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Realities shows en televisión: la realidad y los chicos y fóvenes

Pareciera ser, según nuestra reflexión realizada a la luz del pensamiento analítico, que en el imaginario colectivo sólo adquiere carácter de realidad absoluta aquello que de alguna manera alcanza la difusión pública. No creemos, sin embargo,  que exista en el imaginario colectivo, plena conciencia de esta realidad.

No probaremos en este artículo, por ser una empresa ardua y extensa, esta afirmación, pero se manifiesta claramente que aquello que no aparece en los medios masivos  no tiene la misma relevancia real que lo que sí aparece en ellos. [1]

 

El hombre de hoy, efectivamente, en muchísimos casos se asoma al mundo externo a su cotidianeidad sólo a través del televisor. El ciudadano común está inmerso en sus preocupaciones rutinarias, y accede “al mundo de lo que pasa” cuando enciende esa ventana hacia aquél otro universo que en general le está vedado: el de la aventura, la fama, la lejanía, el bienestar material, los viajes, todo aquello que es visto como imposible o lejano por la gran mayoría de las personas.

De esta forma se va haciendo patente, inconscientemente, una separación entre ese mundo percibido-como-real, y la propia cotidianeidad, que progresivamente se pasa a sentir como una sub-realidad, en el sentido peyorativo del término. Lo que no "sale en televisión", desde este concepto, tiene una entidad, una importancia, una realidad ontológica menor. Es algo de menor calidad.

 

Encontramos así que “aparecer en la tele” se establece en la conciencia como un deseo y una conquista, cuando se consigue. Es trasladarse de una situación a otra: quien “sale en televisión” pasa del “simple asomarse a la ventana de lo real” a “atravesar el umbral”, y a apropiarse de una dosis de la "realidad", aunque más no sea por un instante. Véase como ejemplo la cantidad de gente que se pone tras el cronista, en una nota periodística callejera, para que la cámara los capte y los proyecte hacia la “realidad televisiva”. Hoy cualquier cosa es buena en la lucha contra “la nada” que traga al hombre sin valores trascendentes ni esperanza alguna.

Desde estas comprobaciones previas se sigue aquello que el psicoanalista Carlos Abadi afirma diciendo que la televisión no solo registra sino que además genera realidad, inventa la vida.

 

Tal vez por este camino haya que buscar el éxito a doble mano de los así llamados “realities shows”, o una traducción criolla que podríamos hacer nosotros: “mostrando la realidad” (independientemente de que la realidad que se muestra sea efectivamente realidad o no).

Este tipo de programas se basan en el hecho de mostrar la vida privada de las personas, por lo general personas comunes (la gente ya de por sí famosa no siempre se presta a esta exhibición, precisamente porque no necesita de esta forma de auto exhibición), salvo cuando el éxito del recurso le proporciona mayor notoriedad, una forma de reverdecer laureles o mayor espacio en los medios).

 

Hay distinto tipo de metodologías para armar realities shows: los programas en los que personas maltratadas afectiva o físicamente narran ante las cámaras (frente a un comprensivo animador-entrevistador) todas sus desdichas, entre llantos y confesiones muchas veces truculentas (y casi siempre de mal gusto); los programas en los cuales un grupo de personas (por lo general jóvenes) debe convivir un tiempo mas o menos prolongado en una competencia entre todos ellos por ver quien es el último en irse del lugar (“la casa”); los programas periodísticos con escándalos en vivo incluidos, en donde se permite la participación de una variopinta y compleja realidad sociocultural, y en fin: todo lo que la humana creatividad de los productores pueda acuñar para captar al público televidente.

Llamaba más arriba éxito a doble mano al que parece asistir a estos programas porque por un lado es multitud la de aquellos que quieren participar en ellos como protagonistas, y exhibirse o exponerse en ellos, y por el otro hay también muchos, una multitud mucho mayor, que desean ver esos programas, y a las personas exhibidas o expuestas.

