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Sobre la tragedia de Once

 

Dejé pasar unos días antes de decir una palabra, por respeto y por mis propias limitaciones.

No estoy seguro de lo que pienso. Me faltan muchos elementos para poder opinar con una opinión que tenga peso y que sirva para algo. Todavía estoy conmocionado, y la conmoción a veces dificulta la reflexión serena. Pensé, cavilé, y se me ocurren algunas ideas que propongo aquí. Pero soy conciente de que pueden estar equivocadas. Agradeceré correcciones, agradeceré que quienes lean esto me marquen errores e inexactitudes en mi pequeño análisis. Estoy en la búsqueda. Les propongo que hagamos una construcción comunitaria.

Lo primero que diría es que aún es prematuro para tener la conclusión acabada de lo que pasó. Pero ya surgen algunos elementos que por su propio peso se imponen y deben ser considerados.

Es indudable que hay serios problemas de mantenimiento en nuestros trenes. En el sarmiento, y quizá en los demás. Lo dicen muchos de los trabajadores del ferrocarril, a través de sus estructuras representativas. Y sería absurdo no prestar atención a  esta palabra autorizada. Los gremios no están pidiendo aumento de sueldo: están pidiendo condiciones de trabajo y de servicio seguras.

Pareciera, por muchas declaraciones que se han escuchado estos días, que el estado no controla o controla mal la seguridad del servicio. Y el control estatal (puesto que el Estado debe garantizar el bien común) es imprescindible.

Hay que ver (yo no lo sé) si existe un incorrecto uso de fondos que ingresan en esta empresa concesionaria, y en todas las prestadoras subsidiadas. Entre los subsidios que otorga el estado, y lo que se cobra al público por el servicio, debe lograrse un monto de ingresos que permita al menos encarar tres aspectos: el mantenimiento de vías y tren rodante, el pago de sueldos y costos de la operatoria, y un margen razonable de ganancia para los concesionarios.

Si como se dice hoy en todos lados hay un margen exorbitante de ganancias para las empresas, y poco dinero destinado mantenimiento, existe una culpa grave tanto de los concesionarios como del estado, por no controlar este último qué se hace con el dinero que se gira.

Pero hay que comprobarlo. No se puede suponer. Deberían darse a conocer los números. Debemos saber, porque esto es “cosa pública”. Transparencia.

Si el margen de ganancias es exorbitante, y las empresas ganan mucho dinero y desinvierten o dedican márgenes exiguos al mantenimiento, entonces hay un problema que más que negligente es doloso. De ser así, no sólo habría que rescindir los contratos, sino que además habría que procesar penalmente a los responsables.

Y habría que ver por qué no se controló (si fuera éste el caso) el destino de las remesas estatales. Los organismos de control del estado nacional (y los estados provinciales, municipales o de la Ciudad Autónoma, cuando administrativamente les competa a ellos) deben ser a su vez controlados para evitar miradas laxas o complacientes.

Si en cambio sucediera que el dinero de pasajes y remesas estatales no alcanza realmente para hacer frente a las necesidades mencionadas arriba, hay tres posibles medidas a tomar: o se aumentan los subsidios o se aumenta el pasaje. O una combinación de ambas. No encuentro otras. No hay soluciones mágicas.

No sería un despropósito, a mi juicio, en aumentar los subsidios estatales, porque el servicio de transporte es imprescindible para el funcionamiento de la sociedad. Hay que llevar la gente a trabajar y a estudiar. Y si el estado tiene plata para fútbol y carreras, también la tiene o la debería tenerla para hacer más seguros los transportes (y muchas otras cosas: hay un cromagnon y un Once escondido en muchas cosas más. Recordemos la tragedia de Lapa)

El estado falló, a mi humilde juicio en las desafortunadas declaraciones de algunos funcionarios (Schiavi fue torpe en sus dichos. Hebe de Bonafini lo dijo con claridad esta vez, aunque con ese estilo tan de ella que no comparto, y aprovechando también para arrimar un leño a su concepto discutible de lucha de clases). La Presidencia debiera haber al menos cursado un mensaje de condolencias como lo hizo hasta el Papa. Pero aquí la Presidencia estuvo mal asesorada. El estado, hoy, se presenta como querellante en la causa, y esto es bueno si hay mal destino de los fondos. Pero también debería iniciar una investigación en sus organismos de control, que no lo advirtieron antes. Aclaro, para que no se enojen los partidarios de la actual administración: no hablo desde una postura política sino administrativa. Lo que sucedió podría haber pasado bajo cualquier administración.

Los organismos de emergencia, me parece, actuaron bien. Resta ver qué pasó que no encontraron de inmediato el cuerpo del infortunado muchacho Lucas. Es muy enojoso y profundamente doloroso esto, aunque no quiero ni puedo juzgar a los Bomberos (a cuyo cargo estaba la búsqueda) porque sé de su profesionalismo demostrado constantemente a lo largo de muchos años. Hay que ver qué pasó. Me faltan elementos para juzgar.

La furia destructora de la gente es comprensible, porque todos los usuarios se sienten amenazados: la tragedia podría repetirse. Esto no justifica, sin embargo, los destrozos (ni los consecuentes actos de robo y vandalismo que se siguen inevitablemente a las revueltas populares). Se nota que hay mucha bronca contenida, en la gente. Se la ve en el tráfico de cada día, se la ve también en el nivel degradado de las relaciones humanas. Habría que reflexionar cual es la causa de esto.

Pero la gente, todos nosotros, debemos comprender que hay maneras mucho más racionales de expresar el descontento.

Los trabajadores de la empresa deben ser escuchados. Ellos tienen mucho que decir sobre el estado del mantenimiento del servicio, y sobre las medidas a tomar.

Quizá debiesen poner un plazo: o hay soluciones en un margen realista y racional de tiempo, o se interrumpe el servicio.

De cualquier forma, seguimos siendo reactivos. Reaccionamos frente a lo que pasa. Y a veces ni siquiera es suficiente. Nos falta la mirada anticipada que previene.

Que los muertos tengan paz. Y sus familiares, y los heridos, justicia. Que implica reconocimiento de sus derechos, resarcimiento (muchas veces imposible) de sus sufrimientos. Pero nadie tendrá paz y justicia mientras no hagamos las cosas que tenemos que hacer para que estas cosas no sucedan.

Mi respeto a todos los damnificados. Mi oración por los muertos, y por el restablecimiento de los heridos. En lo personal, como parte integrante del sistema de seguridad de otro medio de transporte (Aerolíneas Argentinas) y como capacitador en seguridad en una institución que realiza excursiones de montaña, me comprometo a redoblar la reflexión y la acción para que en mis ámbitos las operaciones sean más seguras.

 

Raúl Llusá