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Análisis del artículo "De la entropía a la hiperentropía", de Gustavo Cirigliano

Por Raúl F. Llusá

 

REVISTA DE FILOSOFIA LATINOAMERICANA Y CIENCIAS SOCIALES, AÑO XIV, Nº 14, BUENOS AIRES, NOVIEMBRE DE 1989

 

Introducción

 

Que asistimos a una profunda crisis en la identidad del hombre argentino, en particular, y del latinoamericano en general, no es algo que pueda ser, a esta altura, negado con facilidad. Que esta crisis tenga mucho que ver con dos causas: una histórica y otra presente, actual cotidiana, como son los procesos de avance de la Europa ilustrada en la organización de nuestras nacionalidades para la razón histórica; y el agobio del nuevo colonialismo económico significado y mantenido a través de la inextinguible deuda externa de nuestros países, y la auditoria continua de la policía económica universal (el Fondo Monetario Internacional) para la actual y cotidiana; requiere tal vez una argumentación un poco más exhaustiva. Pero intentar un camino de superación a través de una ética de valores superiores, que lleve al establecimiento de una comunidad organizada en función de la justicia social, con caminos de integración latinoamericana, se presenta como una tarea más difícil. Gustavo Cirigliano intenta recorrer este camino en el artículo que vamos a analizar, llegando a conclusiones de innegable interés y actualidad.

La metodología empleada en el presente trabajo es la del comentario de lo que dice el autor a lo largo del artículo, poniendo al pié de página nuestros comentarios, ya sea a favor o en contra de las tesis sustentadas por Cirigliano.

Al final, hacemos un breve comentario a manera de conclusión, con nuestra visión final de conjunto.

Adrogué, 17 de noviembre de 1997.-

 

Raúl Francisco Llusá

 

ANALISIS DEL ARTICULO

 

Comienza el artículo abordando la difícil cuestión de la definición del hombre argentino. Se plantea Cirigliano que si se abordase el proyecto existencial del hombre argentino, podrían deducirse de aquí algunas notas que ayudarían en la tarea. Todo proyecto contiene en sí un anticipo de su eventual desplegarse. Y esta tensión hacia adelante es un atisbo de identidad. Sin embargo, para Cirigliano hay un elemento que constriñe al hombre argentino en su posibilidad de ser. Un elemento que no ha sido elegido por el hombre argentino, que lo condiciona desde antes de su ser individual. Y este elemento es la “deuda”. La deuda, dice el autor, “construye una esencia” al hombre argentino. Le compromete presente y futuro. Lo condiciona.[i][i]

Esta situación de sometimiento no elegido -dice Cirigliano- constituye al hombre argentino más en “no-ser” que en ser, ya que le impide elegirse una existencia (“Al elegirme me elijo”, diría J.P. Sartre; comentario nuestro), y nota básica de la dependencia es la imposibilidad de diferenciarse, de establecer el “ser-yo-aquí”.

¿Qué sucede -se pregunta el autor- con el hombre argentino frente a esta realidad? ¿Se conforma pasivamente y “aguanta” su existencia, o resignifica esta situación para establecer un sentido a través de una valoración personal de aquello que le ha tocado transitar existencialmente?

Cirigliano apuesta a que el hombre argentino quiere vivir, tener destino, ser proyecto. Aún frente a la situación que lo agobia hoy. La fuerza descomunal de estos cuatro términos: “vida-ser-destino-proyecto” recorre un camino para no desaparecer:

-Para Cirigliano el valor que privilegiamos es la vida como continuidad. Lo que se reproduce, lo que permanece, lo que se abre paso. Vida como aquello que establece un “plus” en el ser; y este plus es el continuar, el donarse, el ser “padre”. Este supuesto básico, establece una legalidad aceptada: y es que todo aquello que dé mas vida es preferible a lo que la destruya, lo que acote su posibilidad de ser.

-El autor marca además que el eje de esta continuidad pasa por el enlace padre-hijo, relación que Cirigliano establece como constitutivo último de la realidad. Sostiene que la vida es más dirección del padre hacia el hijo, que el mero “moverse a sí mismo”. Así, el hijo es proyecto del padre, siendo la paternidad-maternidad un prototipo de entrega. Pero el hijo devendrá luego padre, para reencender el ciclo. Y este ciclo es el ciclo de la inmortalidad. Del triunfo  contra la muerte, contra el no-ser. Por ser proyecto de inmortalidad -dice Cirigliano- este proyecto de realizarse como hombre es ya inmortalidad.

