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Liber et Sapientia

Una página de filosofía y Pensamiento Analítico Integrador, que es un camino, una metodología de análisis de la realidad.
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América como problema

Por Raúl Llusá

 

América como problema: la exclusión de la cultura originante y algunos aportes para seguir avanzando hacia una síntesis en el estudio de la aproximación hispana a América, en la conquista

 
 
 
Primera parte: Notas introductorias

 

 

1. Planteo del problema como hecho observable

 

Desde un punto de vista fenomenológico, constatamos que existe un continente –América- cuyo despliegue se muestra problemático. Especial-mente en lo que respecta a la porción del mismo que, por su origen, se ha dado en llamar Hispanoamérica.

El hecho es que en Hispanoamérica nos ha tocado vivir.

Un continente que enfrenta el origen traumático de su ser-actual, en oposición a ser-posible.

Una tierra –y una gente- que en su devenir, pasado y presente, lleva en sí la presencia del desgarro y del dolor, de la angustia y el reclamo. De la frustración y la exclusión.

Ahora bien: en el origen histórico-contextual del ser-actual de nuestro continente latinoamericano, se encuentra el hecho de la aproximación española, de su llegada y su desembarco en un hábitat y una cultura preexistente.

Hoy, a quinientos diez años de este acontecimiento[i],  se eleva desde muchos horizontes un reclamo frente al cómo del advenimiento hispano, y en oportunidades hasta frente al hecho concreto del advenimiento. Se enfrentan entre sí dos leyendas: la célebre leyenda rosa, donde todo fue, en aquellos años, abnegación y desinterés, sacrificio y altruismo por parte de los conquistadores, y la no menos célebre leyenda negra, en la que la barbarie y el salvajismo, el despojo y el asesinato, el atropello y el genocidio habrían sido las notas sistemáticas y excluyentes.

Paralelamente a esta polémica irresuelta, al internarnos hoy en nuestras tierras latinoamericanas constatamos una extendida  realidad de pobreza, marginación y carencia de futuro.

Este último dato, la inexistencia de un horizonte de posibilidades de desarrollo,  se verifica también en la cultura urbana, conformada a través de un fuerte y relativamente reciente aporte inmigratorio de origen europeo. Paradojalmente, en este segmento, y de resultas de su origen mayoritariamente extracontinental, una significativa cantidad de personas tiene la posibilidad de disponer de una doble nacionalidad: la de nacimiento y aquella que corresponde a los inmigrantes de la primera generación llegada a nuestros países. Esto les abre las puertas a un recurso: el del retorno, a la búsqueda de oportunidades de vida y desarrollo en las naciones de origen.

El camino de la emigración, sin embargo, está cerrado para los autóctonos, para los descendientes de aquellos primeros habitantes de nuestro continente, con lo cual se verifica una realidad paradojal: las clases empobrecidas quizá por acción del aporte europeo como causa mediata o inmediata, no tienen ningún escape, mientras que sí lo poseen los descendientes de aquellos europeos, pretéritos o cercanos, que llegaron hasta nuestras tierras en busca de mejores oportunidades.

Más allá de esta paradoja, y del hecho que está en su base (la vuelta a los barcos de los descendientes de los inmigrantes, en camino de retorno hacia las patrias de origen), queremos reflexionar sobre el pasado con un doble objeto: determinar, si es posible, una comprensión original al problema del acercamiento hispano pretérito; y encontrar, tal vez, alguna luz que nos permita iluminar alguna porción de la problemática argentina e hispanoamericana de hoy. Queremos llamar la atención sobre la necesidad de asumir problemas que están de cara al presente y al futuro, y no tanto frente al pasado.

Desde las ideologías, desde las modas y las posturas, muchos han gastado lo mejor de sus recursos y de su inteligencia, de su fogosidad y su profecía, luchando contra fantasmas evocados desde el polvo de las tumbas, a través de ríos de tinta volcados en páginas y páginas.

Creemos que no sirve demasiado, o al menos no sirve demasiado el lenguaje de barricada o de tribuna.

En nada nos ayuda el odio a los muertos. Nos sirve en cambio el amor a los vivos y a lo por vivir, a lo por-venir.

La comprensión del pasado es útil en cuanto nos permite modificar el presente para hacerlo mejor. Lo contrario es un ejercicio ideológico estéril. Usando palabras leídas alguna vez a René Balestra: “las ideas han de tener la capacidad de fecundar a la realidad para hacerla parir hechos concretos. Lo demás es onanismo ideológico”.

Lo importante, nos parece, es asomarnos a las necesidades de todo un sector mayoritario de la población hispanoamericana: la población de origen autóctono, la población aborigen y sus descendientes. Aportaremos un ámbito de reflexión, algunos derroteros conceptuales. No es mucho: hay, para recorrer, un enorme y dificultoso camino, en una época particularmente difícil. Pero es necesario, por un lado, asumir el problema, y por el otro buscar una solución integradora, y esto tiene carácter de urgente.

 

2. Metodología empleada en la elaboración de este trabajo

 

Para elaborar el presente trabajo hemos reunido el material bibliográfico que figura en la bibliografía que consignamos al final del mismo, material que  fue leído y analizado para conformar el hecho histórico y el aporte ideológico-conceptual que configura las encontradas posturas.

Posteriormente hemos redactado los distintos capítulos, en el cual el primero establece el status questionis actual, con la problematización crítica del hecho de la conquista, de sus formas, de su legitimidad misma, desde distintas voces del ámbito indigenista o de otros sectores revisionistas, contestados a su vez por quienes tienen posturas más conservadoras o centristas. El segundo capítulo describe la así llamada Leyenda Negra antiespañola, explicando en lo posible las causas de su nacimiento y desarrollo. En el tercer capítulo se describen las razones esgrimidas por aquellos pensadores actuales y pretéritos que se enfrentan conceptualmente a la leyenda negra. El cuarto capítulo intenta analizar el ámbito intencional de los españoles frente al hecho de la conquista. Un breve capítulo quinto nos enfrenta, por fin, al estado actual de la cultura y la población originaria, con su realidad de pobreza, exclusión, marginación y sufrimiento.

Descrito el hecho histórico,  presentadas las distintas teorías explicativas relacionadas al mismo, pasamos luego a las conclusiones. Hacemos una somera descripción de las posturas antagónicas contemporáneas en relación con el tema que nos ocupa, realizamos el análisis de las concepciones filosóficas presentes en los protagonistas del acontecido analizado, para establecer el “desde donde”  del mismo; analizamos después las concepciones filosóficas presentes en la crítica actual al hecho histórico para intentar una síntesis propia, que es la tesis del trabajo.

 

3. El sustrato filosófico de este trabajo

 

Este trabajo está realizado desde una perspectiva que pretende ser objetiva y científica.

Para ello, hemos recurrido a distintas fuentes, incluso a aquellas que forman parte de escuelas a las que no adherimos.

El trabajo está hecho desde una identidad cristiana y católica. Pero no es apologético. Va más allá de una intención confesional o controversial: pretende aportar puntos de vista para comprender el problema latinoamericano, y no -apenas- el problema de la Iglesia en Latinoamérica.

Por otro lado, a nadie que se precie de honesto y objetivo se le puede escapar que la Iglesia[ii], a lo largo de su historia, ha cometido numerosos errores, como cualquier otra comunidad social. Porque la asistencia del Espíritu Santo, que la ayuda a definir su doctrina sobrenatural, no la libera de la carga de error y pecado que es propia de la condición humana en las cosas que tienen que ver con la administración de los asuntos humanos. 

Los errores van, además, más allá de la Iglesia Católica. También las Iglesias Reformadas se mostraron crueles e inhumanas en muchas ocasiones. La quema de brujas no es un privilegio de la Inquisición católico-romana. Todo lo contrario, como puede descubrir fácilmente quien no le tema a los resultados de la investigación histórica honesta y veraz. El modo en que el norte angloparlante llevó a  cabo la conquista interior de América  es otro ejemplo.

Pero quede claro: no pretende esta reflexión ser una oposición entre la estructura colonizadora de impronta luterano-calvinista y el modelo católico español.

Queremos llegar más allá.

Intentaremos escapar de la tentación poco intelectual de demonizar lo distinto, para defender lo propio en una proyección indebida del yo.

No podremos negar, en lo metodológico, nuestra formación aristotélico-tomista, por la cual, además, estamos agradecidos.

Pero estamos abiertos a la verdad que se haga presente en cualquier pensamiento filosófico. Solo hay que tener, para encontrarla, apertura intelectual y honestidad. Esperamos tenerlas.

El camino es sencillo: leer, ordenar, juzgar, filosofar.

Esto es lo que intentaremos.

 

4. Algunas preguntas que podemos formularnos

 

Las preguntas que nos ayudarán a la tarea de aproximarnos a la verdad inherente al tema del trabajo, pueden ser las siguientes:

  • ¿Qué sucedió históricamente en el tiempo de la aproximación conquistadora de España a América? ¿Cuál fue la verdad de los hechos?

  • ¿Qué filosofía o filosofías subyacen bajo el accionar de los conquistadores?

  • ¿Cuáles fueron los aportes positivos de la aproximación española?

  • ¿Cuáles fueron los excesos que se cometieron?

  • ¿Qué cosas se pensaron para hacer un bien, pero salieron mal?

  • ¿Qué voces que se alzaron entonces, advirtiendo los problemas? ¿Por qué pudieron alzarse esas voces?

  • ¿Qué posturas de análisis encontramos en la historiografía y la filosofía contemporáneas?

  • ¿Cuales son los aportes válidos que para la comprensión del proceso histórico latinoamericano y de la realidad presente de nuestras naciones, ofrecen  cada una de las posturas antes mencionadas?

  • ¿Cuales son las exageraciones en las que incurren? ¿Hay alguna posible intencionalidad en la forma de tratar la problemática?

  • ¿Cómo se sale de esta dialéctica del conflicto?

  • ¿Cómo se transforma esta problemática?

  • ¿Cuál es la antropología actual del hombre americano? ¿Cuáles son los posibles caminos hacia el futuro?

Planteadas las preguntas, solo resta abordar el trabajo de investigación.

Segunda parte: analizando los hechos

 

Capítulo 1: Status questionis

 

Corresponde comenzar el desarrollo de esta reflexión afirmando con claridad que la cuestión del acercamiento hispano a  América, hoy problematizado a través de una crítica muy aguda, tiene que ver no sólo con el análisis de las causas de la postración de las porciones mayoritarias de nuestro pueblo, sino también con los inconvenientes actuales en la resolución del problema.

La problematización, el cuestionamiento y la crítica del acercamiento hispano existe desde hace mucho tiempo. Desde prácticamente el comienzo del proceso, a través de la prédica del dominico Fray Bartolomé de las Casas, quien en su obra “Breve relación de la destrucción de las Indias” denunció con fuerza no simplemente algunos abusos sino el sistema mismo usado por España con relación a la conquista. Esta obra de Las Casas fue luego utilizada en los ambientes protestantes (especialmente holandeses e ingleses) para atacar a España y a su empresa conquistadora; y a la Iglesia y su obra evangelizadora.

Ya en nuestro tiempo, la celebración, hace diez años, del Quinto Centenario de la llegada de los Españoles a América, dio oportunidad para reabrir heridas y debates en lo social, político, cultural y religioso. Desde distintos ámbitos el análisis crítico se volcó hacia las formas del acercamiento hispano, sus características y metodologías, en los casos más benignos, y hacia la legitimidad misma del hecho del acercamiento, en las posturas más extremas.

Sirva como ejemplo el citar algunos extractos de una declaración de los indígenas de Colombia para el quinto centenario: “El 12 de octubre de 1492 fue un día de luto para todos nuestros pueblos indígenas, pues se iniciaron 500 años de genocidio, etnocidio, evangelización, opresión y humillación que se conserva hasta nuestros días… las clases dominantes, primero españolas y luego criollas, construyeron sus riquezas destruyendo las culturas y los pueblos indígenas, explotando nuestras riquezas naturales y convirtiendo a sus habitantes indios, negros, mestizos, mulatos o blancos en esclavos a su servicio”[iii]

Para la CONAIE (Confederación de Nacionalidades indígenas del Ecuador), cuya posición frente al tema es de las más radicales, no cabe duda de que la conquista fue una agresión. “En la actualidad ya ni los reyes de España ni las potencias mundiales justifican el etnocidio por la barbarie y prefieren hablar del «encuentro entre dos mundos» y preparan fastuosas celebraciones con ocasión del quinto centenario del «descubrimiento de América[iv]», como si nuestra Pachamama, nuestro Urihi, nuestra Abya-Yala, no hubiese sido objeto del conocimiento humano antes del 12 de octubre de 1492, como si la relación entre europeos e indígenas se hubiese dado en pie de igualdad de condiciones y oportunidades. Ya es hora de dejar de lado las mistificaciones. El desembarco de Colón y su comitiva en las Antillas fue el comienzo de la guerra de conquista, explotación y dominación, y el principio de un largo y complejo proceso de resistencia indígena”[v]

En parecida dirección, el teólogo y filósofo alemán Pablo Suess, estudioso en temas latinoamericanos, sostiene que “En la colonización de las Américas no hubo propiamente aculturación. Hubo sustitución y represión del sistema religioso-cultural de los pueblos autóctonos. La sustitución era condición sine qua non de la integración al sistema colonial”[vi]

En su libro “Las venas abiertas de América Latina”, que conoció más de cien ediciones en veinte años, y que es el clásico contemporáneo en el que se inspiran los críticos actuales de la obra española (como la Brevísima relación de la Destrucción de las Indias fue y es el clásico antiguo) Eduardo Galeano[vii] expone su tesis respecto de la obra de la colonización. Intenta minimizar a toda costa la empresa española del descubrimiento. Intenta demostrar que el resultado de la Colonización, de la Conquista y de la Evangelización fue el genocidio de América. Habla de “cruzada católica de exterminio”, y de política de explotación. Y la principal responsable es, para él, la Iglesia Católica, manipulada por un lado, y prestándose complaciente a la tal manipulación, aquietando conciencias, poniéndose al servicio del colonialismo[viii].

