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Frente al dolor de Cromagnon

"Es una ilusión pensar que construyendo un culpable se convierte en inocente al conjunto social como por arte de magia. La sociedad debe hacerse cargo de la tragedia de Cromagnon y cada uno en conciencia debe modificar conductas individuales y colectivas que estén a su alcance para que nunca mas nuestros jóvenes sean las víctimas de los desajustes de nuestra sociedad".

                                                                               Julio di Giovanni

 

Frente a los hechos de Cromagnón, me surgen unas pocas reflexiones, que tal vez puedan constituir un aporte.

No soy, lo reconozco, un deudo que llora a un hijo, o hermano, familiar o amigo fallecido.

Pero tampoco soy un mero espectador de lo acontecido, ya que dos personas queridas estuvieron a punto de perder la vida dentro del local, la noche fatídica.

He dejado pasar un tiempo hasta poner en orden mis ideas y reflexionar profundamente sobre lo acontecido, lejos del momento de histeria generalizada que nos envolvió a todos, llevándonos a acuñar cantidad de parrafadas progresistas.

Pasó algo. Y algo terrible. Cerca de doscientas personas, en su inmensa mayoría jóvenes o niños, perdieron la vida en un ámbito que debería haber sido un ámbito de fiesta. Se despedía el año en el marco de un recital de rock, gestándose una vez más esa relación tan particular que se da entre una banda de rock y sus seguidores incondicionales.

Pero una bengala irresponsablemente encendida, un techo ilegal y unas salidas bloqueadas transformaron la fiesta en drama. Y esto no tiene vuelta atrás.

Muchas voces (voces, sólo voces que gritan como atroces chistes sin gracia) se alzaron para intentar explicar lo sucedido, y marcar o rehuir responsabilidades.

Es válido el debate, es válida la discrepancia.

Sólo una cosa no tiene el más mínimo margen de discusión: nunca más debe volver a acontecer algo así. Y para eso hay que trabajar. Y creo, o mejor dicho creo y espero, que se está trabajando en alguno de los niveles en que esto es necesario. Los controles hoy se intensifican: en buena hora. Espero que no sea un fenómeno pasajero. Confío en que inspectores e inspectores de inspectores habrán comprendido que con la seguridad no se juega. Ni se lucra.

Pero hay un espacio que está quedando vacío de acción, y es el espacio de autocrítica que la sociedad en su conjunto, y cada uno de nosotros en particular, debemos hacernos. Por la responsabilidad que nos cabe por nuestra idiosincrasia, por nuestra forma de ser y hacer.

No tuvimos, es cierto, responsabilidad directa en la tragedia. Pero una sociedad que carga sobre sí determinadas costumbres, determinados permisos, gesta en su seno tragedias potenciales.

Por eso esta reflexión.

Dejando en claro, desde el principio, que hay responsables primeros, segundos, terceros.

El responsable primero (más allá de la capacidad que haya podido tener de tomar una decisión libre y meditada) es quien arrojó o pudo haber arrojado la bengala o el “tres tiros” que inició la tragedia.

El responsable segundo es quien puso en función de un recital masivo un local que no reúne condiciones para recibir tanta gente; quien aisló con paneles inflamables los techos del local; quien clausuró las salidas de emergencia para evitar ingresos sin entrada; quien no previó un sistema de iluminación de emergencia; quien vendió más entradas que las permitidas; quien no organizó un adecuado sistema de seguridad.

El responsable tercero es aquél que no cumplió la tarea de controlar que le delega la sociedad, significada por el Estado. Y aquí hay una cadena de responsables: el Inspector que controla (o no controla) cada local, el supervisor que controla el trabajo de los inspectores, los organismos de control de gestión del Gobierno de Buenos Aires, y en definitiva, el responsable supremo del gobierno, que es el Gobernador.

Pero también nos asiste una “responsabilidad de continencia” a todos, como sociedad argentina, sociedad que se configura no sólo de arriba hacia abajo (desde los gobiernos a las bases) sino también desde abajo hacia arriba: a través de los usos, costumbres y vicios sociales que vamos adquiriendo.

La sociedad argentina, mayormente, es rápida para enojarse, indignarse y buscar culpables que,  siempre, la dejen fuera de toda responsabilidad. Los culpables serán, ineludiblemente, “otros”, otros que, según la percepción del conjunto social,  han decidido ponerse en la otra orilla de la sociedad, generalmente para atender a sus intereses personales.

De esta forma, con este mecanismo de defensa social, la sociedad queda limpia, descargado en un "otro" que queda marginado y afuera, las responsabilidades de las cosas que le pasan.

Estoy analizando esta cuestión desde la perspectiva del pensamiento analítico-integrador, y debo dejar claro que desde esta perspectiva no niego la existencia de personas que efectivamente se ponen fuera de la sociedad para servir sus intereses y que tienen entonces responsabilidades concretas en las cosas que pasan. Esto fenómeno existe y es notorio. Pero aquí lo que señalo es el hecho (para mí injustificado) de que la sociedad en su conjunto pretenda eludir permanentemente no solo las responsabilidades que no le caben, sino las que sí le pertenecen.

Resulta preocupante es que la sociedad reaccione buscando culpables en el gobierno, los empresarios, la policía o los bomberos, y no caiga en cuenta de que es necesaria una reacción profunda que nos afecte y movilice a todos, ayudándonos a hacernos cargo de las cosas que tenemos que cambiar como sociedad. Nosotros hemos elegido vivir de determinada manera. Es tiempo de empezar a cambiar.

