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La democracia republicana y las amenazas golpistas

 

La democracia republicana no es la panacea para todos los males, pero es el mejor sistema de gobierno, al menos mientras no ideemos algo superador.

Por eso cuando se atenta contra la democracia o contra la república, ninguna persona bienintencionada y sensata puede estar de acuerdo.

Y es preciso resistir activamente la acción de los golpistas. Los que golpean a la democracia o los que golpean a la república.

Desde tal perspectiva, tanto la Organización de los estados Americanos, como la Organización de las Naciones Unidas, como los gobiernos de las naciones democráticas de todo el mundo, deben multiplicar los elementos de presión para restaurar la democracia en la República de Honduras, independientemente de la calidad institucional de la democracia interrumpida, o de las condiciones personales del Presidente Zelaya. Es la misma democracia la que debe generar y usar sus propios recursos para fortalecerse y erradicar cualquier tipo de autoritarismo, trampa o manejos ilegales que puedan llevar a cabo los eventuales gobernantes.

Para muchos, algunas maniobras del Presidente Zelaya, desoyendo dictámenes dem Máximo Tribunal hondureño, autorizaron o legitimizaron el golpe de estado. No es así. Insisto: a quienes atentan contra los mecanismos de la democracia, ha de neutralizárselos con los mecanismos de la democracia.

Los golpes de estado de las derechas tradicionales, fortalecidas y apuntaladas con los ejércitos conformados por oficiales que en su gran mayoría salían de esas familias, han constituido uno de los capítulos más bochornosos, absurdos y muchas veces trágicos de nuestra historia.

Que un colectivo cualquiera (en este caso los militares) crea o haya creído que solo ellos detentan la virtud o la capacidad para gobernar (cosa que se ha visto frecuentemente desmentida por corrupciones y dislates de todo calibre) demuestra una idiotez rayana en la demencia. El hecho de que las corporaciones políticas no estén  siempre a la altura de las circunstancias, no significa que vayan a estarlo los miembros de otras corporaciones. Ni uniformes ni sotanas ni guardapolvos o lo que fuere confieren a quienes las usan capacidades extraordinarias en el ámbito político.

Paralelamente, América latina debe aún crecer mucho en la calidad de sus instituciones. Estamos todavía, en muchos de nuestros países, en una situación precaria debido tanto a la corrupción como a los manejos políticos poco procedentes.

Hay,  para desgracia de nuestros pueblos, caudillejos de toda laya (de derechas o izquierdas) que ostentan el poder con rasgos de autocracia, autoritarismo y un populismo no siempre bien intencionado u orientado. Lamentablemente, a veces nuestros pueblos no se dan cuenta de la pesada carga que soportan sus espaldas, y toleran a los caudillejos.

Hay algunos de éstos que se ven a sí mismos como la única opción frente al caos, la anarquía o la disolución. Es el tan mentado “yo o el abismo”. No sé si realmente lo creen. Pero lo triste es que la prédica constante en este sentido  hace que muchos lo crean. Y por lo mismo los voten, o los toleren en sus trapisondas.

Hay otros que se muestran paternales y bonachones, aunque detrás de ellos y de sus actitudes aparece amenazante el fantasma autoritario que constituye su verdadera identidad.

Las buenas intenciones, e incluso las buenas políticas, o las políticas mejor intencionadas, no hacen bueno ni el autoritarismo, ni las trampas, ni la corrupción, ni los atentados contra la democracia.

Muchas de las opciones del Presidente Chavez, por ejemplo, gozan de mi simpatía. De corazón o por interés (vaya uno a saberlo), Chávez se ha decidido a apostar por el sector más pobre de Venezuela. Un país, sin embargo, dividido bastante parejamente entre una leve mayoría chavista y una leve minoría no chavista. Situación que en un país habitado por gobernantes probos y sensatos, llevaría a establecer consensos y respetuosos acuerdos entre partes. No sucede así siempre en Venezuela. Creo que Chávez avanza lenta pero firmemente sobre las instituciones de la República, con trampas que no son denunciadas ni mucho menos corregidas por los otros poderes del estado, que a veces parecen estar de rodillas frente al militar (de pasado golpista) devenido político.

Un ejemplo: en noviembre de 2008 Caracas eligió por una diferencia cercana al 53% de los votos sobre el 43% del candidato chavista, a Antonio Ledesma. Chavez reaccionó a esta derrota en las urnas quitándole a Ledesma el 93% del presupuesto de la ciudad, quitándole su despacho oficial a través de sus fuerzas de choque que tomaron la alcaidía y con la poco clara y sumamente cuestionable medida por él impulsada y llevada a cabo por el congreso creando el cargo de “jefe de gobierno” de Caracas, nombrando para él a una chavista incondicional. Medidas parecidas toma el chavismo regularmente contra los dirigentes opositores, los medios, y fundamentalmente contra los gobernadores no chavistas de los estados dominados por la oposición. Sin que se eleve ninguna voz condenatoria de determinadas partes del arco ideológico.

A propósito de esto. Para buena parte de Latinoamérica, dominada por algunas minorías ideológicas, sólo son antidemocráticos y execrables los golpes de estado de las derechas. Como el que depuso al Presidente Zelaya en Honduras.

Y ciertamente que los golpes de estado de las derechas son antidemocráticos y execrables. Como en el caso hondureño.

Pero también son antidemocráticos y execrables todos los intentos que los caudillejos de izquierda o derecha hacen continuadamente para destartalar los republicanos controles que sabias constituciones han previsto para evitar las “facultades extraordinarias”.

Reitero: los golpes contra la democracia, y los golpes contra la república, deben ser condenados sin ambages en todo momento, y en todo lugar. Por todos. No interesa si provienen de la derecha o la izquierda. La democracia republicana es un sistema que sólo tiene una forma de perfeccionarse: ir corrigiendo sus errores dentro de la legalidad republicana.

Ojalá lo aprendamos de una vez.

Raúl Llusá