Más allá de las exageraciones y de los discursos ideológicos, sabemos que son verdaderas muchas de las afirmaciones de quienes tienen tan profundos y dolorosos reclamos sobre el tema que nos ocupa. Pero sabemos también que hay un hecho (el deseo evangelizador) que pone una dificultad grande: porque quienes vinieron a evangelizar tenían plena conciencia de cumplir un mandato divino[ix], como tendremos ocasión de demostrar. Esto nos enfrenta a una serie de apuros. Porque existe un hecho innegable: el de una cultura dispersada y muchas veces destruida, junto con un pueblo empobrecido y excluido, y este hecho se enfrenta a otro, no menos evidente: el cristianismo fue asumido por gran parte del continente centro y suramericano, y es hoy un dato propio de la cultura india y criolla.

 

Capítulo 2: Origen de la “Leyenda Negra” [x] antiespañola

 

Expuesto en forma sucinta el estado de la cuestión, conviene, nos parece, analizar también brevemente, por razón de espacio, el hecho que motivó, o mejor alimentó, el desarrollo de la actitud crítica. Nos referimos al libro del padre dominico Fray Bartolomé de las Casas: “Brevísima relación de la destrucción de las Indias”, obra aparecida en 1552 (había sido escrita diez años antes). 

El prólogo de la Brevísima relación

En el prólogo de la obra de Las Casas, dirigido al príncipe Don Felipe, (futuro rey Felipe II) habla de realidades abominables cometidas por los conquistadores, de las cuales él es testigo. Ha visto Fray Bartolomé  “el ansia irracional y temeraria de los que tienen por nada indebidamente derramar tan inmensa copia de sangre humana, y despoblar de sus naturales pobladores y poseedores, matando mil cuentos de gentes, aquellas tierras grandísimas, y robar incomparables tesoros…”[xi]

Somero análisis de la Brevísima relación

No obstante, ya en el comienzo de su obra incurre el P. Las Casas en una exageración, cuando sostiene que América es un continente densamente poblado. Dice textualmente. “La tierra firme… tiene de costa de mar más de diez mil leguas descubiertas, y cada día se descubren más, todas llenas como una colmena de gentes en lo que hasta el año de 41 se ha descubierto[xii], que parece  que puso Dios en aquellas tierras todo el golpe por la mayor cantidad de todo el linaje humano[xiii]

A continuación hace una descripción de los pueblos aborígenes, que en principio parece demasiado idílica. “Todas estas universas e infinitas gentes crió Dios las más simples, sin maldades ni dobleces, obedientísimas, fidelísimas a sus señores naturales y a los cristianos a quien sirven; más humildes, más pacientes, más pacíficas y quietas, sin rencillas ni bollicios, no rijosos, no querulosos, sin rancores (sic todos los arcaísmos), sin odios, sin desear venganzas, que hay en el mundo[xiv]

Las Casas  muestra a los naturales de esta manera para mover al monarca a la misericordia, habida cuenta de que había algunos en la corte (Ginés de Sepúlveda y otros) que mostraban a los indios como bestias o monstruos a los que se debía hacer la guerra por sus maldades, como mostraremos documentalmente después. Debemos decir, para honor de la verdad, que no hace mención Las Casas (no sabemos si es que las ignora, pero resulta poco probable) de otras características menos nobles de los naturales, las cuales hicieron dudar a algunos, incluso, sobre la condición racional de los indios. Omite también la realidad de los sacrificios humanos propios de la religiosidad de la América precolombina. Al respecto de esto, nos dice Diego Durán: "La práctica de los sacrificios humanos toma donde los Aztecas un carácter peculiar, tanto es pletórica y tanta es la crueldad que reviste el acto de la muerte. Recordemos que el sacrificio ordinario, el que se lo practica de forma corriente, se lo hace por arrancamiento del corazón. La víctima, que por regla general es un cautivo de guerra, está de espaldas a la piedra del sacrificio, una piedra de un metro de altura, levantada verticalmente. El ajusticiado tiene la cabeza hacia atrás, tocando casi en el suelo, el pecho tendido hacia el cielo. El sacerdote sacrificador abre entonces el abdomen a la altura del epigastrio por medio de un cuchillo de sílex, mientras que cuatro acólitos sostienen fuertemente sus miembros. Hundiendo enseguida sus manos en las entrañas de la víctima, el sacerdote toma el corazón, corta la aorta, la vena cava y la arteria pulmonar con su lámina de sílex, y arranca el órgano aún palpitante. El sacrificador extendía el brazo al aire para ofrecer el corazón al sol, manteniéndolo así por el lapso de un Ave María, y luego lo lanzaba al ídolo"[xv]. Estos sacrificios eran acompañados del despellejamiento de las víctimas, cuyas pieles servían para hacer vestiduras sacerdotales, y de actos de antropofagia realizados  por los guerreros. Decenas de miles de jóvenes de ambos sexos eran así sacrificados cada año, pues la ofrenda de corazones humanos a los dioses debía ser ininterrumpida. Mientras tanto, los niños sacrificados, también en gran número, eran arrojados al abismo de Pantilán. Algo menos sanguinarios eran los incas, que realizaban sacrificios humanos de hombres, niños o mujeres vírgenes para alejar peligros, como epidemias o hambre. Pero lo más importante de los incas fue su férreo sistema de esclavitud y sojuzgamiento de los indios del sur.[xvi]

También parece una exageración la relación que hace el dominico Las Casas de los muertos en esta multitud de aborígenes: “De la gran Tierra Firme somos ciertos que nuestros españoles, por sus crueldades y nefandas obras, han despoblado y asolado y que están hoy desiertas, estando llenas de hombres racionales, mas de diez reinos mayores que toda España… Daremos por cuenta muy cierta y verdadera que son muertas en los dichos cuarenta años, por las dichas tiranías e infernales obras de los cristianos, injusta y tiránicamente, más de doce cuentos[xvii] de ánimas, hombres y mujeres y niños[xviii]

La causa de estas muertes, para Fray Bartolomé, es la codicia: “La causa porque han muerto y destruido tantas y tales y tan infinito número de ánimas los cristianos ha sido solamente por tener por su fin último el oro y henchirse de riquezas en muy breves días[xix]”.

La relación de Las Casas muestra después un cuadro que resulta grotesco por lo exagerado, en cuanto a las crueldades de los españoles, mezclado con datos y descripciones mucho más creíbles por cuanto de ellas conocemos otras fuentes de mayor rigor histórico, como la Relación del P. Cardiel, SJ, que tendremos ocasión de citar más abajo. Cuenta Las Casas que “(Los Españoles) entraban en los pueblos, ni dejaban niños ni viejos, ni mujeres preñadas ni paridas que no desarraigaban y hacían pedazos, como si dieran en unos corderos metidos en unos apriscos. Hacían apuestas sobre quién de una cuchillada abría el hombre por medio, o le cortaba la cabeza de un piquete, o le descubría las entrañas. Tomaban las criaturas de las tetas de las madres por las piernas, y daban de cabeza con ellas en las peñas. Otros daban con ellas en ríos por las espaldas, riendo y burlando, y cayendo en el agua decían: «bullís, cuerpo de tal»…Hacían unas horcas largas, que juntasen casi los pies a la tierra, y de trece en trece, a honor y reverencia de Nuestro Redemptor (sic) y de los doce apóstoles, poniéndoles leña y fuego los quemaban vivos. Otros ataban o liaban todo el cuerpo de paja seca: pegándoles fuego, así los quemaban…a otros les cortaban las manos y dellas llevaban colgando…Comúnmente mataban a los señores y a los nobles desta manera: que hacían unas parrillas de varas sobre horquetas y atábanlos en ellas y poníanles por debajo fuego manso, para que poco a poco, dando alaridos, en aquellos tormentos, desesperados, se les salían las ánimas[xx]”.

Es claro que el Padre Las Casas no ha visto estas cosas. Las refiere como se las han referido a él. Posiblemente es él mismo el que exagera, para mover al Emperador a misericordia para con los indios (que era el objetivo del dominico). Sabemos que en estos años los españoles son pocos, y mucho más en comparación con las cifras enormes de aborígenes que De las Casas afirma haber en América. Resulta imposible que los naturales se entregasen sin más a estas prácticas horrendas, sin sublevaciones sangrientas (que de hecho se dieron, pero por otras causas que, aunque igualmente justas, no tenían la dimensión de crueldad absurda que aparece en este relato). Agregamos nosotros que, por otro lado, estas descripciones nos recuerdan a las acusaciones que la Inquisición (muchas veces a cargo de la Orden de Predicadores, la misma a la que pertenece Fray Bartolomé) hace, referidas a ciertos delincuentes a los que se ve como extremadamente peligrosos para la sociedad[xxi].

Resulta significativa, en este ámbito, la tesis de Vittorio Messori, avalada por un estudio de expertos de la Universidad de Berkeley. Dice Messori que resulta altamente plausible que el P. Las Casas atribuyera a las armas de sus connacionales las muchas muertes que se produjeron en América por causa de algo muy distinto: el choque microbiano y viral con las enfermedades que provenían del viejo mundo, para las cuales el sistema inmune de los nativos no estaba preparado. "El fenómeno es comparable a la peste negra que, procedente de la India y China, asoló Europa en el siglo XIV. Las enfermedades que los europeos llevaron a América, como la tuberculosis, la pulmonía, la gripe, el sarampión o la viruela eran desconocidas en el nicho ecológico aislado de los indios, por lo que éstos carecían de defensas inmunológicas"[xxii]

Habla luego Las Casas de otras tropelías que sostiene haber visto con sus propios ojos: “En tres o cuatro meses, estando yo presente, murieron de hambre, por llevarles los padres y las madres a las minas, más de siete mil niños. Otras cosas vide espantables[xxiii]”.

En la misma línea está el relato de la matanza de Cholula: “Habíanles pedido cinco a seis mil indios que les llevasen las cargas; vinieron todos luego y métenlos en el patio de las casas. Ver a estos indios cuando se aparejan para llevar las cargas de los españoles es haber dellos una gran compasión y lástima, porque vienen desnudos en cueros, solamente cubiertas sus vergüenzas y con unas redecillas en el hombro con su pobre comida; pónense todos en cuclillas, como unos corderos muy mansos. Todos ayuntados y juntos en el patio con otras gentes que a vueltas estaban, pónense a las puertas del patio españoles armados que guardasen, y todos los demás echan mano a sus espadas y meten a espada y a lanzadas todas aquellas ovejas, que uno ni ninguno pudo escaparse que no fuese trucidado. A cabo de dos o tres días saltan muchos indios vivos llenos de sangre, que se habían escondido y amparado debajo de los muertos (como eran tantos); iban llorando ante los españoles pidiendo misericordia que no los matasen. De los cuales ninguna misericordia ni compasión hubieron, antes así como salían los hacían pedazos. A todos los señores, que eran mas de ciento y que tenían atados, mandó el capitán sacar y quemar vivos en palos hincados en la tierra[xxiv]”.

Nadie puede pensar seriamente que las cosas pudieran haber sucedido así como las cuenta el buen Las Casas, que en su genuino interés por despertar la conciencia del monarca hispano sobre las verdaderas y crueles injusticias que tenían lugar sobre los aborígenes, ilustraba su alegato con exageraciones de éste y similar calibre. Que un grupo de españoles pueda asesinar con crueldad a mas de cinco mil indios, y que éstos no ejerzan una feroz resistencia, es una suposición ingenua y pueril.

El problema está en que además del efecto que las narraciones del Obispo Las Casas pudo haber ejercido en la corte, su Breve Relación fue usada como material de trabajo para una sistemática obra de desprestigio de la aproximación católico-hispana a las Indias.

Una evaluación de la obra de Las Casas

Bartolomé de las Casas fue rodeado en vida de respeto religioso por muchos, y varios frailes de su orden prefirieron esconder sus libros que entregarlos. No obstante, hubo quienes lo desacreditaron o repudiaron sus exabruptos y exageraciones, aún entre figuras que estaban de su lado en cuanto al fondo de su reclamo. Entre éstos, el obispo de México Francisco Marroquín, el franciscano Motolinía, el Padre Betanzos, Fray Pedro de Córdova, el obispo Zumárraga y otros[xxv]. Citamos solamente a personas que están dentro del espíritu del manifiesto lascasiano, ya que es innecesario decir que lo defenestraban personas tales como el defensor de la guerra justa contra el salvaje, el Dr. Juan Ginés de Sepúlveda, o Fray Vicente Palatino de Curzola, quien escribe en 1559 un “Tratado del derecho y la justicia de las guerras que tienen los reyes de España contra las naciones de la India Occidental”, obra que sin embargo fue prohibida en España el 17 de octubre de 1570[xxvi].

La obra de Las Casas, más que el trabajo de un historiador, es un esfuerzo de carácter profético. El fraile no procede con rigor científico. No aporta documentos más que en dos oportunidades. Las cifras que señala son absurdas. Luciano Perena, de la Universidad de Salamanca, sostiene: “Las Casas se pierde siempre en vaguedades e imprecisiones. No dice nunca cuándo ni dónde se consumaron los horrores que denuncia, y tampoco se ocupa de establecer si sus denuncias constituyen una excepción. Al contrario, en contra de toda verdad, da a entender que las atrocidades eran el único modo habitual de la conquista[xxvii]”.

Las Casas aduce su indudable valor como testigo (he visto por cincuenta y más años, aclara en el prólogo de la Brevísima Relación). Pretende sensibilizar al príncipe Felipe, por entonces a cargo de la empresa de Indias, y al Emperador Carlos V, y recurre para ello a un elenco de relatos destinados a constituir un alegato para mejorar el tratamiento del indio, que ciertamente debía ser mejorado. Fray Bartolomé de las Casas es un hombre de profunda bondad, que conoce bien el carácter de muchos españoles llegados a América con pocos escrúpulos, y es contra ellos que quiere advertir al monarca. No pretende, nos parece, hacer una historia acabada, sino lograr un golpe de efecto que redunde en una mejora de la condición de los Indios, causa de su desvelo. Pero muchos le achacan el no haber sido realista. Así el profesor de la Universidad Complutense, Pedro Borges, biógrafo del Obispo, sosteniendo que “predicaba siempre no lo que se podía sino lo que se debía haber hecho[xxviii]”.

