996, los vientos producen un enorme trabajo de erosión en los cerros que se ven desprovistos de sus bosques protectores por causa del fuego. Las lluvias y el agua de escorrentía que sobrevendrán en la estación correspondiente potenciarán este trabajo erosivo, y los detritos que se volcarán en los torrentes naturales afectarán profundamente a la población ictícola de arroyos y ríos, a lo que debe sumarse el poder modificador de todo el ecosistema que estos cambios producen irremediablemente.

 

Es por ello indispensable la elaboración de Mapas de Peligrosidad de Incendio –que deben ser reelaborados en cada temporada, ya que este índice fluctúa por parámetros mudables, como la relación entre las temperaturas y el grado de humedad de la materia combustible, que dependen de la evolución climática de las zonas afectables y los índices de precipitación fluvial.

Se impone además la necesidad de contar desde el comienzo de cada temporada con una cuadrilla de aviones hidrantes que puedan movilizarse rápidamente a cualquiera de nuestros Parques Naturales en los cuales su presencia sea necesaria, junto con la correspondiente asignación de recursos para su mantenimiento, operación y despliegue. El manejo de la lucha contra el fuego debe centralizarse de una vez por todas, respondiendo a un plan que debiera ser elaborado con el asesoramiento de aquellos organismos internacionales con mayor experiencia en la tarea de prevención y lucha contra incendios forestales.

 

Pero el objetivo de esta nota apunta, sin embargo, a reflexionar sobre la incidencia que tienen las costumbres de la gente, tanto habitantes de las zonas afectadas como visitantes turistas, y la posibilidad de aplicar políticas preventivas en esta dirección.

 

En efecto, nada se puede hacer frente a las causas naturales de los incendios –que son por otro lado comunes a las naciones desarrolladas como a los países emergentes, como lo demuestran los informes de incendios forestales en todo el mundo- cuando se suman prolongados tiempos de sequía, que elevan el índice de peligrosidad de incendios, junto con la eventual aparición de tormentas eléctricas en las cuales los rayos son causa del comienzo de focos de fuego. Frente a esta situación, solo la vigilancia que permita una detección precoz puede ofrecer algún resultado positivo.

Pero la gran mayoría de los incendios forestales obedecen a otro tipo de causas, que merecen una reflexión particular.

 

Los descuidos humanos en tareas de quema de basuras, o tratamiento de pastizales o zonas arbustivas mediante el fuego para el aprovechamiento de los campos, son lamentablemente una causa frecuente del desmadre de estos “fuegos controlados”, que merced a los vientos patagónicos y a una sobredimensionada autoconfianza en la capacidad de control de los operadores se transforman en desastres que atentan contra el patrimonio de toda la sociedad. Las autoridades de aplicación deben controlar, con su poder de policía, estas tareas de los particulares, con una eficaz política de prevención que incluya sanciones ejemplificadoras para quienes operan sin ninguna responsabilidad en este tipo de accionar.

 

Otro problema real lo constituyen quienes por una causa o por otra no están en condiciones de realizar una evaluación responsable –y mucho menos moral- del hecho de incendiar un bosque. Sabemos fehacientemente que existen chicos y chicas que inician un foco de fuego para ver actuar a los bomberos y a los aviones hidrantes y así combatir el tedio de una vida pobre en muchas cosas, pero también en algo que les elabore un sentido. Estamos indicando una realidad. Algo que sucede.  ¿Qué se puede proponer para solucionar este problema puntual? Confieso no tener otra propuesta que una intensiva campaña de educación ambiental en la escuela primaria, que no dependa de la sola buena voluntad de los docentes –la existencia de la cual me consta- sino de directivas, planes y metodología que deben surgir de los responsables de la educación. Con respecto al elevado índice de deserción escolar, admito que el problema, de honda raigambre social, me sobrepasa.