Y se pregunta el autor: ¿Es el argentino ansia de inmortalidad? O lo que es decir: ¿Hay en el hombre argentino esta existencia elegida y vivida por uno, como triunfo frente al no-ser?

Para Cirigliano, el hombre que quiere triunfar sobre la muerte genera conductas que se pueden aglutinar en tres principios:

-El principio del recibir (el tener)

-El principio del dar para recibir (el ser)

-El principio del dar (el dar)

Estos tres principios no son siempre diacrónicos. En distintas oportunidades se yuxtaponen, se identifican, se oponen, se destruyen.

Sobre la base de estos tres principios, dice el autor, podemos agrupar conductas en tres niveles distintos:

   a. El primer nivel es el del impulso vital; el del deseo; el de lo natural. Abarca desde la creatividad hasta lo inconsciente, lo reprimido, lo emocional, lo imaginativo, lo interaccional.

   b. El segundo nivel es el de la racionalidad; de la realidad explicada. El reino de la racionalidad, del mundo lógico, procura introducir o descubrir un orden      racional en el universo, y hacer comprensible el mundo de los impulsos. Es, diríamos, un nivel “disciplinador” del anterior.

   c. El tercer nivel es el del compromiso y el testimonio; el de la entrega. Es, dice Cirigliano, el reino de lo que constituye la persona. Libertad y proyecto existencial, la realización personal a través de los valores; del arte; de la moral (que, decimos nosotros, también tiene que ver con el arte por cuanto ambos -moral y arte- son dos expresiones de la misma verdad y bien). Aquí está el reino de la filosofía y de la religión.

 

La entropía

 

Cirigliano descubre en el primer nivel una dirección entrópica, esto es: un movimiento hacia la disolución, hacia la indeterminación, a homogeneizarse con el medio, a “perderse en la indiferenciación”[ii][ii]

Continúa el autor mencionando que los cuatro elementos materiales que los griegos establecían como elementos últimos constitutivos de la realidad fueron establecidos así por su carácter entropizante.[iii][iii]

Para Cirigliano, el mundo inanimado marcha hacia un caos homogeneizador[iv][iv] , en lo que estamos parcialmente de acuerdo, aunque sin referirnos a la palabra “caos”. (De hecho, sostiene la ciencia que merced a la entropía general el universo se precipitará un día sobre sí mismo, negándose en esta “introcolisión” todo resquicio, todo espacio interatómico, para llegarse a la densidad absoluta). A esta marcha hacia lo indiferenciado se opone el afán de perdurar que se percibe en la vida orgánica, como negación de la entropía. (Para el observador, decimos nosotros, la vida es la organización de la materia para una teleología: al menos la continuidad vital). La vida orgánica es -como bien indica Cirigliano- diferenciación, complejización, especificación funcional (esto es nuestro). Sin embargo, puntualiza, la muerte viene a desorganizar este “principio neguentrópico”.[v][v]

Se pregunta luego Cirigliano si la vida psíquica es entrópica. Y menciona que el sueño, propio del primer nivel, es a la vez desorganización y afán permanente de organizarse.

La continuidad -dice el autor- lucha por vencer la entropía generalizada. A través de la evolución en la complejidad de nuevos seres, la continuidad puja por perdurar, y vence a la entropía generando nuevas formas de vida. Pero esto mismo acontece entre los distintos niveles. Así, la superación de una situación entrópica, desorganizante, en el primer nivel (orgánico) implica originar el segundo nivel: el de la racionalidad.[vi][vi]

De esta manera, dice Cirigliano, la vida orgánica del primer nivel genera desde sí la razón organizadora del segundo.

El autor sostiene que en el proceso de la vida como continuidad hay mas de una energía: una para actuar en el nivel en que se está, y la otra para arrastrar a lo que aún no existe.