Interesante, para concluir este capítulo, es el aporte del dominico Venancio Carro, teólogo, historiador y jurista, sostiene de Las Casas: “Unos le ensalzan hasta los cielos, otros le sepultan en los infiernos, casi ninguno le ha comprendido…¿Cuántos han intentado estudiar las ideas de Las Casas? ¿Cuántos se han tomado el trabajo de comparar sus ideas con sus campañas misionales? ¿Cuántos han examinado el origen de estas ideas, ser y sustancia de toda su obra como misionero, como Protector de los Indios y como escritor, con sus fundamentos teológico-jurídicos? Nadie, o casi nadie[xxix].

 

Capítulo 3: Voces en contra de la “Leyenda Negra”

 

No obstante la existencia de muchas voces que se solidarizan con los alegatos del dominico Las Casas, existen otras personas que tienen una visión diferente.

Contra la obra de Bartolomé de las Casas se pronunciaron  distintos escritores e historiadores contemporáneos a los sucesos: Bernal Díaz del Castillo, capitán de Cortés en la empresa Mexicana, escribió “Historia verdadera de la conquista de Nueva España”, contra Francisco López de Gómara; También se levantaron contra las aseveraciones de Las Casas fray Diego de Betanzos, OP, fray Toribio Benavente, OFM, alias Motolinía, en su “Carta al Emperador”, de 1555; Agustín de Zárate en la obra “Descubrimiento y conquista del Perú”, de 1555, y Jerónimo Benzoni, en “Historia del Nuevo Mundo”,  de 1565.[xxx]

El argentino Carbia, ya en nuestra época, apuntará otros alegatos no ya contra Las Casas, sino contra la Leyenda Negra misma, como la célebre “Política indiana” de Juan de Solórzano y Pereyra, datada en 1648, que reconoce yerros y desmanes, pero esporádicos, y menciona los castigos reales que estos yerros ameritaron; o la también célebre “Historia de la conquista de México”, del cronista mayor de las Indias, Antonio de Solís, obra que vio la luz en 1684.[xxxi] En el próximo título analizaremos los dichos de Carbia.

El historiador calvinista Pierre Chaunu, también contemporáneo a nosotros, escribió: "La leyenda antihispánica en su versión norteamericana (la europea hace hincapié sobre todo en la Inquisición) ha desempeñado el saludable papel de válvula de escape. La pretendida matanza de los indios por parte de los españoles en el siglo XVI encubrió la matanza norteamericana de la frontera oeste, que tuvo lugar en el siglo XIX. La América protestante logró liberarse de este modo de su crimen lanzándolo de nuevo sobre la América católica"[xxxii] Resulta importante este aporte por proceder de un analista Reformado.

Un testimonio extremo en contra de la leyenda negra: Rómulo Carbia

Según el historiador argentino Rómulo Carbia, la leyenda negra estigmatiza la labor española de la conquista con las categorías de crueldad, despotismo e intolerancia. Categorías que –según esa leyenda- se habrían dado no en actos esporádicos sino como elementos propios de un sistema planeado, organizado y ejecutado por la corona en complicidad con la Iglesia Católica. Dice el autor mencionado: “La Leyenda Negra se reduce a un juicio inexorable, ordinariamente aceptado sin indagar su origen y, según el cual, España habría conquistado a América primero, y la habría gobernado después, durante más de tres siglos, haciendo alarde de una crueldad sangrienta y de una opresión sin medida, cosas ambas que podrían considerarse como únicas en la historia de todo el occidente moderno. Un espíritu verdaderamente inhumano aparecía presidiendo aquella empresa que, iniciada en el descubrimiento y ocupación de los territorios descubiertos por Colón y por quienes completaron su obra, se habría prolongado en un desgobierno al que, más que nada, caracterizaban la intolerancia y el desprecio rotundo del tronco peninsular, brotados en las lejanas tierras del dominio ultramarino. La intemperancia cruel se habría manifestado, según la fábula, en el tratamiento con que, por avaricia de oro, fuera sojuzgado el aborigen, siendo el remate de ella la destrucción de todo lo que se tenía por genuino de aquél –organización social y política y cosas de su vida material y religiosa- a causa de tal explosión de lo instintivo el viento bravo de una superstición enardecida y desbordante”[xxxiii]

También para Carbia el asiento de la Leyenda Negra es la “Brevísima relación”[xxxiv]. Carbia sostiene que para el dominico, la crueldad de la empresa conquistadora fue invariable, contra el alegato de antiguos cronistas e historiógrafos de las Indias, como Oviedo, Landa, Sahún, Motolinía, Gómara y otros. Estos, dice Carbia, atestiguan excesos esporádicos, pero no generalizan[xxxv].

La influencia de la reforma flamenca en el nacimiento de la leyenda

Según Carbia, no está ajeno al nacimiento de la leyenda antiespañola el sentimiento nacionalista de los flamencos en lucha contra Felipe II, y pletóricos de fervor religioso reformador y anticatólico. Hay que recordar, dice el autor, que España era un baluarte de la contrarreforma[xxxvi].

La imprenta protestante, dice Carbia, aportó otros muchos libros, siendo algunos de ellos traducciones de la obra de Bartolomé de las Casas con oportunos títulos y glosas, como la edición de 1656, en Londres, titulada “Las lágrimas de los indios. Historia real y verdadero relato de las crueles masacres y carnicerías de mas de veinte millones de gentes inocentes consumadas por los españoles… hasta la total destrucción de aquellas regiones”. Otra obra: “Algunas artes de la inquisición española descubiertas y sacadas a luz”, de Reginaldo Gonzalez Montano, editada en Londres en 1658; “Relaciones”, de Antonio Perez, Londres, 1594;  “Don Carlos”, por el abate Vischard de Saint Réal, publicada en Amsterdam en 1672, y obras parecidas.[xxxvii]

 

Los dibujos de Teodoro Bry

No hay que olvidar tampoco la influencia notable que tuvieron los dibujos del holandés Teodoro Bry, que publicó en Francfort, en 1597, una edición de la obra de Las Casas con 17 láminas truculentas que ilustraban los pasajes más crueles del texto, láminas que eximían, muchas veces, la lectura misma del manifiesto lascasiano.

Una evaluación del trabajo de Carbia

El trabajo de Rómulo Carbia hace algunos aportes importantes en el necesario empeño por poner la debida proporción en la evaluación del aporte de Las Casas. No obstante, por momentos llega a conclusiones un tanto audaces.

El P. Rubén Darío García, SDB, refiriéndose al libro de Carbia, sostiene algunos reparos[xxxviii]. Dice que la obra de Carbia, con la importancia que tiene dada la investigación cuidadosa realizada por este historiador, bien documentada y con correctas citas, tiene carácter polémico y apologético. Carbia concede errores y crímenes excepcionales en la obra de España en América, en un intento de no transformar la leyenda negra en una “leyenda blanca” hispanista. Pero cae, a veces, en un extremo antilascasiano. Carbia se solidariza con el pensamiento de Ramón Menéndez Pidal, que atribuye a De las Casas  problemas psicológicos[xxxix], diciendo que el fraile dominico tiene taras psíquicas.

La leyenda negra según el historiador y periodista Héctor López Martínez

El historiador y periodista peruano Héctor López Martínez escribió, en una nota publicada por el Grupo de Diarios América[xl], que frente al quinto centenario del descubrimiento de América “menudean las críticas, algunas injustas, demagógicas, durísimas… al genovés se lo acusa de genocida, cruel, ambicioso, villano, destructor de la ecología…Obviamente es una posición equivocada, inmadura. En ella no hay sustento histórico; no se hace historia sino, simplemente, se usa el pasado presentando los hechos de forma tal que puedan ser beneficiosos a una determinada posición ideológica, a un interés apasionado y presentista… Igualmente inapropiado sería contraponer a esta renovada leyenda negra, que hoy día tiene cultores  dentro de la propia España, una leyenda rosa, donde el descubrimiento y la conquista de América aparecieran como tarea de santos, al margen de errores, imperfecciones y por qué no decirlo, hasta de iniquidades… Respecto de Cristóbal Colón debemos remarcar que fue producto de su tiempo. Ni mejor ni peor que muchos hombres de su posición a fines del siglo XV y en los albores del siglo XVI, a caballo todavía en muchas cosas entre el Medioevo y el Renacimiento…Lo rescatable, lo singular, es, precisamente, que los problemas derivados de la colonización hispana produjeron un examen colectivo de conciencia en la Metrópoli, donde se cuestionó los títulos de la corona de Castilla para poseer las Indias; las condiciones y práctica de la guerra justa; la condición humana de los aborígenes americanos; las normas que debían regir la relación con los nativos y los derechos de éstos a la libertad, y las normas para la evangelización. Todas estas inquietudes generaron leyes, pragmáticas reales y otros documentos que buscaban corregir errores y excesos, paliar deficiencias y dar argumentos y respaldo a los misioneros para el mejor logro de su misión evangélica”

En la misma nota, menciona López Martínez que “Lewis Hanke, en su libro «La lucha por la justicia en la conquista de América», señala que otras potencias que tuvieron colonias en el Nuevo Mundo no se preocuparon grandemente por las cuestiones teóricas…no surgió ningún protector de los indios en las colonias inglesas o francesas de América”

 

Capítulo 4: El ámbito intencional de la conquista

 

A esta altura de nuestra investigación intentaremos asomarnos, a través de determinados testimonios, documentos y opiniones, al plano intencional de España y de la Iglesia, dejando de lado, provisionalmente, la cuestión de los abusos, los excesos y los crímenes. Intentaremos ver qué quería España y qué quería la Iglesia de este emprendimiento (que independientemente de todo tuvo características de gesta). Como se verá, creemos que hay una tensión entre las intenciones originantes y lo posteriormente conseguido, lo que nos obligará, también, a referir los movimientos autocríticos que encontramos en la misma España con respecto a la forma de la conquista.

Los Papas, los monarcas españoles y los derechos de los indios

Escapa a las posibilidades acotadas del presente trabajo explayar convenientemente la cuestión del debate sobre el derecho pontificio referido a las tierras no descubiertas, y todo lo que se deduce de las bulas del papa Alejandro VI “Inter Coetera; Inter Coetera II; Piis Fidelium; Eximiae Devotionis Iserita y Dudum Siguidem” [xli], dadas entre mayo y septiembre de 1493, y que contienen en sí el eco de la legendaria Donatio Constantinii,  de la cual Fray Francisco de Vittoria OP, el célebre jurista, duda seriamente[xlii].  En ellas el Papa, como Orbis dominus, hace donación a los Reyes de España de las tierras descubiertas, con la obligación de mandar misioneros y evangelizar a los naturales de aquellas tierras[xliii]. Este es el punto: el objetivo ha de ser Evangelizar. Esta será la intención fundante de la gesta.

Otro Papa, Paulo III, explayará la delicada cuestión de los derechos de los naturales: "En cuanto a nosotros, que representamos, aunque indignamente, a la persona misma de Nuestro Señor sobre la tierra, tenemos la misión de velar por las ovejas del rebaño que nos fue confiado y debemos con todas nuestras fuerzas buscar a las ovejas extraviadas para reconducirlas al redil. Considerando que los indios, que son hombres verdaderos, son por esta razón capaces para recibir la fe cristiana, sabiendo, por añadidura, que estos indios se muestran solícitos por abrazar esta fe y deseando tratar estas cosas con remedios apropiados, por nuestra autoridad apostólica decidimos y declaramos por la presente carta, que los susodichos indios y todas las demás naciones que lleguen a ser descubiertas por los cristianos, aún cuando vivan alejados de la fe de Cristo, no deben ni en el presente ni en el futuro, ser privados de su libertad ni desposeídos de sus bienes"[xliv]

Con estas palabras, el Papa Pablo III marca claramente cuál es el pensamiento de la Iglesia al respecto de los aborígenes de América. Más allá de que esta idea haya sido compartida, o no, por muchos de los que realizaron efectivamente la conquista. Independientemente de que para muchos de los españoles que se encontraron con una realidad de prácticas a veces feroces[xlv], los nativos eran casi bestias sin alma racional, la Iglesia mayoritariamente reconoció en ellos a hermanos a los que había que evangelizar. Y muchos de los que en principio abrigaron dudas, fueron cambiando poco a poco de parecer.

El testamento de la Reina Isabel confirma que la soberana tenía esta impresión de los naturales: "Concedidas que nos fueron por la Santa Sede Apostólica  las islas y la tierra firme del mar Océano, descubiertas y por descubrir,  nuestra principal intención fue la de tratar de inducir a sus pueblos a que abrazaran nuestra santa fe católica… suplico al rey mi señor, muy afectuosamente, y recomiendo y ordeno a mi hija la princesa y a su marido, el príncipe, que así lo hagan…y que no consientan que los nativos y los habitantes de dichas tierras conquistadas y por conquistar sufran daño alguno en sus personas o bienes, sino que hagan lo necesario para que sean tratados con justicia y humanidad"[xlvi]

Algunos documentos que dejan ver la intención evangelizadora de los monarcas españoles

De una cosa podemos estar seguros, al menos en cuanto a la existencia de expresiones concretas: en los monarcas católicos estaba bien firme la idea de que el objetivo principal de la conquista era el de llevar la doctrina cristiana a aquellas tierras.