 

Tal vez pueda sonar un poco duro. Pero según el esquema interpretativo que estoy intentando, el primero de estos éxitos puede deberse al hecho de que, a cambio de regalar la propia intimidad, de exhibir sus propios costados curioseables, quien se expone a las cámaras de los realities shows conquista realidad, conquista ser. Porque solo es lo que aparece. O mejor: para esta forma de experimentar la vida, sólo existe verdadera y realmente (o al menos dignamente) lo que aparece en televisión.

 

Y también explicaría el segundo éxito, el éxito de audiencia, a través de tres elementos: en primer lugar la curiosidad extendida en muchísima gente, de espiar tras la cortina lo que sucede en la casa del vecino. En segundo término otra curiosidad malsana que tiene el ser humano (no es, por supuesto, atributo de todos) por ver lo escandaloso del otro, sus fracasos, sus miserias; y por fin: el ver que otra gente común, igual que el espectador, accede a la “fábrica de realidad” que la TV configura.

 

En torno a “Gran Hermano” o “El Bar”, programas de este tipo que sufrió el televidente culto argentino, se montaron en su momento, en un fenómeno digno de estudiarse, clubs de fans, revistas que seguían lo que acontecía en el interior de  "la casa", ¡programas paralelos de análisis "sociológico"! y cosas por el estilo.

 

Ha servido este tipo de programas, también, para llevar a la notoriedad efímera a los parientes de los protagonistas. Desde el hermano de un sobreviviente de El Bar, que ha dicho a los medios que “espera conseguir chicas a través de la fama de su hermano” (aclaro que quien esto manifestaba era un muchacho grande, no un adolescente), hasta aquellos padres que se emocionan por la hija que los acusa en cámara de haber sido maltratada por ellos, y quizá inducida a su pasado de drogas por una infancia poco feliz… ¡Todo es válido para acceder a ese “pedacito de ser” que otorga la “tele”! ¡Incluso los reproches amargos, aceptados con gratitud, no por los reproches en sí, sino por los beneficios secundarios que aportan a los destinatarios!

 

Sucede que “el triunfo” de los hijos, muchas veces, redime los fracasos de los padres. Joan Manuel Serrat lo plasmó en una bellísima canción, Princesa, en la que la madre habla con su hija, que va camino a su primer casting para una propaganda de televisión. Y funda en ella toda una serie de esperanzas que se blanquean cuando la madre le dice “ya me imagino la cara de las vecinas cuando aparezcas en limusina a por esta vieja”. Duro, pero posible.

 

Una mirada hacia los que sostienen con su participación a los realities shows. Quienes protagonizaron estos programas no han logrado mostrar una vida natural. Es demasiado evidente que los chicos estaban “actuando”, intuyendo lo que esperaban de ellos sus espectadores. Y aplicaron esta metodología a esa red de relaciones armada vertiginosamente, con amores que aparecían y desaparecían, con amistades superficiales, con todas las mezquindades que nos caracterizan a los humanos, pero aquí entronizadas como categorías válidas y naturales, y no como cosas a superar.

 

Lo superficial es mostrado como lo importante, y lo inmediatamente aparecido al sentimiento, ofrecido como profundo, cuando la verdadera profundidad, aquella a la que aludían San Agustín, Blas Pascal o Baudelaire, implica todo un esfuerzo sostenido como único modo de acceder a ella.

Y en este clima los chicos confundían conceptos. Mostraban sus actos privados como si esto fuera lo mismo que mostrar el alma. Y en realidad son realidades no solo diferentes, sino absolutamente diversas.

 

¿Les es de utilidad, más allá del posible premio económico, y la notoriedad rápidamente adquirida? Creo que éste es su premio. Y tal vez es lo que buscan: escapar del anonimato. A cualquier precio. Pero convierten la vida en espectáculo. Compran la mirada y la escucha de un colectivo desconocido a cambio de informaciones privadas que satisfagan curiosidades que estarían mejor dirigidas a causas más dignas.