Una importante porción de los argentinos, preciso es decirlo, nos resistimos a cumplir las leyes. Máxime cuando no entendemos sus porqués, muchas veces perdidos en vericuetos técnicos que no son digeribles por el hombre común.

Pero también las incumplimos cuando conocemos sus alcances y ventajas. Muchos argentinos cruzan semáforos en rojo, aún cuando venga alguien por la calle habilitada por la luz verde. Cruzamos, siendo peatones, por lugares prohibidos, obligando a los autos a frenar y disparando la posibilidad de accidentes. Eludimos controles, nos adelantamos en las colas, buscamos la forma de burlar las reglamentaciones que nos perjudican. Somos vivos, pícaros. Celebramos los goles con la mano o los bidones llenos de substancias prohibidas. Y nos vemos siempre inocentes: somos incapaces de ejercer la autocrítica que nos hace mejores.

Es la argentinidad al palo de la que habla Cordera. Argentinidad que olvida que vivamos a Galtieri cuando desató una guerra ridícula; que tuvimos cinco presidentes en cuatro días; que contamos con la tasa más alta a nivel mundial de muertes en accidentes de tránsito; que vivimos en un país donde la inseguridad campea; que tenemos una desocupación galopante y que en la periferia de las ciudades y en las inmensidades del interior la desnutrición mata a gente, especialmente niños y ancianos. Que para nosotros, en muchas ocasiones “hijo de puta” y “bárbaro”  constituyen elogios.

De esta forma, el control estatal no alcanza, si toda o gran parte de la sociedad se transforma en transgresora. La misma sociedad que, cuando aparecen las consecuencias trágicas de la trasgresión, organiza marchas con apedreos, incendios y roturas de vidrieras ajenas incluidos.

¿O acaso ignoran la totalidad de los padres que el alcohol, la droga y el descontrol rondan en los universos que habitan los jóvenes? ¿O tal vez conocen todo esto pero se hacen los distraídos? Pedir la sanción de los culpables directos e indirectos es legítimo, pero también sería deseable escuchar la autocrítica, escuchar la frase: “Me equivoqué al dejar ir solo a mi hijo de trece años que no tiene aún la capacidad de reaccionar frente a un imprevisto”.

Una sociedad es un sistema. Y en un sistema todos los elementos están imbricados. No es posible olvidarlo. No hay un abismo entre gobernantes y gobernados. Los gobiernos surgen de los pueblos. Y los pueblos que toleran determinadas prácticas de sus gobernantes suelen -al menos digo “suelen”- ejercer las mismas prácticas en escala pequeña.

Una sociedad es un sistema. Y el sistema social argentino no reacciona sino hasta último momento frente a determinadas circunstancias. Seamos honestos: ¡Cuántas veces conocemos las fallas de seguridad de determinados lugares, y no sólo no las denunciamos, sino que además seguimos concurriendo a dichos lugares, porque tenemos una convicción profunda de que las cosas siempre les pasan a los demás! ¿Acaso no sabemos que el cohecho (la coima) es una práctica común y corriente en nuestro país? Coimean muchos policías, inspectores de tránsito, controles de bromatología, y toda la amplísima gama de funcionarios, incluyendo a los más altos niveles de los tres poderes de la nación. ¿Cuál es la reacción de la sociedad? Una reacción que está muchas veces matizada por el hecho de que el hombre común y de la calle también coimea en determinadas ocasiones. Para acelerar un trámite o para evitar una multa.

Acostumbramos, además, reducir nuestra acción a buscar culpables, personas a quienes crucificar exorcizando de esta forma la responsabilidad que nos cabe. Y olvidamos así analizar desapasionadamente, técnicamente, las causas que subyacen tras las cosas que nos pasan para evitar que se repitan.

Sabemos que el hombre, cuando se transforma en sujeto colectivo, reacciona desde las emociones. No es cuestionable. Es una reminiscencia del atavismo tribal gregario que arrastramos en nuestra génesis común. Es de esperar que quienes deben trabajar para el futuro se dejen influenciar lo menos posible por las opiniones que surgen de este estado masificado. Cuando la tragedia del avión de Lapa, o del avión de Austral en Fray Bentos, por poner dos ejemplos, las masas hicieron marchas, reclamaron culpables, quemaron y destruyeron símbolos del objeto de su enojo. Pero la comisión de investigación de accidentes, por un lado; y la empresa fabricante de los aviones, por otro, trabajaron en otra dirección. Desapasionadamente. Para corregir las causas. A las empresas fabricantes de aviones no les interesa que el resultado de la investigación arroje como resultado la frase "error de piloto" para quitarse responsabilidades. Les interesa saber qué se puede mejorar en los aviones, porque la seguridad de los aviones es la ganancia de las empresas.

Las marchas no sirven si además no cambia toda la sociedad. En las marchas por la tragedia de Cromagnon también participaron quienes acostumbran encender bengalas en los recitales, o dejar a sus hijos desamparados frente a lo que puede ocurrir. Deberíamos hacer una “Marcha de la conciencia”, una marcha para despertarnos a nosotros mismos de nuestro sopor. Una marcha en la que todos reconozcamos que un poco de responsabilidad nos cabe a cada uno. Sin descargar la totalidad de la culpa en el Estado. El estado tiene responsabilidad en garantizar que las leyes se cumplan. Todo y sólo esto. No puede prever lo imprevisible, pero debe adelantarse  a lo previsible. Y debe, además, contar con un sistema que le permita hacer frente a las circunstancias imprevisibles. En esto, es preciso decirlo, el estado de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires respondió bien, pese a la opinión