Dice Fernando el Católico a Diego de Colón, en una carta: "Agora, a los principios se debe tener mucho cuidado en hondear las cosas de manera que sean mejor doctrinados los indios de aquella isla… en las cosas de nuestra Santa Fe Católica: y pues esto es el cimiento principal sobre que fundaremos la conquista destas partes, visto es lo que principalmente se debe proveer"[xlvii]

En el mismo sentido, escribía Felipe II al Virrey de Toledo: "En lo que toca a la orden que se tiene y debe tener en la conversión de los indios y en los catecismos y diligencias que para instruir a los adultos se hacen… os encargamos mucho que vos allá lo tratéis con los prelados… y tengáis muy particular quenta con lo que esto se hiziere: que por tocar tanto al servicio de Dios y descargo de mi conciencia, nos desplacería mucho que oviese en ello falta o descuydo alguno"[xlviii]

Y Felipe III, a su vez, apuntaba: "Por el gravamen en que me hallo de la propagación de la ley evangélica en aquellos dominios… deseando cumplir, en cuanto pueda ser de mi parte, con obligación tan justa y precisa… he resuelto que los virreyes… obispos y religiosos…cuiden muy particularmente de la manutención y aumento de las Misiones… en inteligencia de que tal punto es el que en mi real atención tiene preeminente lugar sobre todas las importancias e intereses temporales de aquellos vastos dominios"[xlix]

No dudamos, por estos y otros testimonios que no colocamos por razón de espacio, en la intención de los monarcas españoles de que se trabajase con celo en la obra evangelizadora. Cierto es también que a la cruz había de preceder la espada. Los soldados sabían que servían a una causa a la que consideraba santa, y por ello no trepidaron, en ocasiones, a cometer abusos en orden al espíritu de Machiavelli, contemporáneo suyo, a quien empero tal vez no conociesen: la bondad de un fin justifica los medios usados para lograrlo. Un misionero, refiriéndose al conquistador de México, Hernán Cortés, señala: "Por este capitán nos abrió Dios la puerta para predicar su santo evangelio, y éste puso a los indios que tuviesen reverencia a los santos Sacramentos y a los ministros de la Iglesia en acatamiento"[l]

Con esto queremos decir: resulta notorio que la espada en muchas ocasiones fue dura. Y no nos extrañaría que frecuentemente también injusta. No creemos, sin embargo, que fuera, en todos los casos, y aún en la mayor parte, por una cuestión de codicia.

Gabriel Guarda escribe al respecto: "Cuando Diego de Velásquez firma en 1549 sus célebres instrucciones a los conquistadores de México, traza en ellas un verdadero programa apostólico: «…pues sabéis que la principal cosa porque sus altezas permiten que se descubran tierras nuevas es porque tanto número de ánimas… han estado y están perdidas de nuestra Santa Fe por falta de quien de ella les diere verdadero conocimiento, trabajaréis por todas las maneras del mundo… como conozcan  a lo menos faziéndoselo entender de la mejor vía que pudierais, cómo hay un solo Dios creador del cielo y de la tierra…»[li]

No obstante los principios motivadores, el avance de la espada motivó mucho dolor y sufrimiento, que aún perdura en las venas abiertas de la memoria de la América india.

Y hasta el bravo Hernán Cortés…

Todos sabemos que la conquista de México fue cruenta. El 13 de agosto de 1521 culmina con la victoria de Cortés sobre Monctezuma. La capital azteca cae, y los españoles siembran la desolación. Pero con todo, Cortés no renuncia a su proyecto de cristianización de los aborígenes. Escribe al rey: “Es necesario que vuestra majestad envíe a estas regiones un gran número de religiosos, con mucho celo y entregados a la conversión de estas gentes”[lii]

No obstante, Cortés no quiere el envío de clero secular, sino a las Ordenes Mendicantes: “Si tuviéramos aquí obispos y otros prelados, continuarían en los malos hábitos contraídos al presente. Dispondrían de los bienes de la Iglesia para desperdiciarlos en pompas y otros vicios. Dejarían los mayorazgos a sus hijos y sus padres. Y lo que es peor aún: los naturales de estas regiones tenían anteriormente sacerdotes para el culto y las ceremonias, y estas personas eran de una honradez y de una castidad irreprochables… ¿Qué pensarían ellos viendo las cosas de la Iglesia y del servicio de Dios en manos de canónigos o de otras eminencias, quienes llevarían una vida profana y darían rienda suelta a sus vicios como lo hacen habitualmente hoy día en nuestros reinos?[liii]. Más allá de la justicia o no de la opinión de Cortés sobre los obispos de aquél entonces, cosa que no entra en las posibilidades de investigación del presente trabajo, nos llama la atención la intención del inflexible conquistador en extender el Evangelio en aquellas tierras.

Sed contra…

No obstante, hay conciencia de problemas en muchos de los españoles. Es necesario decir que España se interrogó desde el principio sobre la justicia de los títulos de posesión y de la obra misma de la conquista, y no solo de los abusos puntuales denunciados una y otra vez. El Consejo de Indias, estuviese o no presente el emperador o los Reyes, escuchó siempre todas las acusaciones y todas las voces en contra de la Obra de España en América. Podemos citar las Disputas de Sevilla de 1503; la intervención de Matías de la Paz en 1511; el Sermón de Montesinos; la obra lascasiana[liv]. Pero es un hombre jurista, un dominico de singular altura moral e intelectual, el P. Francisco de Vittoria, catedrático de Salamanca, quien escribe en 1537 “De Temperantia” y en 1539 “Relectiones de Indis” y “De furi belli”,  donde afirmaba que los indios eran seres racionales y libres. Vittoria, llamado con justicia “el fundador del Derecho Internacional”, establece ocho títulos justos de España, y ocho insuficientes e ilegítimos, para la conquista.  Entre éstos, señala que ni el Emperador ni el Papa son señores temporales absolutos del orbe; que el poder del Papa es espiritual solamente, y que el indígena no está obligado a escuchar la predicación[lv].

Vittoria es un pensador de peso, y sus razonamientos tienen una filosofía muy fuerte detrás. De formación tomista, aplica un férreo sentido común sin concesiones. Y esto le causa no pocos problemas con algunos de sus contemporáneos.

Los escritos de Vittoria están todos relacionados entre sí ideológicamente. En De Indis, sostiene el dominico: “Supuesto que aquellos indios eran verdaderos señores, resta por ver por qué título pudieron los españoles adueñarse de ellos y de su región[lvi]”. En esta misma Relección niega que el Papa sea dominus orbis, pero puede intervenir en todo, sea de la clase que sea, cuando esto es necesario al fin espiritual, a la defensa de la Iglesia y de sus derechos[lvii]. Pero el Papa no tiene potestad ordinaria, dice Vittoria, para juzgar pleitos civiles entre príncipes ni acerca de los títulos que tengan sobre un reino[lviii].

Vittoria contestará, uno por uno, los argumentos de Ginés de Sepúlveda[lix], Alfonso de Castro, Gregorio López y todos los que sostenían la justicia de la guerra contra el indio. Estos juristas decían que los indios tenían el deber de recibir el bautismo, ya que el mandato de Cristo obliga a todos. Y el Papa, como Vicario de Cristo, debe velar para que sus mandatos se cumplan. Puede, por tanto, obligar a los fieles a convertirse, recibir la fe y el Bautismo. Si se resisten, puede usar las armas contra ellos[lx]. Vittoria contestará, en primer término, que los indios no cometen pecado de infidelidad antes de tener noticia alguna de Cristo; pero que tampoco están obligados a creer al primer predicador que se presente, si su predicación no está acompañada de milagros que la hagan creíble.  No será lícito pues hacerles la guerra por no creer. Y si bien, si se los instruye y se les ruega, si se les predica con vida y ejemplo, y no creen, pecan, si no quieren creer no se les puede hacer la guerra por esta causa[lxi].

En la misma línea que Vittoria están otros juristas de la talla de Domingo de Soto, Pedro de Soto y Santiago Simancas, y también los jesuitas Bañez y Molina. Domingo de Soto escribe: “El Señor nos dijo: prediquen el Evangelio, enseñen a todas las gentes. No dijo el Señor: impongan por la fuerza mi doctrina; antes, al contrario, denla a conocer con la persuasión, y quien creyere espontáneamente y fuere bautizado, se salvará; el que no creyere se condenará. No dijo tampoco el Señor: será condenado por ustedes, ni «condenarán al infiel a la pena de muerte»[lxii]

La corona, presionada por teólogos, misioneros y juristas, principalmente de la Universidad de Salamanca, logró asumir así y controlar relativamente los desmanes y crímenes de la primera época[lxiii]. Los reales, no los que son producto imaginario de la exageración.

Las Leyes Nuevas, de 1542, fueron el resultado de la obra lascasiana. Leyes en las que leemos: “…y porque nuestro principal intento y voluntad siempre ha sido y es la conservación y aumento de los indios y que sean instruidos y enseñados en las cosas de nuestra santa fe católica, y bien tratados como personas libres y vasallos nuestros que lo son, encargamos…tengan muy especial cuidado sobro todo a la conservación y buen gobierno y tratamiento de los dichos indios…ordenamos y mandamos  de aquí en adelante que por ninguna causa de guerra, ni otra alguna, aunque sea so título de rebelión, ni por rescate, ni de otra manera no se pueda hacer esclavo a indio alguno y queremos que sean tratados como vasallos nuestros de la corona de castilla, pues lo son...[lxiv]

No obstante, hay que decir también que algunas de las leyes emanadas de la corona para frenar los abusos, como la ley de 1526, o la misma ley de la Reina Isabel, en 1503, relativa a la libertad de  los indios: ¡añadió una cláusula con una serie de cortapisas que permitía de hecho hacer todo lo contrario!. Este es un hecho que hay que tener muy en cuenta: algunas leyes extraordinariamente buenas desde el punto de vista humano, contenían cláusulas de excepción y privilegio que prácticamente las invalidaban[lxv].

Los misioneros y su relación con los aborígenes

Consta, por otra parte, el amor por las tierras descubiertas, y sus primitivos habitantes, que tuvieron la inmensa mayoría de los misioneros.

Muchas veces dando origen a otra leyenda, la del "buen salvaje"[lxvi] , algunos de los religiosos que trabajaron por entonces en la Evangelización de América veían a los indios como los "hombres nuevos", que si bien habían vivido bajo el engaño de Satanás, este mismo engaño había preservado en ellos la virginidad del ser por su misma ceguera de conciencia. La libertad reencontrada por la actividad misionera les permitirá entonces, y con toda naturalidad, acceder al conocimiento del verdadero Dios y de su ley[lxvii].

Christian Duverger, en su importante y monumentalmente documentada  investigación sobre el texto de los coloquios de los doce de Bernardino de Sahagún[lxviii], sostiene textualmente: "Es indudable: los franciscanos soñaron con el proyecto de construir con los indios una sociedad más justa y más moral, por estar fundada sobre los principios del Evangelio. Esta es, en todo caso, la idea propulsora hasta 1570… los frailes menores de la Nueva España están animados por la idea de realizar un gran proyecto social, que pasa, cueste lo que cueste, por los indios"[lxix]

¿Qué otra intención sino ésta, agregamos nosotros, impulsará mucho después a los misioneros jesuitas, cuando establezcan sus reducciones, incontaminadas de la influencia de españoles y criollos a través de una férrea organización de cerrojo?

Muchas pruebas hay documentadas del cariño que en distintos lugares y tiempos tuvieron los naturales por los misioneros. Duverger, citando a una obra de Fray Jerónimo de Mendieta, cuenta: "Así como los misioneros quieren realmente a México y a los mexicanos, estos tienen un verdadero afecto por los religiosos: Para convencerse de esto basta evocar los entierros de algunos de ellos, en que el pueblo mexicano llegó en masa a llorar a sus sacerdotes: por ejemplo, cuando se enterró a Juan de Perpiñán, el inmenso patio del convento de San Francisco, ennegrecido por la muchedumbre, era demasiado pequeño para contener el gentío que lloraba y se desbordaba en las calles cercanas. Y cuando Pedro de Gante murió en 1572, sus funerales duraron varios días, ya que cada cofradía india, cada barrio, cada pueblo de la zona quiso manifestar su dolor con solemne homenaje y gran esparcimiento de lágrimas"[lxx]

Un tema no menor: el uso de las lenguas vernáculas

No es menor el tema del interés de los misioneros en el uso de las lenguas vernáculas. Es una decisión estratégica que consiste en recurrir sistemáticamente a las lenguas indígenas para la obra de la evangelización. Duverger sostiene que no es apenas una cuestión pragmática, sino que es una decisión que expresa una filosofía del apostolado. Quieren los misioneros diferenciarse de los españoles que utilizan el castellano para comunicarse con los indios. No aparecen como agentes del poder colonizador sino como apóstoles de una religión autónoma[lxxi].

Los franciscanos, por ejemplo, alfabetizaron el idioma nahuatl, utilizando 16 letras del alfabeto latino para representar los sonidos de la lengua azteca, que se dejó escribir, aunque con algunas aproximaciones[lxxii].

De esta forma, como sucedió luego con los jesuitas en las misiones guaraníes; y como sucedió en otros lugares de América, los misioneros les hablaron del Evangelio a los naturales en su propio idioma, queriéndoles decir que el Evangelio le habla a cada hombre, sin importar que sea europeo o americano.

Una relación del Padre José Cardiel, SJ

El padre José Cardiel, misionero jesuita que llegó a Buenos Aires en 1729 para desempeñarse como misionero en varios pueblos guaraníes hasta ser alcanzado por el extrañamiento de 1768, describe en su “Breve relación de las misiones del Paraguay” el antiguo comienzo de la aproximación española a los indios que habitaban en las cercanías del Río Paraná y el Río de la Plata. Expresa textualmente: “Como sujetaron –los españoles- por armas muchas naciones, se les impuso tributo en señal de vasallaje. Y para premiar a los conquistadores, repartió el rey entre ellos el tributo, señalando para cada conquistador cierto número de tributarios, según sus mayores o menores méritos, con obligación de cuidar de ellos en lo cristiano y político.  Y como a poco tiempo viesen que los indios con gran dificultad pagaban el tributo, no porque fuese mucho, sino por su gran desidia, paró el punto en que los tributarios sirviesen personalmente al conquistador dos meses al año en lugar de tributo. A estos conquistadores llamaban encomenderos,  y a los tributarios mitayos, y al servir los dos meses, pagar la mita. Pero no se contentaron con los dos meses. Los más se hacían servir del mitayo todo el año,  sin pagarle los diez meses, y el más escrupuloso, seis o siete meses. Los Nuestros[lxxiii] en particular y en público en los púlpitos procedían con celo contra este impío abuso, y por ello fueron tan perseguidos que llegaron en algunas partes a  echarlos de los colegios. La ciudad  que más se señaló en esta persecución fue la del Paraguay[lxxiv]. Pero al fin, después de muchos años y trabajos, como iban adargados con las leyes y cédulas reales, prevaleció la verdad y el verdadero celo. A que se añadió el haber venido de Europa más gente y más jueces, que pusieron en razón y equidad este asunto. Y ya ha muchos años que solo sirven los dos meses, pero con gran disminución de los indios, que perecieron muchos en las vejaciones antiguas, de tal manera que habiendo en aquellos tiempos en la jurisdicción de la ciudad del Paraguay  cincuenta mil indios matriculados, según consta en los libros de cabildo, estos años no pasaban de ocho mil de todas las edades y sexo”[lxxv]

Respecto a la opinión que tenían los españoles[lxxvi] de los indios, refiere el P. Cardiel que “…tiene el español por tan vil y bajo al indio, que antes se casará con una bastarda, con una mulata, con una negra que con una india”[lxxvii]  Pero de inmediato aporta su parecer, que es el de los miembros de la Compañía de Jesús: “Yerran mucho en su dictamen los españoles, porque el indio es tan libre como el español, y en lo que toca a la sangre no tienen impedimento para oficio alguno político ni aún económico”[lxxviii]  Este último párrafo del misionero jesuita nos ilustra no sólo al respecto de la visión propia de estos sacerdotes con relación a los indios, sino también (lo que es más importante) respecto de la existencia de una legislación que sostiene la igualdad del indio, aún cuando esta legislación no sea acompañada por la práctica común de los españoles de América.

