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Liber et Sapientia

Una página de filosofía y Pensamiento Analítico Integrador, que es un camino, una metodología de análisis de la realidad.
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Querido amigo, que estudiás filosofía:

 

Como joven que se está formando en un ámbito de por sí complejo como lo es la Filosofía, sería bueno que tuvieses en cuenta algunos consejos, dados con cariño, pero también con fidelidad a la responsabilidad que es indelegable en un educador que, además, se dedica a hacer filosofía.

Sé que no soy tu maestro, porque vos hacés filosofía por tu cuenta. Y por ende podrías reclamar que no me asiste ningún derecho para darte consejos.

Pues bien: concedido. No me asiste ningún “derecho”. No te daré estos consejos porque tenga derecho a dártelos. Te los daré porque lo considero mi deber. Y en mi ponderación metafísica, mis deberes están primero que mis derechos. Y te los doy porque deseo lo mejor para vos.

Mis consejos son, en primer término, consejos relativos al método. Pero atención: el hecho de que te dé tal o cual consejo, no significa necesariamente que vos tengas la debilidad metodológica que el consejo pretende corregir.  Yo te digo todo lo que me parece importante tener en cuenta. Vos tenés que evaluar si alguno de estos consejos te sirve en tu caso personal, en la posibilidad de que pudieses tener la debilidad metodológica a corregir.

No es un trabajo terminado. Supongo que lo iré corrigiendo y ampliando. Pero como lo óptimo es enemigo de lo bueno, según sentencia el refrán popular, aquí te voy alcanzando algunas cosas que se me ocurren.

 

Primer consejo: desconfiá de tus certezas

 

Todos los seres humanos, pero de manera especial los intelectuales, tenemos un altísimo concepto de nuestra propia capacidad, de la validez de nuestros juicios, de la solidez de nuestros razonamientos. Es una tendencia frecuente, pero peligrosa en un pensador. Obedece a uno de los mecanismos de defensa que tipificó en su momento Anna Freud.

Si nos dejásemos vencer por esta tentación, estaríamos convencidos de que tenemos la razón siempre, cosa que es sencillamente imposible, puesto que la experiencia nos marca que erramos a menudo: por falla en el método, por desconocimiento de alguno de los aspectos de un problema dado, por condicionamientos propios o del ambiente. Tan innegable es la realidad del error, que llevó a San Agustín a fundamentar en el error el convencimiento de la propia existencia: Fallor, ergo sum”.

Sé con vos mismo al menos tan crítico como lo sos con los demás. En realidad, sería sano que fueras aún más crítico. Porque la críticas a las propias convicciones, crítica previa a la proposición (y a veces a la defensa airada) de aquello en lo que creemos, evita muchas veces que lancemos con convicción mal fundamentada opiniones que pronto muestran adolecer de fortaleza. Y de esta forma nuestro prestigio intelectual decae, porque adoptamos más la actitud del discutidor de café que la de un pensador riguroso y serio.

 

Segundo consejo: tené siempre presente el camino que te falta recorrer

 

Cuando un seminarista diocesano de primero o segundo año de seminario es comisionado para leer el guión de guía de una misa crismal, en la Catedral, suele ser muy graciosa la gravedad que adopta, poniendo voz “de obispo” y hablando con una cierta condescendencia, desde su altura, a los simples mortales que se encuentran en las naves del templo. En efecto: un vicio frecuente en la juventud es el de comer el pato antes de cazarlo. Dicho en otros términos: gozar del propio prestigio antes de haberlo conseguido. A veces, cuando uno es joven juzga su mérito por lo que se siente capaz de realizar, y no por lo realizado. ¿Quién era que decía “Uno se juzga a sí mismo por lo que se siente capaz de hacer. Los demás nos juzgan por lo que ya hemos hecho?” No me acuerdo. Pero adhiero plenamente a la frase. El seminarista condescendiente de alguna manera piensa que es absolutamente un hecho inevitable que llegue a obispo,  cardenal y tal vez papa. Es sólo una cuestión de tiempo.

Pues bien: aunque sea un vicio frecuente en una persona joven, hay que erradicarlo, porque genera en los demás un fuerte rechazo que no nos ayuda precisamente a crecer en el prestigio intelectual que estamos queriendo construir.

La vida es un camino siempre inacabado. En la juventud, todo es promesas, todo es posibilidades que se nos presentan llenas de atractivos, y alcanzables y cercanas según nuestro juicio. Pues bien: será nuestro esfuerzo, nuestro talento y el tiempo los que nos harán recorrer el camino. No es bueno adelantarse.

muchas veces tiene tendencia a emitir juicio aún antes de tener los elementos como para hacerlo con justicia. Recordá que la Filosofía es una disciplina rigurosa en cuanto al método. No se puede hacer filosofía sin la historia de la filosofía como herramienta. Para el pensamiento analítico ver la historia de la filosofía es un paso imprescindible en el método. Pues bien: no pierdas de vista que, como estudiante, estás en el principio del camino. Un camino que ciertamente no terminará cuando te recibas, porque el camino del pensamiento es eterno. Pero que ciertamente te dará una solidez mayor cuando hayas recorrido todo el itinerario de la formación. No te sitúes, comenzando la senda, en el rol y el lugar de prestigio de un reconocido doctor en Filosofía. Todo llegará a su tiempo. Es de sabios admitirlo. El bien es arduo de alcanzar, querido amigo. No lo olvides jamás. El bien, el verdadero bien, requiere del cansancio de la ascensión.