Señala luego Cirigliano un rasgo epistemológico: dice que cualquier teoría importada que se aplique a una realidad latinoamericana o argentina, establece una igualdad entre esta realidad con aquella teoría, esto es: desdiferencia, entropiza. Dice Cirigliano que barre de antemano con la diferencia, cuando no la condena por indigna.[vii][vii]

Ninguna psicología auténticamente nuestra -dice el autor- puede prescindir del análisis de nuestra historia, de las contraposiciones de los distintos “proyectos” argentinos: el proyecto colonial, el proyecto independentista, el proyecto del 80. Proyectos que, por otro lado, encierran mucho en común, que nos permite entender nuestro proverbial desprecio por lo auténticamente fundante de nuestro origen.[viii][viii

 

La razón como neguentropía

 

Si el primer nivel, del deseo, concita entropía -dice Cirigliano-, el segundo nivel, del yo y la razón conciente, se postula como organizador de la realidad humana, de la información y del saber. Es por tanto neguentrópico: surge para negar la indiferenciación. Así, la información organizante y lógica pretende superar la entropía de la vida orgánica. Y la continuidad, para superar esta entropía orgánica, genera una nueva forma de vida: es la razón que configura una nueva “gestalt” (totalidad) configurante. Pero la razón, dice el autor, cuando se entroniza en ley absoluta, vuelve ser igualizante. Porque a fuerza de universal, la razón puede diluír las configuraciones y diferencias posibles. Dice Cirigliano que cuando pensamiento y realidad humanas coinciden, reaparece la entropía, ya que hay indiferenciación entre aquellas. En una palabra, sostiene Cirigliano que que lo acontece en el primer nivel se repite en el segundo. En el primer nivel la vida, generada como neguentropía, se entropiza. Pero gesta al segundo nivel, como una nueva neguentropía, que se entropiza a su vez. ¿Cuál es el nuevo paso en esta dialéctica? Cirigliano lo dice enseguida: las limitaciones del mundo de la razón y de la realidad social demandan una nueva organización sobre algo más que el acuerdo, la negociación, la explicación y los argumentos. La neguentropía de la razón termina conservando, inmovilizando, deteniendo el proceso. Este fracaso se supera cuando el segundo nivel (el de la razón) genera desde sí un nuevo proyecto reorganizador, pero no ya desde su nivel. Es el “valor”, propio del tercer nivel, que es el nivel del compromiso y del testimonio, donde la vida se juega por algo. Este tercer nivel es, para el autor, un proyecto que por tal origina la construcción de una sobrerrealidad en la que el individuo, lejos de indiferenciarse, genera mayor individualidad a través del darse, ya que uno es sólo lo que da, y uno solo tiene lo que da.

Y vuelve Cirigliano al análisis de la realidad argentina. Para el autor, la entropía argentina que se desprende del proyecto preilustrado viene a ser negada por la neguentropía que deviene de la Constitución Nacional, de la actividad política partidaria, de la pedagogía y el sistema escolar del proyecto de los exiliados y de la generación del 80, ya que buscan clarificar, racionalizar y encauzar, desde el segundo nivel (el de la razón) la desorganización y entropía anterior. Pero, como queda dicho, esta neguentropía del segundo nivel desemboca en un inmovilismo conservador. Dice Cirigliano que hoy este estado inmóvil, perverso, omnipresente y omnipotente es afectado por todo un sentimiento de la época, que lo enjuicia.

Se pregunta el autor: ¿cómo ha de superar la realidad argentina este segundo nivel? Cirigliano sostiene que el país, atrapado por el primer y el segundo nivel, está necesitado de un nivel purificador y axiológico que permita la continuidad de la continuidad. Así, la actividad política del primer nivel  es afán de dominio, triunfo del poder arbitrario. Es carisma y despotismo. Es caudillo y dictadura. La actividad política del segundo nivel es acuerdo, negociación realista y racional, concertación de intereses, consenso. Pero es también legitimación de lo existente[ix][ix] ¿Cómo imaginar, entonces, la política del tercer nivel?

 

La Hipertropía

 

Para Cirigliano, superar este quietismo de la razón del segundo nivel, y las políticas conservadoras del statu quo que han devenido de én en la realidad argentina, hace necesario una neguentropía superior, que él llama supertropía, una forma superior de vida-continuidad. Y da a esta forma diversos nombres, que extrae de las distintas concepciones superadoras[x][x] como espíritu, entrega, nosotros, divinización, hombre nuevo, nirvana, cristificación.