No obstante, tenemos que aclarar que pese a la opinión del Padre Cardiel el grado de mestizaje, de mezcla de sangres española, criolla e india, fue altísimo, como podemos apreciar claramente en la configuración actual de la población latinoamericana.

El jesuita Manuel de Nóbrega y el “impelle intrare”

Es interesante asomarnos a las motivaciones profundas que anidaban en muchos de los misioneros.

El jesuita Manuel de Nobrega SJ, nacido en Portugal en 1517, llegó a América en 1549, más precisamente a Brasil.

Su pensamiento nos ayuda a entender el pensamiento de muchos evangelizadores de entonces. Son producto de una época, de una visión teológica[lxxix]. Nos parece importante citarlo, como ejemplo de muchos más.

Arnaldo de Vidi sostiene en un artículo publicado en una antología llamada “Política indigenista de la Iglesia en la colonia”, que tiene una psicología compleja, ya que ama a los indios pero por otro lado usa para con ellos palabras groseras o despectivas[lxxx]. Parece que hubiera sido esta una característica de muchos misioneros. Nóbrega defiende a los indios porque cree en el Derecho Canónico (es canonista). Intercederá vehementemente frente a las autoridades y al rey para liberar a muchos indios esclavizados, y los protege posteriormente.

Cabe decir que los indios aparecen, a los ojos de Nóbrega, virtuosos: “Son gente dócil, tienen grandes deseos de aprender, obedecen a todo lo que les mandamos…practican la hospitalidad (dando comida y hamaca lavada a los huéspedes), comparten los bienes con los amigos…”[lxxxi]. No obstante, les encuentra muchos defectos: “tienen muchas mujeres y se jactan de eso… están todos en discordia… siempre tienen guerra, no por codicia sino por odio y venganza… matan a sus enemigos, se comen unos a otros… no tienen sentido común ni prudencia… viven según su inclinación, que tiende al mal y al apetito sensual”[lxxxii]

Para Nóbrega, la Iglesia tiene el deber moral de salvar a todos: “Impelle intrare[lxxxiii]”.  Lo que importa es que la gente entre en la Iglesia, arca de salvación, aunque sea en barco negrero. ¿Qué importancia tiene el sufrimiento de esta breve vida terrenal, piensa Nóbrega, comparado con el goce y la gloria de la eternidad en el paraíso? El indio libre y sin bautizar es un alma que se pierde. Si el indio sometido se convierte más fácilmente, encontremos la forma de someterlo sin ofender la ley de la Iglesia, razona[lxxxiv].

Una realidad innegable: la cuestión del mestizaje

Volvemos sobre el tema del mestizaje ya insinuado cuando comentábanos los dichos del Padre Cardiel. Las afirmaciones apologéticas del citado Vittorio Messori pueden parecer parciales o vehementes, cuando afirma determinadas cosas en su defensa de la aproximación católico-hispana. Sin embargo, es menester atender a algunos de sus razonamientos. “Mientras que en América del Norte los  pieles rojas son unos cuantos miles, en la América ex española y ex portuguesa la mayoría de la población o bien es de origen indio o es fruto de la mezcla de precolombinos con europeos y (sobre todo en Brasil) con Africanos…en los Estados Unidos están registrados como miembros de tribus indias aproximadamente un millón y medio de personas. Esta cifra, de por sí exigua, se reduciría aún más si consideramos que para aspirar al citado registro basta con tener una cuarta parte de sangre india. En el sur la situación es la contraria: en la zona mexicana, en la andina y en muchos territorios de Brasil casi el 90% de la población desciende directamente de los antiguos habitantes o es fruto de una mezcla entre los indígenas y los nuevos pobladores… A diferencia de los católicos españoles y portugueses que no dudaban en casarse con las indias, en las que veían seres humanos iguales a ellos, a los protestantes los animaba… el sentido de superioridad, de estirpe elegida, que había marcado a  Israel… esto sucedió en todas las demás zonas del mundo a las que llegaron los europeos de tradición protestante: el apartheid sudafricano, por citar el ejemplo más clamoroso, es una creación típica y teológicamente coherente del calvinismo holandés…”[lxxxv]

En la misma línea, aunque sin tanto “tufillo apologético”, se expresa Mariano Carrillo, cuando dice: “En 1503 se recomendaba a los españoles a casarse con las mujeres indias, y a  las cristianas con indios, «porque los unos y los otros se comuniquen y enseñen, para ser doctrinados en las cosas de nuestra santa Fe católica»”[lxxxvi]

Por ello, sostiene Manuel Sánchez Marquez, es falsa la historia americana vista únicamente como conquista. Difiere de la de otros países. España fundaba pueblos y convivía con los indios, a los que consideraba sus iguales. Por ello el mestizaje, el cual es una realidad indudable en América, y que los obispos en Puebla citan como «mestizaje racial y cultural»[lxxxvii].

Por lo tanto, luces y sombras…

Es pues claro que en un mismo hecho hay distintos acercamientos. Hay luces y sombras. Las sombras son densas, obscuras. Pero no lo suficiente como para evitar el brillo de las muchas luces que también se advierten. Y esta es la realidad americana. La conquista fue realizada por hombres muy ambiciosos y, en la primera época, criminales. No eran genocidas, como se ha dicho, porque un genocidio, técnicamente, es una matanza planificada, que responde al objetivo político de eliminar a un grupo humano. De ninguna manera esto se presentó así en América. La conquista estuvo, sí, plagada de extranjeros, mercenarios, gentes que iban a toda costa a aprovecharse todo lo que pudieran, para enriquecerse. Por otra parte es falso decir: encomenderos, malos; misioneros: estupendos. Esta catalogación es inexacta. También hubo malos misioneros, junto a los misioneros estupendos. También hubo encomenderos extraordinarios, junto con los monstruosos[lxxxviii]

Dos testimonios contemporáneos

Es útil, por último, mostrar los testimonios contemporáneos de dos estudiosos, uno de los cuales no pertenece a la hispanidad, y el otro es un declarado enemigo de la Iglesia Católica.

El primero es el historiador norteamericano Charles Lummis, que sostiene: “En todas partes el propósito de los conquistadores españoles fue el de levantar, cristianizar y civilizar a los indígenas salvajes, hasta hacer de ellos útiles ciudadanos de la nueva nación, como se ha hecho generalmente en algunas conquistas europeas. Ahora y entonces hubo crímenes individuales  y errores, pero el gran principio de cordura y humanidad señala en conjunto el amplio camino de España, camino que atrae la admiración de todo hombre varonil[lxxxix]”.

El segundo es el cubano Orestes Ferrara, que sostiene: “La expansión católica para que miles de conciencias encuentren el camino de la salvación es algo que nadie puede combatir todavía teóricamente en este final del siglo XV[xc]”.

 

Capítulo 5: Y sin embargo… ¿dónde está nuestra gente?

 

Analizado documentalmente nuestro pasado, los orígenes traumáticos de nuestro continente en su faz latinoamericana, nos queda enfrentarnos someramente al estado actual de la cultura y de la población originaria, y de los mestizajes sucesivos: los de aquél tiempo y los de nuestra época.

Y nos encontramos con una realidad de pobreza, exclusión, marginación y sufrimiento casi general.

Cuando diez años atrás la celebración del Quinto Centenario de la llegada de Colón a América disparó tantas reacciones, estaba estallando una rebelión frente al absurdo y la injusticia que representan el hecho de que, a 500 años de la llegada europea, los descendientes de los europeos son los que acumulan el 90% de la riqueza, mientras que los descendientes de los pobladores originales y sus mestizajes integran la enorme mayoría pobre y pobrísima.

La dimensión de la reacción tiene, a nuestro entender, relación directa con la dimensión del problema no resuelto. Distinta hubiese sido la cuestión, más frío el análisis, menos comprometida emocionalmente la población americana, si la riqueza se distribuyes e hoy de manera justa, y si la cultura originaria no viviera en los ghettos de cuño americano que constituyen las reservas, por más que se llamen “comunidades aborígenes”.

Los indios vieron pauperizar su existencia siglo tras siglo. Muchas comunidades preservaron hasta el siglo XIX sus autonomías, hasta verlas caer una tras otra bajo la fuerza de los Remingtongs de las tropas “civilizadoras”. Nuestras Campañas del Desierto constituyen un buen ejemplo. Hoy quedan pocas culturas en estado puro, las más en las selvas brasileñas o peruanas. Pero los descendientes de aquellos pobladores originarios luchan por recuperar su tierra, sus derechos, su cultura y su identidad, además de  pelear por una existencia económicamente digna. Recorrer América del Río Bravo hacia el sur, hasta Ushuaia, es recorrer un muestrario de olvido, ranchos miserables, comidas salteadas, caras de tristeza, destino olvidado. Es contemplar el rostro de la miseria, inculturada en una raza que sufre.

América, pues, está en deuda con sus pobladores más antiguos, casi podríamos decir, los más auténticos.

¿Tiene relación el modo de la aproximación hispana con la realidad actual? Podemos decir que sí. Aunque también debemos decir que esta relación no es absoluta. Hay cuestiones posteriores, hay ideologías posteriores que convalidaron el proceso de desaparición o minimalización a la que fue sometida la raza originaria.

Es esto lo que veremos en la tercera y última parte de este trabajo.

 

Tercera parte: Conclusiones

 

 

¿Es contigo, España?

 

¿Es contigo, España, que tenemos los americanos este contencioso plurisecular? No estamos seguros. Es más: creemos firmemente que no te cabe una responsabilidad primaria. Una eras, España, cuando llegaste a América. Otra fuiste cuando las cosas cambiaron en el viejo continente, y las nuevas ideas mezclaron luces de ciencia con obscuridades de economía e injusticia.

Dice Eduardo Galeano, y aquí y en esto estamos con él: “La leyenda negra descarga sobre las espaldas de España, y en menor medida sobre las de Portugal, la responsabilidad del inmenso saqueo colonial, que en realidad benefició en mucho mayor medida a otros países europeos, y que hizo posible el desarrollo del capitalismo moderno. La tan mentada “crueldad española” nunca existió: lo que sí existió, y existe, es un abominable sistema que necesitó, y necesita, métodos crueles para imponerse y crecer. Simétricamente, la leyenda rosa miente la historia, elogia la infamia, llama “evangelización” al despojo más colosal de la historia del mundo y calumnia a Dios, atribuyéndole la orden. No, no: ni leyenda negra, ni leyenda rosa. Recuperar la realidad: ese es el desafío. Para cambiar la realidad que es, recuperar la realidad que fue, la mentida, escondida, traicionada realidad de la historia de América[xci]”.

Europa es más que España. Las ideas europeas son más fuertes que las meramente españolas. Y se imponen.

Cuando el europeo llega a las costas americanas, siente que puede comenzar muchas cosas de nuevo.

Eran épocas de redescubrimientos, de comienzos renovados, de dejar atrás muchas concepciones que quedaban pequeñas.

Es la época de la ciencia nueva, que se traduce, poco a poco, en concreciones nuevas.

Europa se encuentra con esta oportunidad americana justamente en el momento oportuno. Siente que su pensamiento es joven. Necesita horizontes para desplegarlo. Pero a veces, el viejo continente, con tanta historia, se muestra como estrecho para las nuevas posibilidades.

Entonces adviene América.

Y América se presenta como la oportunidad.

¿Comenzar de nuevo? Puede ser. Pero hay una resistencia: el pueblo aborigen. ¿Cómo se compadece este deseo de dar rienda suelta a una nueva humanidad, en una nueva tierra, cuando hay un pueblo preexistente, que no se presta con docilidad al proyecto europeo?

Así comenzó el sojuzgamiento. Pero ese fue sólo el comienzo.

Caminos de retorno

¿Dónde están los caminos de retorno? Volvamos a América para encontrarlos. Escuchemos a los pensadores americanos. Bastante hemos atendido a los modelos culturales elaborados desde y para otra realidad vital. Es la hora de América. No para aislarse: al contrario. Para ocupar un lugar en el mundo desde su gente, desde su cultura. Para Gustavo Cirigliano, lo que busca el proyecto neocolonizador es precisamente abolir lo propio para sumarse a u  proyecto universal que tiene otra marca cultural: “América Latina  se ve embretada a destruir su singularidad y su diferencia para asemejarse a la identidad universalizante”[xcii]

¿Es esto, decimos nosotros, el lado oscuro de la globalización? Crremos que sí. Porque con palabras del mismo Cirigliano: “El hombre atado a otro, ligado a un proyecto y decisión ajena, limitado en su elección, está rebajado por la imposibilidad; es más no ser que ser, es más muerte que vida. Es, central y radicalmente, imposibilidad de elegirse una existencia. La dependencia es la imposibilidad de diferenciarse”[xciii]

El diálogo desde la identidad

Dialogar con el mundo, pero desde la identidad americana. La verdadera identidad americana. Que no excluye lo construido en estos 510 años, pero que reclama vigorosamente lo anterior, la cultura originante, y su evolución autónoma; los desarrollos internos de la cultura originante, allí donde no se vio contaminada (en un sentido no peyorativo del término) por los aportes foráneos. Es menester, por ende, liberar las tradiciones fundantes, redimir, rescatar la cultura original. Pero hay que asumir un riesgo, que es el que marca Víctor Massuh con relación a la liberación de las tradiciones culturales: la fragmentación. Dice el pensador: “Con frecuencia la liberación de las tradiciones culturales y su puesta en un pie de igualdad no permite prever una totalidad armónica sino un caleidoscopio de imágenes ocasionales; se trataría de una superposición de fragmentos asimétricos que no encajan entre sí sino que intentan privar unos sobre otros al punto de encontrarnos, contemporáneamente, más cerca de la incomunicación que del diálogo[xciv]”.

