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Dudan de la veracidad histórica del Holocausto o Shoá

El 11 de diciembre se abrió, en Teherán, una Conferencia Internacional de “revisionismo del holocausto judío en la segunda guerra mundial”. El actual presidente de ese país, Mahmoud Ahmadinejad, ha calificado muchas veces al Holocausto como “un mito” de occidente, para justificar la creación del Estado de Israel. Ahmadinejad, del ala dura de la revolución  que conduce Irán desde la caída del Shá Reza Pahlevi, sostiene que el estado de Israel será “borrado del mapa” en poco tiempo. Una ola de rechazos y repudios se alzó en el mundo entero contra esta conferencia, que reunió a conspicuos antisemitas de diferentes naciones.

Es un hecho. Hay mucha gente que duda de la veracidad histórica del Holocausto o Shoa, en el cual, y obedeciendo a un plan meticulosamente imaginado por los jerarcas del régimen nazi, se exterminó metódica y sistemáticamente a unos 6 millones de judíos, durante el curso de la segunda guerra mundial.

Hay gente que duda sobre la llegada del hombre a la luna. También es un contrasentido, por una serie de cosas que no viene al caso analizar aquí.

Pero dudar del holocausto es sumamente grave.

Por un lado, porque es signo de una disposición negativa, por no decir hostil, hacia el pueblo judío. Y la historia nos muestra con marcada claridad que este tipo de sentimientos han resultado, las más de las veces, en atrocidades grandes y pequeñas. Desde la política del ghetto o “judería”, barrios reservados para los judíos, hasta los campos de concentración y muerte, pa-sando por una cantidad innumerable de atropellos intermedios.

Que se intentaron justificar de muchas maneras. Desde lo religioso, desde lo económico, desde lo ¡racial!.

Pero además la duda sobre la existencia histórica del Holocausto ofende al sentido común. Ofende a la inteligencia.

Las pruebas allí están. Los campos de exterminio aún están abiertos al público, para contemplar los museos del horror.

Disponemos de fotos de estas estructuras de muerte sacadas por las tropas liberadoras en los últimos días de esa ignominiosa guerra que dejó al mundo llorando 50 millones de muertos.

La cruda verdad fue afirmada tanto por ingleses y norteamericanos, como por los rusos stalinistas. Por franceses y por polacos.

Cada nación europea que sufrió la bota nazi sabe de las deportaciones forzadas de judíos que jamás volvieron.

Están los últimos, pocos sobrevivientes. Que en 1945 eran pese a todo un número considerable, macilentos, desnutridos, marcados con el infamante número de registro en el campo de concentración.

Está la documentación de aquella época. Están los dichos y escritos de Hitler y los demás jerarcas.

Está el testimonio de centenares de intelectuales. Está la palabra del recordado Víctor Frankl, superviviente de un campo de concentración, que sobrevivió precisamente porque encontró que el sentido de su presencia allí debía ser el de dar apoyo al sufrimiento de sus compañeros de infortunio desde su profesión de médico y psicólogo. Está el trabajo de la oficina vaticana que en los años siguientes a la guerra se ocupó de atender a

decenas de miles de personas, muchísimas de ellas de origen judío, que buscaban a sus familiares. La oficina estableció la desaparición o muerte de la enorme mayoría de los buscados. Todo se encuentra debidamente registrado.

 

Está la Ley de Protección de Sangre dictada el 15 de septiembre de 1935, una de las muchas leyes raciales que prepararon la “solución final”.

Y hay cientos de elementos de prueba más. No cabe en este artículo consignarlos a todos.

Pero por sobre todo está el hueco, el hueco enorme dejado por 6 millones de ausencias. Antes de la guerra, había 6 millones de judíos que luego no estuvieron. Porque fueron exterminados. Niños, mujeres, ancianos, hombres maduros. No importaba.

Confieso que estoy dolido, indignado y preocupado. Porque dudar del holocausto es dudar de una conglomeración de sufrimiento humando como no tuvo parangón ni antes ni después. Es dudar de la desesperación desgarrada, y la brutalidad exacerbada que se encontraron en un hecho que constituye, sin lugar a dudas, lo más aberrante de la historia de la humanidad.

Se duda del holocausto desde la ideología.

Se duda desde el preconcepto.

La mayor parte de los que dudan jamás se ha preocupado por averiguar ni siquiera mínimamente qué sucedió. Ni por verificar una fuente.

Se duda desde la maldita propensión a imaginar teorías conspirativas por todos lados.

Se duda desde el odio racial.

La duda constituye una nueva afrenta hacia seis millones de personas que sufrieron lo indecible.

Pareciera que una parte del mundo no aprendió nada de esa tragedia que significó la guerra.

Ni aprendió que todo lo que surgió del universo nazi y de su dislatado creador y conductor, Adolfo Hitler, está para siempre en el territorio de lo miserable y tenebroso.