Cirigliano establece la hipótesis de que la donación supera a la vida y a la razón. Al primer y al segundo nivel. Así como la resurrección supera a la vida[xi][xi]

Toda conducta de entrega, dice el autor, es código de lo que ha de permanecer, y que permanecerá en los frutos que el código cifra. Es continuidad, en contraposición al entropismo de los actos del egocentrismo, o al conservatismo de la razón. La hipertropía supera a ambas. Sólo la voluntad -dice el autor- es buena, y mas aún cuando toma como objeto el querer de otra voluntad. Para Cirigliano, los actos de entrega de una voluntad que libremente se entrega a los valores y al otro, definen la esencia singular de ese hombre, le construyen su esencia y llevan adelante su evolución[xii][xii]

Los actos de entrega, dice Cirigliano, son inmortales. Todo acto de amor permanece para siempre. Y la red de los actos de amor de un todo social configura una superhumanidad (¡qué distinto esto, decimos nosotros, al superhombre niestzcheano!). Para Cirigliano, esta nueva estructura no es la de la vida orgánica: no resucita vida sino sobrevida, o inmortalidad. No es la reencarnación al estilo de Lázaro, que vuelve a asumir su cuerpo, sino una resurrección, cualitativamente diferente. Para Cirigliano la muerte es, en este caso, apenas la lectura del código.

En la Argentina, dice Cirigliano, esta donación se da en la Comunidad organizada. Y el intento de la Justicia Social (ambos datos propios de la doctrina justicialista originaria, nota nuestra) constituye una hipertropía en la que el individuo se niega para preferir a aquél que no puede, que necesita. En el primer nivel quien más puede más domina. En el tercero, el privilegiado es quien menos puede. La integración latinoamericana (otro de los contenidos teóricos del antiguo justicialismo, también nota nuestra)  es la versión continental de la justicia social: entregarse para integrarse. La política centrada en el tercer nivel, dice Cirigliano, es ponerse al servicio de los demás sin esperar recompensa alguna. Este tercer nivel es el dominio de la inmortalidad.

Culmina el autor diciendo que al principio se abrían dos caminos: el de la identidad universalizante propia del pensamiento griego y posteriormente, el europeo hasta nuestros días, y el de la multiplicidad originaria, propio del pensar oriental. En el momento actual, en su historia trillada y sufrida, América Latina se ha visto obligada a a destruir su ser propio, para ser universal. Un camino de sufrimiento para llegar... a la entropía. Pero el tercer nivel ha de redimir esta realidad, maximizando su singularidad, su diferenciación. La persona es establecida en tal por la entrega de sí. ¿Será ésta -la persona- el término final? Dice Cirigliano que, aunque paradojalmente la esencia de lo personal es el despojo del si-mismo (en la entrega) la persona debiera, por serlo, ser antientrópica.

El autor escribe este artículo al final de los años 80. Y comenta que en la Argentina coexisten la disolución entrópica del primer nivel  con el quietismo y la conservación del segundo nivel.  Para nuestro país, dice Cirigliano, la solución es el salto cualitativo hacia el tercer nivel, el de la donación, que tiene en su base tanto la comunidad organizada de la justicia social, como la integración latinoamericana ya que “nadie se salva ni se realiza si el otro no se salva ni se realiza”. La lógica del “primero yo” pertenece al primer nivel. El plan de desarrollo es del segundo nivel, pero el “proyecto”  es propio del tercero. Solo el proyecto (historia de una voluntad) organiza y vitaliza.

 

Nuestra conclusión

Hemos tenido la oportunidad de tomar contacto con un lúcido análisis de una realidad concreta vivida tanto por nuestra nación como por América Latina toda. La enajenación de nuestro pueblo, su horizonte acotado por la bota económica que lo agobia, su ética disminuida al “yo quiero” del primer nivel, y al “nosotros normamos desde la democracia realista, globalizada” del segundo nivel (tan propio del actual e insensible modelo que es aceptado como racional, lógico, necesario, aunque no existe nada más irracional que el despojo, la postergación, la angustia, el hambre, la muerte en vida, la negación de todo futuro) reclama un camino superador, y esta ética del donarse, este camino de Cirigliano merece ser considerado con atención. Estamos en presencia de un camino singular de establecimiento de una moral individual y social superadora. Es a la vez un intento -tal vez un tanto alambicado y que debiera resistir a un análisis mucho más profundo que el que se puede hacer en este trabajo- para establecer un “permanecer” con vocación de trascendencia.