Nos parece un riesgo plausible. De hecho, América hispana se ha convertido en un nicho en donde se reproducen condiciones étnicas similares a las de Europa: conviven pueblos de muy distintos orígenes compartiendo tierras e identidades nacionales comunes. Así sucede en Brasil. O en Venezuela. O en Chile y Bolivia. En nuestro país la cultura de los barcos (los inmigrantes de hace cuarenta años y sus descendientes) está representada por un grupo importante, en todas las ciudades medianas y grandes y sus cinturones suburbanos. Está extendida, en no pocas regiones, al ámbito rural. También en las pequeñas aldeas de la Patagonia. ¿Cómo lograr un diálogo integrador? Creemos que es un hecho problemático. Pero a la vez estamos convencidos de que este hecho problemático debe ser asumido. Sabemos que no le falta razón a Massuh cuando dice que “En varios aspectos el pluralismo se halla más cerca del fragmento que de la unidad; más del recelo que de la comprensión, más del caos que del cosmos. El pluralismo se cumple plenamente si conduce al universalismo, a la unidad de lo diverso. En cambio, fracasa si sólo consigueexacerbar los resentimientos, los localismos, si se agota en la exaltación de particularismos excluyentes so pretexto de preservar contenidos culturales endógenos. Creo (dice Massuh) que esta sutil descomposición del pluralismo es la mayor amenaza de nuestro tiempo[xcv]”.  ¿Quién puede dudar de la agudeza de esta puntualización del pensador argentino? Por nuestra parte estamos convencidos de que el riesgo existe. Pero en nuestras tierras, lo que no existe es el diálogo. Una cultura está sumergida, otra triunfante[xcvi]. Es menester enfrentar el primer problema, el problema previo: restablecer la simetría, la igualdad. Solo después se podrá pensar en afrontar el segundo problema, el de construir un diálogo de crecimiento e integración. Que por otra parte es plenamente posible, aunque difícil. Pero el problema actual es que no están dadas las condiciones para un diálogo de culturas, ya que el diálogo implica dos que se sientan a dialogar desde posiciones proporcionales. Lo que no sucede en América, en la que las culturas originarias están en una posición de inferioridad. Que se traduce, además, en condiciones paupérrimas de vida; en desnutrición y subalimentación. En falta de las mínimas condiciones sanitarias. En ausencia de empleo y de posibilidades. En una pobrísima oferta de educación básica y media, y prácticamente ninguna de educación superior.

Pero hemos de intentarlo. Lo universal es un desafío apasionante, pero como un destilado que no puede eliminar lo propio de cada cultura. En el caso nuestro, insistimos, para que haya diálogo hay que recuperar primero una identidad perdida. O tal vez varias. Sólo desde ahí el diálogo deviene válido. “…en el arte, la imaginería popular, las letras, el folclore, la crónica política y la historia de las instituciones, vuelve una y otra vez ese oscuro llamado que se conoce como «la utopía de América»: el sueño de la unidad, el hogar de lo diverso, la convivencia complementaria de los opuestos, la síntesis. Reconocimiento de la complejidad de lo real, de su rostro proteico, y de la necesidad de no someterlo a la violencia de los reduccionismos[xcvii]”. Es  nuestro deseo, nuestro sueño también. Pasa por el pensamiento del mexicano Zea, cuando dice: “Es ahora cuando América vuelve los ojos a sí misma y busca una tradición; aunque sea esta una tradición hecha de negaciones. Sin embargo, dentro de ella está la esencia de lo americano y la posibilidad de su realización. Ahora es cuando América necesita de una tradición; pero ésta no se encuentra ni en la destruída cultura precolombina, ni en la europea. La tradición está por lo hecho ya en América. Porque siempre ha hecho algo, aunque este algo pueda parecer negativo[xcviii].

Pero… ¿Es posible la preservación de las culturas originarias? Una visión desde la Filosofía de la Liberación americana

Mario Vargas Llosa sostiene una postura utilitarista por la negativa, que sin embargo no compartimos: “Quizá el ideal, que es la preservación de las culturas primitivas de América, sea una utopía incompatible con este otro objetivo más urgente: el establecimiento de sociedades en las que las desigualdades sociales y económicas entre los ciudadanos se reduzca a límites humanos razonables, y donde cada persona pueda disfrutar por lo menos de una vida libre y decente…De verme obligado a elegir entre la preservación  de las culturas indígenas y su completa asimilación, con gran pesar escogería la modernización de la población indígena, debido a que existen prioridades y la primera prioridad es definitivamente la lucha contra el hambre y la miseria”[xcix]

No discrepamos con esta última visión. La prioridad es restablecer la justicia conculcada en el ámbito de lo socioeconómico.

Pero la otra marginación, la otra pobreza, la pauperización cultural, exige también atención y tarea. También aquí hay que comenzar un camino de retorno.

Y nos parece que una opción ineludible, en este camino de retorno, es la reflexión en el ámbito de lo que se ha dado en llamar Filosofía de la Liberación latinoamericana. Esta corriente, iniciada a comienzos de la década del 70 en la Argentina, se ha extendido ampliamente.

Para Mario Casalla, hablar de filosofía latinoamericana es hablar sustantivamente. No es apenas agregarle un cierto tinte a la filosofía universal. Se trata de una filosofía que parte de la identidad cultural de los pueblos latinoamericanos. Casalla define a la filosofía latinoamericana  como un trabajo filosófico que se inscribe y parte de las identidades culturales de los pueblos latinoamericanos y que apuntando a sus particulares intereses históricos busca expresarlas en ese particular registro de pensamiento llamado filosofía. Que en este caso es situado en los planos de pertenencia regionales, nacionales y latinoamericanos; abierto y atento a las diferencias que pudiesen surgir de estos distintos planos, afirmado en las respectivas identidades culturales parciales y en el ámbito común que Paradojalmente  estas diferencias posibilitan, pero coherente con los intereses históricos de nuestras culturas y potenciador de los proyectos populares de nuestros pueblos[c]. Y una filosofía así, dice Casalla, sólo es posible como filosofía de la liberación. Es menester aclarar que cuando Casalla habla de liberación entiende por ella no solo en el sentido restrictivo de respuesta a la opresión colonial o neocolonial, sino y fundamentalmente el movimiento autoafirmativo de nuestros pueblos y culturas, en una afirmación conjunta, no astillada. Y es esto lo que nos mueve a afirmar la preeminencia de este camino para repensar el retorno de América Latina a sus orígenes y, desde allí, conformar una unidad novedosa.

Para Casalla la liberación se encuentra en el proyecto histórico originario de los pueblos, y sólo a partir de ella es posible una historia planetaria, en la cual hay un libre y respetuoso juego de las diferencias, en contraposición a una “historia universal” en la cual se esconde un proyecto de conversión uniformante desde la cultura eurocéntrica[ci].

Nada más habría que agregar para presentar este camino de reflexión como el más apropiado para el proyecto de pensar los problemas latinoamericanos desde Latinoamérica, entendiendo a ésta como el destilado de las raíces precolombinas con el mestizaje posterior y la cultura llegada de los barcos en el siglo pasado.  Una Filosofía de la liberación. Palabra que en muchas ocasiones despierta estremecimientos en quienes ven en ella arrebatos setentistas de corte foquista. Nada más alejado de nuestro pensamiento. Sabemos que la violencia sólo engendra resentimiento, y por ende más violencia, y que nunca la auténtica liberación deviene del ingrato camino de las armas.

Leopoldo Zea, al presentar una obra del pensador Horacio Cerutti Guldberg, nos aclara el sentido de liberación que subyace en la mayor parte del pensamiento filosófico latinoamericano de esta corriente. "Rebasada la preocupación, respecto a si se hace o no auténtica filosofía en Latinoamérica, han ido apareciendo expresiones en la misma en torno de una problemática que les da sentido y unidad. Ya no es tanto el problema de cómo alcanzar el progreso de que hablaba Alberdi y su generación, a lo largo de esta América, sino cómo vencer los obstáculos que hicieron de esta preocupación simple utopía. Se ha tomado conciencia de la relación de dependencia frente a este o aquél dominio extranjero y como correlato sobre el necesario cambio de esta situación planteándose la necesidad de la independencia o, más ampliamente, la necesidad de la liberación. Liberación de pueblos y liberación de hombres que forman estos pueblos como condición de realización del anhelado progreso. Una expresión filosófica de esta preocupación lo ha sido y es la llamada filosofía de la liberación. Filosofía que surge en un contexto social, económico y cultural que ha resuelto ser también común a muchas otras regiones del planeta, Asia y Africa. Se parte del contexto de la dependencia y de su toma de conciencia. Surgiendo una filosofía ligada con otras muchas expresiones de este mismo reflexionar sobre la realidad latinoamericana, como lo son el historicismo que busca en el pasado, en la Historia de las Ideas, el sentido de la Historia en esta América, la filosofía de su historia.[cii]

A esta expresión de Zea nos adherimos de manera particular. En América Latina, una filosofía de la liberación no solo se liga sino que antes bien arranca con una reflexión histórico filosófica, puesto que la historia de América Latina es una historia de expolio y de exclusión, en la que el protagonista principal ha sido y es el pueblo originario, sus descendientes y mestizados.

Hablar de Filosofía de Liberación, nos parece, es hablar de un marco de reflexión que nos posibilite recuperar la riqueza del pensamiento autóctono, incluso, y aún primordialmente, el pensamiento originario y su desarrollo. No hablamos de una filosofía contaminada de costados marxistas o clasistas. Esta tampoco es una filosofía auténticamente americana. En nuestro continente hubieron (y subsisten, pero con mucha dificultad) corrientes de pensamiento, aún en el ámbito político, que quisieron construir opciones alejadas de la filosofía iluminista de cuño liberal, propia de la Europa floreciente, como de la filosofía idealista de cuño dialéctico y su consecuencia marxista. Este tercerismo, hoy traicionado en América, hubiese podido ser el ámbito sociopolítico en donde la reflexión liberadora hubiese avanzado sin restricciones. ¿Estamos a tiempo de redescubrir esto? Creemos que sí.

Palabras finales, síntesis final

Hemos compartido una serie de reflexiones y aproximaciones de autores que abordan la cuestión de América en su origen, con distintas propuestas y visiones. Constituye un objetivo arduo, y por encima de nuestras posibilidades, establecer fehacientemente una síntesis superadora. Es una tarea demasiado grande para nuestras fuerzas.

Pero este asomarnos al estado actual del debate nos permite extraer algunas conclusiones que creemos pertinentes.

Sostenemos, como un dato previo,  que el hombre de hoy no se caracteriza por la conservación de lo que en la continuidad histórica se considera valioso, sino más bien por un cierto “zapping ideológico”, en el cual lo que está de moda, lo que se cita, lo que se defiende, es siempre lo más nuevo.

Pareciera que en muchos círculos la llamada posmodernidad no es una época de reflexión serena , fundamentada, metódica y sistemática, sino mas bien de adhesión afectiva  a las ideas, cosa que  es mucho más “vivencial” y exige menos esfuerzo intelectual, pero que ofrece menos compromiso con la verdad objetiva de las cosas.

Y este es el punto. Por más que cada hombre o mujer quiera tener “su” verdad y la defienda, hay una verdad objetiva –presente en la realidad de las cosas- que puede ser negada o afirmada, que puede ser encontrada o no,  pero que existe. Está ahí.

La verdad objetiva tiene que ver con el ser de las cosas. De cada ente. Entre lo que la cosa es en realidad, y como la cosa se re-presenta en la mente de cada persona, hay un proceso. Este proceso es el conocimiento. La escolástica afirma que la verdad está en la identidad entre la mente y la realidad. Otros pensaron y piensan de manera diferente. Como Kant, que  sostuvo que la realidad de la cosa (el noúmeno) nunca podrá ser conocida sino a través de una categorización que hace el sujeto que conoce. En este esquema teórico, no conocemos realidades sino  conceptualizaciones subjetivas de la realidad.

Pues bien: al hombre de hoy esta idea le resulta más concreta y amigable que aquella que sostiene  que la verdad es la identidad entre lo que hay en la mente y lo real.

Creemos que la realidad, como tal, resulta extraña o problemática al pensamiento actual. ¿Hasta qué punto nos interesa hoy lo real, la esencia de las cosas? A veces parece más evidente  que lo que interesa hoy es la imagen que cada persona forja de lo real, aún cuando esta imagen sea infiel a la cosa que le da origen.

Y hay algo más. Creemos descubrir en muchos un impulso a tomar siempre lo más nuevo, lo más actual, como criterio excluyente de verdad.

Y aparece un impulso de cambiar lo viejo por lo nuevo, como si a todo se debiese aplicar el criterio del hardware de la informática, según el cual hay que tener siempre lo más nuevo, lo más adelantado. Asistimos así (nos parece) a una sistemática destrucción –no siempre con una adecuada base crítica- de ideas e instituciones que durante siglos se consideraron valiosas, tras mucho esfuerzo de generaciones y generaciones para respaldar estos valores. Hoy, temas tales como la familia, la pareja estable, la fidelidad, la honestidad, el compromiso, el esfuerzo, la responsabilidad y muchos otros, han pasado a ser valores problemáticos, relativos, que “sirven” en determinadas circunstancias y en otras no.

