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Teología palotina

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Barbarie en Constitución

Sé que el Ferrocarril Roca es un desastre. No sé cuanto hay, proporcionalmente, entre responsabilidad empresaria, desidia de contralor de parte del estado, y negligencia del personal de Ferrocarriles. Sé que las tres cosas están presentes. La tercera (la desidia del personal de los ferrocarriles) también.

Sé que se viaja mal, que se maltrata al pasajero. Que la Empresa maltrata al pasajero, y el personal de la empresa, muchas veces, también lo hace.

Si en este momento no estoy estudiando ninguna carrera, es porque no quiero viajar todos los días en tren de Adrogué a Constitución. Es una tortura. Y no lo quiero hacer.

O sea, repito hasta el cansancio: sé lo que es viajar en el Ferrocarril Roca.

 

Pero sé también lo que es viajar con una cantidad importante de pasajeros del Ferrocarril Roca. De distintas clases sociales, hermanadas en este caso por la barbarie. No por la de ayer, la de la furia enardecida. Sino la barbarie de fumar dentro del vagón y de reaccionar con un insulto a quien lo reclama. La de entrar en hordas desesperadas para conseguir un asiento, cuando un tren llega a Constitución, aunque esto signifique, como lo he visto dos veces, tirar al suelo a ancianos. Una vez increpé a todo un vagón que había actuado así, derribando a una anciana. Yo solo frente a todo el vagón. Nadie me respondió. Todos miraban por las ventanillas.

Hablo de la barbarie del alcohol, del grito, del insulto, del “porro” de marihuana fumado en el medio de cualquier vagón; de la desconsideración; de las necesidades hechas en cualquier sitio.

Todas estas cosas (y muchas otras que no consigno) también me hartaron.

Me hartaron los maltratos de la empresa y sus empleados. Me hartó esa enorme cantidad de pasajeros que parecen salidos de los tugurios más sórdidos  de una novela de Tolkien y no de barrios del conurbano bonaerense.

Lo de ayer es otra nota más. De lo mismo. Mal servicio contestado con brutalidad.

 

Pero no. No estoy de acuerdo. No estoy de acuerdo con los linchamientos. No estoy de acuerdo con la justicia por mano propia. Eso pertenece a épocas superadas. Entiendo a mis amigos queridos que me dicen que están sobrepasados de hartura. Pero no. Quiero mucho a Platón, pero más quiero a la verdad, decía Aristóteles.

Me causa temor, pena, espanto, vergüenza, ver al ser humano convertido en manada, en piara. ¿Para qué destruir esos teléfonos públicos? ¿Acaso Telefónica es responsable de las demoras? ¿Para qué saquear esos quioscos? ¿Acaso los quiosqueros hacen lobby para que los trenes se cancelen?

 

¿Con qué razón los exaltados sin cerebro útil, como los que nos mostraba la televisión, pueden pedirle a la Policía que se vaya? ¿Para qué? ¿Para poder destruir, linchar, robar sin tasa?

La Policía muchas veces se excede. En las filas de la Policía hay corrupción y delincuencia. Pero sigo prefiriendo al policía que al delincuente, aunque querría una Policía sin delincuentes dentro. Y cualquier persona que tenga más o menos bien armado el mecanismo racional debería pensar igual.  Salvo por estar contaminado por el virus de alguna ideología. Los hay, y lamentablemente muchos.

Bronca, ciertamente justificada. Violencia irracional, ni entendida ni justificada.

 

Este país se está desmadrando, frente a la mirada despreocupada (porque no quiero ni pensar que pueda ser cómplice) del poder. La gente, y la peor gente, ve que se puede hacer cualquier cosa. Y la hace.

Nadie se asombre de lo que vendrá en breve.

Pero la responsabilidad última es siempre del estado, que debe garantizar tanto el buen servicio de los servicios públicos, como la convivencia social civilizada, el orden y la salvaguarda de los espacios y la seguridad pública.

Que la asuma de una vez.

Hoy estoy desanimado. Y me vino algo a la memoria.

Había un  libro, allá por los años 70.
Se llamaba “Me tenés podrido, Argentina”.