 

Por otro lado, está pendiente el determinar las posibles consecuencias psicológicas y sociológicas de este intento de borrar los límites entre lo privado y lo público. ¿No hay ámbitos que son esencialmente pertenecientes a la esfera privada? ¿Es el pudor apenas una consecuencia social, como parecen querer instalar muchos, o es una nota propia del ser humano, como se ha sostenido siempre, como de hecho lo sostenemos nosotros aquí? Creo que hay límites bien precisos entre lo que es íntimamente nuestro, lo que podemos y queremos compartir con otras intimidades pero en un ámbito también íntimo, y aquello que es público. Nadie soportaría vivir en la exposición constante. Nadie gusta de mostrar sus indisposiciones, la satisfacción de sus necesidades naturales. Sus costados menos gloriosos. Y esto es precisamente porque la intimidad de lo íntimo forma parte de las necesidades naturales del hombre.

 

¿Alguien les ha dicho a los chicos que protagonizan los realities shows que aquello que no está sólidamente cimentado no permanece en el tiempo? ¿Y que esto mismo se aplica a la fama, que solo perdura cuando es hija del mérito, del talento o de la obra? ¿Y que no vale la pena vender o regalar el santuario de la intimidad por un cuarto de hora de notoriedad? Creo que no. Que nadie se los dijo. Ni siquiera aquellos que los aman. Y si me equivoco y se los dijeron, evidentemente no fueron escuchados.

 

Concluyendo. ¿A quién sirven estos programas? ¿Son útiles para el arte? Según la definición de arte del pensamiento analítico, no. Hemos dicho ya, además, que no creemos que representen una utilidad positiva a los protagonistas. Tampoco, agregamos ahora, a los espectadores, salvo como pasatiempo. Estos programas no constituyen ni pueden constituir, así como están construidos, una Escuela de Vida. Para que exista Escuela de Vida, es menester o que haya mucha virtud en los participantes, y la virtud, en sí, se difunde (bonum diffusivum sui, el bien se difunde de suyo) o tiene que estar pensada, programada, planificada para ser Escuela de Vida, lo que no es el caso de los programas que analizamos, que se elaboran en el ámbito de la improvisación, de lo que salga.

Dicho de otra manera: si pusiéramos a convivir juntos durante una cantidad equis de tiempo a quince personas sobresalientes por su prudencia, por su caridad, por su generosidad, por su abnegación, por su sinceridad, por su simpleza, por su verdad, por su justicia y otras virtudes, seguramente saldríamos enriquecidos de ver cómo interactúan. No es este el caso que nos ocupa. Tampoco, creo yo, es lo que pretenden los productores. Que intentan, no me cabe duda, generar un programa que se vea, y ganar dinero con ello. Está en el ámbito del negocio-entretenimiento. Y aquí está la verdadera utilidad. Generan recursos, movimientos del dinero y del interés de la empobrecida clase media hacia consumos de productos superficiales y prescindibles. 

 

Todo esto se encuadra dentro de lo que es hoy nuestra sociedad. Sería ámbito para otro debate. Pero es importante no confundir ni confundirse. Que los chicos y jóvenes, que tanto “se enganchan” con estos programas, sepan que lo que allí aparece ni es la realidad, y ni siquiera es una pseudos-realidad deseable. Que sepan que comunidad no es lo mismo que manada; que el amor es mucho más que atractivo corporal; que lo efímero es propio de otros estadíos vitales, no de lo humano; y que, en fin, la vida real, la que vivimos nosotros, día tras día, puede ser mucho mejor y más atractiva que la que nos muestra la televisión.

 

Raúl Francisco Llusá

 

 

Notas:

 

1. Es la puja entre lo individual y lo colectivo. Los medios colectivizan lo individual. Y si

sólo es digno de ser encuadrado en la totalidad de lo real aquello que es colectivizado,

por esta causa lo que los medios no colectivizan no tiene el mismo grado de realidad.