La pregunta es: ¿pasa una cosa parecida con relación a la visión actual de la aproximación hispana a América? ¿Es injusta la revisión crítica de los procesos históricos, revisión a veces durísima, que se ha verificado en los últimos años?

Después de la lectura y el análisis del material propuesto como base en el trabajo de este seminario, creemos que no.

Estamos convencidos de que toda revisión, a la luz de nuevas reflexiones, y si es honesta, es siempre enriquecedora, y por lo tanto, liberadora.

Habrá que expurgar a la revisión crítica del proceso de la llegada española de cualquier connotación política o ideológica. Incluso en el ámbito filosófico. No es tarea fácil.

Pero la revisión crítica ha de hacerse. De hecho se está haciendo, y nosotros mismos estamos en esta tarea.

Es una actitud madura de un pensamiento americano y americanista, que no se contenta con leer la historia sino que además la problematiza.

No para cambiarla ni hacerle decir lo que no dijo. Sino para comprenderla en sus alcances más profundos, y de esta forma situarnos de una manera nueva y fecunda con la raíz fundante de nuestra cultura.

No para juzgar desde posiciones exaltadas a los protagonistas de aquél entonces. Sino para tratar de establecer, serenamente y con rigor filosófico, qué se hizo, por qué se hizo y para qué se hizo.

Sin extrapolaciones ni anacronismos indebidos. Nosotros tenemos una serie de elementos de todo tipo que tal vez no se han tenido en ningún momento anterior, como para juzgar lo que pasó. Y carecemos, ciertamente, de muchos otros elementos que irán surgiendo con el correr del tiempo, y que posibilitarán a las futuras generaciones de pensadores la tarea de concluir este trabajo de análisis crítico.

Creemos, en tanto, que quedan claras algunas cosas:

 

  1. Que el movimiento originante de la aproximación hispana obedece a una intencionalidad positiva, benevolente, por momentos ingenua, que dio cabida, de manera especial en los primeros tiempos, a la aparición de muchas empresas paralelas, segundas intenciones y objetivos individuales, extraños al sentir genuino de quienes vieron en el descubrimiento una oportunidad positiva y enriquecedora.

  1. Nos parece claro que subyace, en esta intencionalidad benevolente, una concepción según la cual se ve de manera natural la superioridad racial y cultural europea frente a la cual la cultura nativa no tiene más que hacer que someterse.

  1. No hay, a este respecto, más que pocas y aisladas muestras de intentos de inculturación, las cuales muestras, además, son tardías en el proceso global. Creemos, no obstante, que esta concepción de encuentro de culturas es fácilmente entendible en nuestra época, pero cuya descubierta, por entonces, resultaba extremadamente difícil, ya que no imposible.

  1. Como resultado, y más allá de los excesos crueles que también hay que asumir, consistentes en expolio y genocidio, (excesos que sin embargo no creemos hayan formado parte del proyecto colonizador sino que fueron la consecuencia no deseada del “cómo” de éste) descubrimos que en el proceso de la conquista y en su desarrollo posterior, incluyendo el surgimiento y organización de los estados nacionales independientes, quedó siempre marginada la cultura originaria, que permanece encerrada en la estrechez de un ámbito de reserva cultural, sin posibilidad de hacer sentir su peso y su capacidad de aporte para el desarrollo pasado y presente de nuestros pueblos.

  1. Queremos decir que no sólo se ha cometido y se comete una injusticia al marginar a la comunidad aborigen y derivada a situaciones de pobreza y marginalidad, sino también al subestimarse o simplemente desestimarse el contenido de su acervo cultural en la gestación de la identidad de la américa que no puede ni debe ser llamada hispana, sino hispana-aborigen.

Como pensadores, entonces, debemos hacer aportes concretos para reestructurar la justicia conculcada. Este es el punto.

Hay una raza que quiere ponerse de pie después de 500 años.

Y nosotros tenemos que reconocer los derechos que le asisten, y generar los cambios que permitan que estos derechos puedan ser ejercidos plenamente.

Y por lo mismo, reflexionar sobre los errores de quienes con acciones u omisiones, con proyectos concretos o por la mera falta de proyectos, permitieron el hundimiento, la exclusión y a veces hasta la virtual desaparición de pueblos enteros.

Esta conversión de pensamiento, esta metanoia,  debemos hacerla como mujeres y hombres latinoamericanos, más allá de los ascendientes que podamos tener. Nuestra realidad actual es una realidad nueva, surgida de un continente en marcha. Somos hispano-aborígenes, somos el producto de un encuentro, lo queramos admitir o no.

Aún cuando en este encuentro uno de los polos, hasta ahora, ahogó al otro.

Con lo que el producto de este encuentro (o sea nosotros y nuestra cultura) es un producto trunco, descastado, desnaturalizado.

Esta conversión de pensamiento en el marco de una auténtica filosofía de la liberación nos permitirá, tal vez,  descubrir que el continente está siendo despojado de posibilidades, como nos lo indica el movimiento emigratorio de nuestros países. Y que en la raíz de este problema parece estar esta escisión originaria entre nuestro ser-posible y nuestro ser-actual. En donde lo escindido es nuestro ser-actual. Al que le falta el aporte debido de la cultura originante.

Como ya expresamos antes, hace diez años apenas, celebrábamos el quinto centenario de la llegada española a las costas americanas. La misma celebración, en el contexto problemático de nuestro continente,  fue para muchos un despropósito. Tal vez porque no está claro qué es lo que se celebró. O aún más: hubo quienes celebraron distintas cosas.

Nadie pudo ni puede celebrar la caída de la nación autóctona; su diáspora, el genocidio; el atraso; la pobreza de tantos hermanos nuestros aborígenes. Si los hubo, sea anatema.

¿Celebró alguien la muerte de la cultura nativa en su estado más puro?  Si los hubo o los hay, Dios los perdone.

Para algunos, la muerte de Nguenechén, Inti o la Pachamama es el triunfo del Dios de los cristianos, de Yahve Sebaoth. Quienes así piensan olvidan que Dios misericordioso se revela a todos los pueblos, y en los dioses de nuestros pueblos autóctonos podemos también descubrir el resplandor del Dios creador. Qué duda nos cabe.

En cambio, fue y es posible celebrar el encuentro aún incompleto de dos culturas, que debe dar paso, en un proceso todavía pendiente, a una tercera, que sin embargo, y pese a su exclusión, es hoy abrumadora mayoría en nuestro continente hispanoamericano.

Porque el hombre americano, heredero de las dos culturas, síntesis de las dos culturas, pervive en todos: en los hijos de los barcos y en los de piel cobriza que trasuntan su origen precolombino.

No podemos celebrar la desaparición de la cultura aborigen. Ni la dilución de la mentalidad inmigrante. Pero podemos celebrar, o mejor asumir y rescatar la vigencia de una cultura emergente, producto de un encuentro no siempre pacífico y positivo, pero que forma parte de las realidades que fundamentan nuestro presente, y que sería necio negar. Y seguir postergando.

Es que no queremos mezclar las cosas. Ni caer en lo indiferenciado. Lo indefinido. Lo uno y lo mismo.

Una cosa es la conquista, que no siempre fue santa, ni misericordiosa, y ni siquiera justa. Una cosa es el sufrimiento  pasado y presente de un pueblo que siente que no sólo se le roba su historia sino también su porvenir. Estamos en contra de lo primero, y caminando junto al sufrimiento mencionado en lo segundo.

Pero otra cosa es nuestra opción actual. Queremos rescatar aquello que está vigente aún pese a las atrocidades cometidas. Y estas cosas no pierden valor, incluso cuando a veces las haya manchado el barro. La vida, la cultura y la fe son valores. Y los celebramos. El atraso, la miseria, la muerte de la identidad, son injusticias. Y las repudiamos.

Creemos que esto es hacer una lectura de la realidad tal cual es. Y no de una realidad “refaccionada”, hecha a nuestra medida.

Un último tema. Muchas voces piden hoy que España, la Iglesia y los descendientes de aquellos españoles de la conquista pidan perdón por los abusos de las épocas pasadas.

Creemos que tal vez corresponde, aunque aportamos un matiz.

Corresponde en general, porque hay una solidaridad institucional, nacional, racial que en cierta medida nos involucra. Así como nos sentimos herederos y partícipes de todas las glorias del pasado protagonizadas por nuestros ascendientes, nacionales o institucionales, es justo que nos hagamos cargo también de los costados menos gloriosos de este pasado.

Pero el matiz está en lo siguiente: no podemos sentirnos culpables personalmente de los excesos puntuales de los que se dejaron ganar por el mal y la crueldad. O de los confundidos. Como si nosotros, personalmente,    hubiésemos masacrado. Es más: nos unimos a las voces acusadoras con respecto a estos abusos. Y decimos: los abusadores, sean de donde hayan sido, traicionaron el espíritu del acercamiento. Pusieron obstáculos en el encuentro.

Pedimos perdón, en cambio, con muchísima más fuerza por nuestras faltas de hoy, que son muchas. Y que pasan por la falta de esfuerzo en desestructurar todo este proceso de marginación cultural y social de la población originaria.

Es mas: nos parece que muchos de los que piden cabezas gachas y avergonzadas están poniéndose en el papel de quien están libres de culpa. Con ceño fruncido y dedo acusador, descargan sobre algunos el peso del pasado.

Descargan el peso del pasado en una fe, en una filosofía, en una idiosincrasia. Instrumentalizando el dolor y la memoria con fines ideológicos. Y nos preguntamos si en todos los casos hay un compromiso serio con el hombre concreto sufriente. Un compromiso transformador. Que nosotros asumimos desde la autocrítica, pero que creemos debe ser asumido por todos.

Proceso que, ciertamente, deja afuera a los lamentablemente aún muchos que insisten en no ver todo este expolio, todo este genocidio cultural, toda esta esterilización óntica de la cultura originante.

No hablamos de ellos. Nos parece que una tal postura, así cerrada, no tiene redención posible.

Hablamos del ámbito de la revisión crítica seria. Y es en este ámbito en el que nos parece que hace falta también en aquellos que se sitúan por lo general en la parte acusadora, de una buena dosis de revisión y de aporte constructivo.

Solo la cultura realmente autóctona tiene el derecho inmaculado de reclamar. El resto, todos los que provenimos de realidades mixtas, debemos reflexionar. Incluso sobre el tiempo y las circunstancias que les tocó vivir a nuestros mayores. Respondiendo honestamente a la pregunta: ¿cómo hubiésemos actuado nosotros, de haber sido protagonistas en aquella época?            

Por lo dicho, y más allá de esta polémica, revigorizada hace diez o quince años, con motivo del quinto centenario, queremos situar el hecho de la “conquista” como el inicio problemático de un proceso que empero estuvo también cargado de valores, de un proceso que es la base del ser-actual de nuestro continente; y como tal se constituye en un hecho denso, y desafiante.

Nos desafía a rescatar los valores, los valores perennes: el acercamiento de culturas, la búsqueda de encuentros superadores; la redención de costumbres crueles e inhumanas; la gestación de posibilidades renovadas a través de nuevas síntesis raciales (el mestizaje).

Nos desafía a redescubrir las riquezas perdidas de la cultura originaria, y a descubrir la presencia valiosa de los rasgos sobrevivientes de aquella cultura en nuestra realidad actual. Y aún más: nos desafía a posibilitar y a valorar una entrada nueva y mayor de estos rasgos, en la cultura futura de nuestro continente. Descubrir el valor de un continente futuro con la fuerte y modificante presencia del aporte aborigen y del decisivo aporte mestizo como elementos fundantes en la gestación de identidades nacionales, de propuestas organizativas para nuestros países, de proyectos populares concretos en la cultura, el arte, la economía y la integración latinoamericana aún pendiente.

Si logramos superar el conflicto para que la revisión crítica a la que nos hemos asomado tímidamente en este trabajo, permita el surgimiento de esos dos desafíos, bendita sea entonces esta oportunidad.

Si nos quedamos en el estéril enfrentamiento ideológico, habremos desperdiciado otra coyuntura favorable, y América Latina continuará esperando.

 

Raúl Francisco Llusá

 

 

 

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[i] Este trabajo se fecha en Junio de 2002.

[ii] Aclaramos que cuando decimos Iglesia no nos referimos solamente a los ordenados o consagrados, sino a todos los bautizados con conciencia de serlo.

[iii] En “La Iglesia y los Indios”, Quito, Abya Yala, 1990, Pag. 215; de un artículo tomado de Unidad Indígena de enero/febrero de 1989.

[iv] Esto se escribía antes de 1992.

[v] CONAIE, “Programa Nacional «500 años de resistencia india»”, en LA IGLESIA Y LOS INDIOS, Varios autores,  Quito, Abya-Yala, 1990, Pag. 199.

[vi] SUESS, PABLO, “Inculturación: caminos, metas, principios”, en la obra LA IGLESIA Y LOS INDIOS, Varios autores, Quito, Abya-Yala, 1990, Pag. 173.

[vii] Galeano, en su libro, hace un análisis cuyo cuño analítico es de filosofía marxista.

 

[viii] Cf. Dr. Luciano Pereña Vicente, en GRACIA Y DESGRACIA DE LA EVANGELIZACION DE AMERICA, Del Instituto Teológico de Vida Religiosa; Madrid, Publicaciones Claretianas, 1992, Pag. 115-116. Nota nuestra: Galeano tiene una postura clasista y combativa que no ayuda a la causa de la verdad y a la solución del problema americano. Da cifras aún más exageradas que las de Bartolomé de Las Casas. No queda claro de dónde salen. Tampoco nos parece seria la acusación que hace a la Iglesia Católica de ser la principal responsable del “genocidio” que presenta. No hay manera de aportar pruebas creíbles al respecto. Más bien son evidentes las pruebas en contrario. Galeano utiliza, nos parece, el problema americano como argumento de barricada. Pero más allá de constituirse en el libro de cabecera de marxistas e indigenistas poco informados, en un libro que sirve de identificación afectiva para la causa, no aporta argumentos serios y sostenibles para la defensa del americanismo.

[ix] Cf. Mt. 28, 18-19: “Jesús se acercó a ellos y les habló así: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra.  Vayan, pues, y hagan  discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo les he mandado. Y he aquí que yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo.»”