Estamos en un todo de acuerdo en cuanto al diagnóstico y a la solución. La ética del donarse, de la comunidad organizada (entendiendo como tal a una comunidad que se organiza para que todos-sean, incluidos aquellos que han sido postergados, que están peor); la ética de la justicia social, la ética de la justicia social que se proyecta al continente en la integración latinoamericana, es una ética superadora del quietismo actual, producto tanto del egocentrismo como del mantenimiento del statu quo. Tal vez nos cueste más acompañar la realidad pontífice entre este diagnóstico y esta respuesta, que Cirigliano argumenta en el artículo. Tal vez la dialéctica de Cirigliano deba ser analizada más detenidamente. Pero en cualquier caso, llega a una conclusión que nos parece un camino único. En el sentido que no hay otro. Hoy más aún que en el momento en que el artículo fue escrito.

 

Raúl F.Llusá
 


 

[i][i] Hoy ya no se habla de “Deuda Externa”. En los primeros años de la década pasada, en cambio, era un tema dominante. Exclusivo. Hoy ya no se habla de ella, y no solivianta ella los ánimos colectivos. Pero está. Y está en la base de lo que constituye el principal ahogo del hombre argentino -como parte de un sujeto plural: el pueblo argentino-, es decir: la auditoría y dirección que se ejerce desde fuera sobre toda la actividad económica del país, que, como tal, enmarca la cotidianeidad del ciudadano. La deuda está en la base de todo condicionamiento con el que el Fondo Monetario Internacional perpetúa esta situación. El país necesita del dinero que el FMI presta para pagar los intereses del dinero que el FMI prestó... Pero para percibir este dinero que mantiene el estado de encadenamiento, es necesario cumplir con el recetario que sitúa al país en la órbita de sus cancerberos económicos, sumergiendo aún mas al ya sumergido, y pauperizando a quienes antaño tenían una ilusión de vivir con dignidad. Por eso el hombre argentino de hoy tiene sus horizontes puestos. Nuestros chicos y nuestras chicas, que terminan sus estudios secundarios, saben que ingresan a un mundo signado por la competencia feroz. Los puestos de trabajo no alcanzan para todos, porque esto es necesario -dice el dominio- para mantener el equilibrio fiscal. Entonces, los puestos de trabajo serán repartidos entre todos, que se irán sucediendo en su condición de ocupados-desocupados, según evolucione la rueda económica que gravita sobre sus vidas. Hoy tendrán empleo, mañana lo perderán. Luego volverán a empezar -de nuevo y desde abajo- en otro empleo, para perderlo nuevamente, y volver a comenzar el ciclo... hasta que la edad los margine de este juego y los deje librados a la caridad o a la solicitud de sus hijos, si es que estos han tenido más suerte. Hay, es cierto, algunos puestos de trabajo privilegiados. Pero estos son pocos, y están reservados a los mejor entrenados, y a aquellos que hayan entendido que para sobrevivir en este estado de cosas, es menester incorporarse en el sistema con fuerza de fé. Y nuestros chicos y chicas lo saben. Y este se constituye en otro elemento que pone horizontes, que enmarca, que define al hombre de hoy y lo conduce a moverse, como león enjaulado, en los estrechos márgenes que el dominio permite. Y aparece entonces la competencia, un a competencia feroz, esa en la cual, necesariamente, muchos quedarán en el camino. ¿Qué sujeto plural -nos preguntamos- puede establecerse de manera creativa, cuando en su génesis está inscripta no ya la lucha de clases de la que hablaba el marxismo, sino la lucha despiadada de individuo contra individuo, aún en la misma clase, en aras de conquistar el exiguo estado de bienestar que nuestra situación de deudores eternos reserva a unos pocos?

Debemos, entonces, estar de acuerdo con Cirigliano en que la condición de deudores nos “pone” los horizontes. No creemos que nos construya la esencia, pero estamos convencidos de que nos perimetra, nos acota la posibilidad de expandir, de actualizar todas las notas de la que nos es propia.

[ii][ii] Piénsese -decimos- en el proceso de retorno a lo inorgánico de la materia muerta: aquello que fue asiento, -tal vez- de la genialidad del filósofo, se vuelve tierra con la tierra...

[iii][iii] No compartimos esta opinión, ni en el hecho del presunto carácter entropizante de los cuatro elementos, ya que si bien se puede descubrir una eventual acción en tal sentido en ellos, también es dable encontrar procesos en los cuales estos cuatro elementos -o algunos de ellos- se conjugan en procesos de establecimiento y diferenciación, ya a nivel orgánico (como facilitadores de la vida) ya a nivel inorgánico (en la producción de minerales, por ejemplo) ni en que los griegos los hayan establecido como elementos últimos por este presunto carácter entropizante, ya que no hubo acuerdo entre ellos sobre el papel que jugaban los elementos en el trasfondo de la realidad. Por otro lado, el carácter indiferenciado original es más propio del pensamiento oriental, que habla de un principio “uno, indiferenciado”, que del pensamiento griego, que habla de caos, como presencia desordenada de lo diverso: no hay homogeneidad en el caos primitivo.