 

También acontece que están los que deben incendiar los bosques en verano, para poder usar la madera afectada, ya seca, para combatir los fríos del invierno. Es sabido que no alcanza la ayuda que el estado distribuye para combatir los rigurosos fríos invernales en la población más carente de recursos. Y entre paisaje, conservacionismo y calor, la pirámide de Maslow nos enseña que las necesidades básicas están en un nivel de prioridad elemental por sobre las superiores. Una vez más es al Estado a quien le cabe idear las soluciones que hagan innecesarias las iniciativas particulares para cubrir este tipo de carencias.

 

Pero no podemos olvidar otra realidad que con demasiada frecuencia se establece como causal de tragedias ecológicas como las que motivan esta nota.

Me refiero a la tendencia creciente del turismo masivo en las zonas del bosque andino patagónico donde el control de las autoridades de aplicación de Parques Nacionales es siempre –pese al esfuerzo de guardaparques y pobladores- insuficiente.

El autor de esta nota, que desde hace cuarenta años recorre en una y otra dirección los senderos y picadas del parque Nacional Nahuel Huapi, ha encontrado en numerosas oportunidades fuegos encendidos en zonas de extrema peligrosidad, y a veces abandonados sin ser apagados de manera total, producto de la negligencia injustificable de quienes no comprenden el vasto alcance que sus acciones irresponsables pueden producir.

Vehículos que se internan en bosques y caminos sin “matachispas” en los caños de escape; acampajes en zonas prohibidas o poco controladas; manejo temerario de fogones o calentadores; y abandono de residuos de peligrosidad, como botellas o envases de vidrio que actúan de concentradores de la luz solar produciendo igniciones repentinas en lugares con abundante materia orgánica seca, son todas ellas situaciones que se pueden verificar reiteradamente en nuestros Parques Nacionales pese al enorme esfuerzo que realiza el equipo de Guardaparques para controlar superficies demasiado grandes.

Al respecto, creo que sólo cabe una política de mayor educación y control de los eventuales visitantes, en la que las autorizaciones de ingreso y permanencia en las zonas peligrosas sean acompañadas de una fehaciente certificación de la capacidad y responsabilidad de quienes aspiran a gozar de los ambientes naturales. Estas políticas deben incluir revisión de equipos de acampaje, denuncia de itinerarios y planes de marcha y evaluación de los conocimientos que sobre conservacionismo y prevención de incendios forestales detentan los que aspiran a ingresar en las áreas protegidas. La autorización de ingreso y permanencia debería ser extendida en un documento oficial que pueda ser exhibido ante las necesarias y repetidas inspecciones de campo que la autoridad de aplicación debería realizar, si se implementa un sistema parecido, contando, por supuesto, con personal y partidas presupuestarias acordes a las exigencias de esta tarea.

 

Y aquí llegamos a una última propuesta de manejo, que involucra a quienes planifican el accionar de guardaparques y otros organismos de control. Las intendencias de los Parques montan, en las épocas de mayor peligrosidad, una sistemática operatoria de patrullaje vehicular y pedrestre, en los lugares en donde el acceso con medios mecánicos se ve imposibilitado por las características del terreno. Esta vigilancia debe ser incrementada, para lo cual las Intendencias necesitan de mayores recursos. Los guardaparques deben ser más, para recorrer permanentemente las zonas a su cargo sin que esto signifique desmedro a otra cantidad de tareas que les competen.

Todos conocemos las limitaciones presupuestarias que atraviesa la Dirección Nacional de Parques Nacionales. Pero estamos ante una encrucijada: o generamos las soluciones realistas que la situación impone, o debemos acostumbrarnos a la idea de que nuestros bosques irán desapareciendo, uno tras otro, con consecuencias irrecuperables para nuestros parques naturales.

 

Hasta aquí mi aporte, que pretende contribuir mínimamente a un debate inaplazable, ya que como la experiencia nos marca claramente, los incendios no dan respiro. El incendio de la zona de El Hoyo, cerca de Epuyén, es un indicador de que el problema sigue lantente. Es urgente generar las soluciones de fondo que la situación exige, so riesgo de que al cabo de un tiempo –que parece será corto- el turismo vuelva a replegarse porque los bosques de nuestras montañas habrán disminuido dramáticamente.

 

Raúl Llusá