[x] El apelativo “Leyenda Negra” fue acuñado por el historiador español Julián Juderías, quien publicó en 1914 una obra con este título, acompañando un subtítulo explicativo: Estudios acerca del concepto de España en el extranjero.

[xi] DE LAS CASAS, BARTOLOMÉ, Op. Cit., Pags. 14-15

[xii] 1541.

[xiii] DE LAS CASAS, B. Op. Cit., Pag. 17

[xiv] DE LAS CASAS, B. Op. Cit., Pag. 17-18

[xv] DURAN, DIEGO, "Historia de las Indias de Nueva España", México, Porrúa, 1967, Pags. 24 y 44.

[xvi] MESSORI, VITTORIO: "Leyendas Negras de la Iglesia", Barcelona, Planeta, 1999. Pag 42.

[xvii] Doce millones (nota nuestra)

[xviii] DE LAS CASAS, B. Op. Cit., Pag. 20

[xix] DE LAS CASAS, B. Op. Cit., Pag. 20

[xx] DE LAS CASAS, B. Op. Cit., Pag. 22

[xxi] Y atestigua la historiografía de la época que no era infrecuente que, dados determinados delitos ciertos, se incurriera en exageraciones de esta envergadura, para resaltar el origen demoníaco de la motivación de los delincuentes, sin que los inquisidores vieran en estas exageraciones una falta a la moral (nota nuestra).

 

[xxii] MESSORI, VITTORIO, "Leyendas negras de la Iglesia", Barcelona, Planeta, 1999.

[xxiii] DE LAS CASAS, B. Op. Cit., Pag. 35

[xxiv] DE LAS CASAS, B. Op. Cit., Pag. 49-50

[xxv] Cf. SÁNCHEZ MARQUEZ, MANUEL: “La Evangelización de América”; Buenos Aires, Claretiana, 1992; Pag. 45.

[xxvi] SÁNCHEZ MARQUEZ, MANUEL, Op. Cit., Pag. 46

[xxvii] Citado por Vittorio Messori en LEYENDAS NEGRAS DE LA IGLESIA, Barcelona, Planeta, 1999, Pag. 45.

[xxviii] MESSORI, VITTORIO; “Leyendas negras de la iglesia”; Barcelona, Planeta, 1999, Pag. 47.

[xxix] CARRO, VENANCIO, OP; “La teología y los teólogos juristas españoles ante la conquista de América”; Madrid, Publicaciones de la Escuela de Estudios Hispano Americanos de la Universidad de Sevilla, 1944; Tomos egundo, Pag.311.

[xxx] CARBIA, ROMULO; “Historia de la Leyenda Negra Hispanoamericana”, Madrid, Consejo de la Hispanidad, 1944.PP. 199-213

[xxxi] CARBIA, R. Op. Cit., PP. 205-213

[xxxii] Cf. MESSORI, VITTORIO: "Leyendas negras de la Iglesia", Barcelona, Planeta, 1999, Pag. 22.

[xxxiii] CARBIA, R. Op. Cit., Pag. 14

[xxxiv] DE LAS CASAS, BARTOLOMÉ, FRAY (OP); “Brevísima Relación de la Destrucción de las Indias”, Bogotá, Nuevo Siglo, 1995

[xxxv] CARBIA, ROMULO; Op. Cit. Pags. 49-66

[xxxvi] El teólogo Adolfo Gonzalez Montes, en un estudio publicado por la revista agustiniana “La Ciudad de Dios”, y citado por la profesora Clara Freitag en la página 11 de su opúsculo “¿Subsiste aún la leyenda negra?”  sostiene que sólo en un año los reformadores holandeses dieron a  la imprenta, formidable medio de propagación para la nueva doctrina de la Reforma, diecisiete ediciones de la “Brevísima Relación de la destrucción de las Indias”, del P. Las Casas.

[xxxvii] CARBIA, R. Op.Cit., PP. 127-139

[xxxviii] GARCIA, RUBEN DARIO, SDB, en “SEDOI, Documentación”, Año XII, N° 89, Agosto-septiembre de 1986

[xxxix] MENÉNDEZ PIDAL, RAMON, “El Padre Las Casas, su doble personalidad”, Madrid, Espasa Calpe, 1963

[xl] Publicada en nuestro país por el Diario La Nación en su edición del viernes 9 de octubre de 1992, sección 5ta, Pag. 16.

[xli] Llamadas “Bulas Alejandrinas”

[xlii] Donatio Constantinii: documento apócrifo según el cual Constantino habría donado al Papa Silvestre y a sus sucesores el dominio perpetuo sobre el orbe, tanto en lo espiritual como en lo temporal (nota nuestra).

[xliii] Cf. SÁNCHEZ MARQUEZ, MANUEL: La Evangelización de América; Buenos Aires, Editorial Claretiana, 1992; Pags. 18-19.

[xliv] Pablo III, Papa (1534-1549); Bula "Sublimis Deus" sobre la libertad de los indios..

[xlv] Ver notas Nº 15 y 16, más arriba.

[xlvi] Citado en MESSORI, VITTORIO: "Leyendas negras e la Iglesia", Barcelona, Planeta, 1999, Pag. 35.

[xlvii] Del libro del P. Constantino Bayle, "La expansión misional de España", Barcelona, 1936, citado en CARRILLO, MARIANO, "Y los laicos también evangelizaron América Latina", Claretiana, Buenos Aires, 1991, Pag. 8

[xlviii] Idem, Pags. 8-9

[xlix] Idem, Pag. 9

[l] Del libro de Gabriel Guarda: "Los laicos en la cristianización de América", Santiago de Chile, 1973, citado en CARRILLO, MARIANO, "Y los laicos también evangelizaron América Latina", Claretiana, Buenos Aires, 1991, Pag. 12

[li] Del libro de Gabriel Guarda: "Los laicos en la cristianización de América", Santiago de Chile, 1973, citado en CARRILLO, MARIANO, "Y los laicos también evangelizaron América Latina", Claretiana, Buenos Aires, 1991, Pag. 12-13

[lii] Cf. DUVERGER, CHRISTIAN, "La Conversión de los Indios de la Nueva España", Quito, Abya-Yala, 1990, Pag. 21.

[liii] DUVERGER, CHRISTIAN, "La Conversión de los Indios de la Nueva España", Quito, Abya-Yala, 1990, Pag. 22.

[liv] Cf. SÁNCHEZ MARQUEZ, MANUEL: La Evangelización de América; Buenos Aires, Editorial Claretiana, 1992; Pags. 48-49.

[lv] Cf. SÁNCHEZ MARQUEZ, MANUEL: La Evangelización de América; Buenos Aires, Editorial Claretiana, 1992; Pags. 49-50.

[lvi] CARRO, VENANCIO, OP: “La teología y los teólogos juristas españoles ante la conquista de América”; Madrid, Escuela de estudios hispano-americanos de la Universidad de Sevilla; 1944, Pag. 13.

[lvii] CARRO, VENANCIO, OP; Op. Cit., Pag. 23

[lviii] CARRO, VENANCIO, OP; Op. Cit. Pag. 24

[lix] Sepúlveda sostiene todas las causas tradicionales de guerra justa: recta intención, causa justa, autoridad competente para declararla, que sea hecha en forma debida. Pero agrega además que es justo hacer la guerra en caso de rebelión de los menos dotados, que nacieron para servir, si no se los puede sujetar por otro medio. La base de este razonamiento la toma de Aristóteles: lo imperfecto debe servir a lo perfecto (nota nuestra).

[lx] CARRO, VENANCIO, OP; Op. Cit. Pag. 93

[lxi] CARRO, VENANCIO, OP; Op. Cit. Pag. 96

[lxii] CARRO, VENANCIO, OP; Op. Cit. Pag. 261

[lxiii] Cf. Dr. Luciano Pereña Vicente, en GRACIA Y DESGRACIA DE LA EVANGELIZACION DE AMERICA, Del Instituto Teológico de Vida Religiosa; Madrid, Publicaciones Claretianas, 1992, Pag. 127

[lxiv] Leyes Nuevas de 1542, citados en ETCHART, MARTA: “Documentos de Historia Americana”, Buenos Aires, Cesarini, 1971, Pag. 33.

[lxv] Cf. Dr. Luciano Pereña Vicente, Op. Cit, Pags 123-124

[lxvi] Ver nota Nº 14, más arriba.

[lxvii] Cf. DUVERGER, CHRISTIAN, "La Conversión de los Indios de la Nueva España", Quito, Abya-Yala, 1990, Pag. 22.

[lxviii] En Agosto de 1521 Tenochtitlan cae bajo las armas de Hernán Cortés. Tres años después arriban doce franciscanos enviados por el Papa para evangelizar a los indios. Cortés organizó entonces una serie de reuniones entre estos doce franciscanos y los sacerdotes del antiguo culto azteca, que se sucedieron por largos días en encendidos debates, hasta que los naturales se conviertieron al cristianismo. El cronista Franciscado Bernardo de Sahún registró el texto de estos coloquios en una edición bilingüe nahuatl-española.

[lxix] DUVERGER, CHRISTIAN, "La Conversión de los Indios de la Nueva España", Quito, Abya-Yala, 1990, Pag. 159.

[lxx] DUVERGER, CHRISTIAN, "La Conversión de los Indios de la Nueva España", Quito, Abya-Yala, 1990, Pag. 161.

[lxxi] Cf. DUVERGER, CHRISTIAN, "La Conversión de los Indios de la Nueva España", Quito, Abya-Yala, 1990, Pag. 163.

[lxxii] Cf. DUVERGER, CHRISTIAN, "La Conversión de los Indios de la Nueva España", Quito, Abya-Yala, 1990, Pag. 165.

[lxxiii] Los jesuitas (nota nuestra).

[lxxiv] Así se llamaba vulgarmente a la ciudad de Asunción del Paraguay (nota nuestra).

[lxxv] CARDIEL, JOSE, SJ: “Breve Relación de las misiones del Paraguay”, Buenos Aires, Ediciones Teoría, 1994, Pag. 22

[lxxvi] Cuando el P. Cardiel habla de españoles involucra a todos los que descienden de esta sangre, aunque sean nacidos en América; Cf. CARDIEL, J. Op. Cit., Pag. 27

[lxxvii] CARDIEL, J. Op. Cit., Pag. 81

[lxxviii] CARDIEL, J. Op. Cit., Pag. 81

[lxxix] Nóbrega se formó en Derecho Canónico en las Universidades de Salamanca y Coimbra (nota nuestra).

[lxxx] ARNALDO DA VIDI: “Entre el yunque y el martillo”, en “Política indigenista de la Iglesia en la Colonia”, Quito, Abya Yala, 1991, Pag. 201

[lxxxi] ARNALDO DA VIDI: Op. Cit. Pag. 210

[lxxxii] ARNALDO DA VIDI: Op. Cit. Pag. 210

[lxxxiii] Empujar, obligar a entrar.

[lxxxiv] ARNALDO DA VIDI: Op. Cit. Pag. 202

[lxxxv] MESSORI, VITTORIO: "Leyendas negras e la Iglesia", Barcelona, Planeta, 1999, PagS. 25-26.

[lxxxvi] CARRILLO, MARIANO: “Y los laicos también evangelizaron América latina”; Buenos Aires, Claretiana, 1991, Pag. 22; cita a Bayle, Constantino: “La expansión misional de España”, Barcelona, 1936, Cap. 3, Pag. 23.

[lxxxvii] Cf. SÁNCHEZ MARQUEZ, MANUEL: La Evangelización de América; Buenos Aires, Editorial Claretiana, 1992; Pag. 211.

[lxxxviii] Cf. Dr. Luciano Pereña Vicente, Op. Cit. Pag. 124.

[lxxxix] Cf. SÁNCHEZ MARQUEZ, MANUEL: La evangelización de América; Buenos Aires, Ed. Claretiana, 1992;  Pag 24.

[xc] Cf. SÁNCHEZ MARQUEZ, MANUEL: Op. Cit;  Pag 24.

[xci] GALEANO, EDUARDO: “El tigre azul y nuestra tierra prometida”, en LA IGLESIA Y LOS INDIOS, Autores Varios, Quito, Abya-Yala, 1990, Pag. 83.

[xcii] CIRIGLIANO, GUSTAVO: “De la Entropía a la Hipertropía”, en Revista de Filosofía Latinoamericana y Ciencias Sociales (segunda época) Año XIV, N° 14, Buenos Aires, Noviembre de 1989, Pag. 92

[xciii] CIRIGLIANO, G. Artículo citado, Pag. 83

[xciv] MASSUH, VICTOR:  “El llamado de la Patria Grande”; Buenos Aires, Sudamericana, 1983; Pag. 197.

[xcv] MASSUH, VICTOR:  Op. Cit. Pag 197

[xcvi] Piénsese en las comunidades mapuches del Neuquen, que (cerradas en sí mismas para sobrevivir) se sitúan como  el otro frente a los no mapuches, en una relación en donde el único diálogo está dado por la oferta de sus productos para la generación de ingresos. Los mapuches han buscado su re-integración tribal para enfrentar la se-gregación fáctica que la cultura criolla ejerció sobre ellos (nota nuestra).  

[xcvii] MASSUH, VICTOR:  Op. Cit, Pags. 201-202

[xcviii] ZEA, LEOPOLDO: “América como conciencia”, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1953, Pag. 39

[xcix] VARGAS LLOSA, MARIO: “Quinto centenario: ¿buscando culpables?”, en POLÍTICA INDIGENISTA DE LA IGLESIA EN LA COLONIA; Autores Varios; Quito, Abya-Yala, 1991; Pag. 337.

[c] CASALLA, MARIO: “Sentido y vigencia actual de la filosofía le la liberación en América Latina”, artículo en Revista de Filosofía Latinoamericana y Ciencias Sociales, N° 14, Bs. As, 1989 Pag. 69

[ci] CASALLA, M. Op.Cit., Pag. 73

[cii] ZEA, LEOPOLDO, en la Presentación a "Filosofía de la liberación latinoamericana", de Horacio Cerutti Guldberg, Fondo de Cultura Económica, México, 1983, Pag. 11-12.