[iv][iv] Por lo dicho en (3), el caos no es, a nuestra forma de entender la esencia de “caos”, nada homogéneo)

[v][v] Aquí aparece la paradoja: todo en el universo parece ir preparando el camino para la vida, la vida como superación de la entropía universal, ya que la vida rompe con el molde común de lo entrópico estableciéndose como culminación de un proceso, como consecuencia final de millones y millones de causas anteriores. Si lo entrópico lleva a la homogeneización, y la vida a la diferenciación y especialización, ambas realidades son antagónicas. Si la vida parece consecuencia final de un proceso de complejidad infinita en el que intervienen todos los factores entrópicos, se manifiesta fenoménicamente que lo neguentrópico es consecuencia superadora de lo entrópico. Pero la muerte rompe con esta línea teleológica. La paradoja desaparece si tomamos la vida como proceso continuado a través de la generación-muerte-generación, pero el entropismo universal presente en el universo, ese que predice una catástrofe entrópica final y (¿acaso?) definitiva, la establece nuevamente. La paradoja es: la homogeneización final muerta es el resultado de un proceso cuya teleología anterior a este final paradojal es la biotropía: el movimiento hacia la vida. ¿Qué solución, salvo cualquier tipo de trascendencia, podemos establecer para esta contradicción fundamental en la arquitectura de lo existente?

[vi][vi] Así, la continuidad vence a la entropía no solo en la transmisión de vida padre-madre/hijo, sino también entre los distintos niveles vitales del individuo, y de aún un sujeto plural, como puede ser una nación; como puede ser el sujeto plural “hombre-argentino-miembro-de-un-pueblo-endeudado”

[vii][vii] Nosotros agregamos: cualquier conocimiento que, nacido en una realidad, quiera ser aplicado a otra sin un riguroso proceso de enraizamiento, produce este efecto entrópico, aunque convengamos que es un tipo distinto de entropía que no inhiere el ser de algo sino el “estar siendo” de lo mismo.

[viii][viii] La organización nacional, puede pensarse, es un movimiento neguentrópico. Pero -agregamos nosotros- ¿qué neguentropismo podemos encontrar en el proyecto organizador liberal, plasmado a través de la generación del 80, pero consecuencia del proyecto ilustrado de muchos de los hombres de Mayo y de la generación de los exiliados? ¿Qué “continuidad vital” neguentrópica es dable encontrar en este proceso que parte de la negación de “lo anterior”, “lo propio”, “lo fundante”, estableciendo un quiebre en esta continuidad, para traer otro proyecto, otro modelo, el único valido al decir de Sarmiento o Alberdi, que parte del hecho de la negación de la vida propia, para arraigar el proyecto del inmigrante europeo culto?

[ix][ix] En el sentido que Habermaas daría al término (nota nuestra)

[x][x] Aunque, decimos nosotros, no todas ellas son neguentrópicas, ya que, por ejemplo, es al menos dificultoso establecer la esencia del nirvana como para colocarlo como ejemplo de neguentropía.

[xi][xi] Salvo en la paradoja del cuento de Mary Schelley, en donde el dador de la vida (El Dr. Frankenstein) genera resurrección, pero no como donación: no se da, sino que “construye” vida para gloria de su propia razón. No es tercer nivel sino segundo, y permanece pues en el fijismo del segundo nivel. Por eso lo que construye no es “continuidad” sino monstruosidad que concluye en drama. No es difícil hacer un paralelo entre este producto de la imaginación de la escritora y determinados proyectos científicos de hoy, que no se han proyectado al tercer nivel, y que por tanto están condenados a permanecer atados a la entropía.

[xii][xii] Volvemos a puntualizar: desde nuestra concepción antropológica aquilatada en el crisol del tomismo, Cirigliano se extralimita en su posición existencialista y confunde actualización con construcción, cuando habla de la esencia del hombre. El hombre no es lo que se elige, sino que está condenado a elegir continuamente entre el quietismo o la actualización incesante de todas sus potencialidades esenciales.