 

Tercer consejo: no subestimes ninguna opinión

 

Todos nos pueden ayudar a ver la realidad. Aún las personas más humildes. Por supuesto que hay gente que por su preparación, perspectiva, sabiduría o lo que fuere, nos dará seguramente una perspectiva más amplia. Pero todos pueden, en determinado momento, ayudarnos a discernir. Escuchá a todos, para después ponderar sin prejuicios. No emplees mentalmente el argumento ad hominem.

Pero si esto es conveniente con las opiniones humildes, también lo es para con las opiniones de aquellos que de ninguna manera son intelectualmente pequeños, pero se sitúan en una vereda intelectual distinta de la nuestra. En una palabra: tampoco subestimes como método, ni dejes de prestar atención, a los argumentos y los razonamientos de aquellos que piensan distinto, y aún furiosamente opuestos a vos. Descubrirás muchas veces que algunas de las cosas que ellos postulan pueden servir, al ser verdaderas, a tu propio andamiaje intelectual.

 

Cuarto consejo: creé en la necesidad de los maestros

 

Desde muchos lados se nos incita hoy  a pensar que lo sabemos todo. ¿Quién -pensamos inconscientemente- nos puede enseñar algo a nosotros? El hombre de hoy cree que no necesita de los maestros. A lo sumo requiere (cree) de personas que le indiquen dónde debe encontrar tal o cual material. No necesita maestros. Necesita asistentes. Guías de autoayuda. ¡Ay! ¡Están en decadencia los maestros: los jóvenes creen que no los necesitan!

¡Qué pobreza! ¡Qué empobrecimiento!

Es verdad, hay que admitirlo, que hay una crisis de maestros, porque el maestro no es sólo quien conoce sobre determinada disciplina, sino también aquél que posee sabiduría, que es dueño de sentido común, y que tiene la capacidad de ayudar a otros a que vayan desplegando todas sus potencialidades. Hoy hay muchos maestros que producen tristeza.

Pero también hay, en los tiempos que corren,  una irreverencia igualitarista y degradante, muy presente en los medios de comunicación y en algunos discursos políticos o ideológicos, irreverencia que persigue diluir la natural y necesaria (alguien la llamó fecunda) asimetría que existe en el vínculo entre quien enseña y quien aprende. Se busca igualar a los miembros de la relación educativa no en la dignidad, cosa que es verdad de Perogrullo, sino en el rol, con el fin de destruir sistemáticamente la autoridad del maestro.

Hoy el magisterio está en crisis, pero también está en crisis el discipulado. El hombre actual, conciente o inconscientemente, desconfía de las mediaciones. Y el magisterio es una mediación. De esta forma, el hombre de hoy se priva de la tutela sabia de aquél que nos ayuda a advertir nuestros errores, nuestros vicios de razonamiento, nuestras subjetividades. Sucede que los maestros -¡es verdad!- ponen en riesgo nuestro amor propio, nuestro orgullo. Y para defender esta pequeña miseria, resignamos  lo más importante, que es la posibilidad de contar con guías seguras para crecer hacia la sabiduría y la virtud.

No se trata de ponerse sin más en manos de cualquier imbécil. No son muchos los que pueden hacer las veces de maestros de vida. Pero cuando los encontramos, tenemos que tener la humildad de reconocerlo, y de abrirnos a la escucha.

Hay en la relación entre maestro y discípulo una asimetría que es esencial a la relación. En esta asimetría -que te repito es una asimetría en el rol, no en la dignidad- el discípulo debe respetar la autoridad del maestro, la cual no entra en menoscabo aún frente a los errores que el maestro pueda cometer. Incluso el hombre sabio se equivoca. Pero tiene la capacidad de darse cuenta y de admitir el error, porque un error admitido es bajo determinado aspecto una verdad. Es necio pretender subir a la altura del maestro, o bajarlo a nuestra altura, y de esta forma desaprovecharlo. Tarde descubren esta verdad muchos imprudentes que caen en esta tentación.

Una palabra sobre el tema de la autoridad. Autoridad, que significa «autoría», tal el significado del «auctoritas» latino que viene del sustantivo «auctor», que nombra a aquél que produce, que hace nacer, que es causa de algo, fundador de algo, el que da impulso a algo, o da ejemplo de algo. De esta manera, la «auctoritas» es propia del «auctor», cuyo nombre viene del verbo «augere», que quiere decir aumentar, producir, acrecentar. La autoridad del maestro tiene que ver con su condición de causa eficiente o ejemplar de alguna perfección o crecimiento en su alumno

Hay un libro muy apropiado para ahondar este tema. Se llama “Lecciones de los maestros”, de George Steiner (caro: unos 48 pesos) y es una joyita sobre esto. Habla de los grandes maestros de la historia del pensamiento, sus estilos, los estilos de sus discípulos. Una joyita recomendable. Steiner concibe a la enseñanza como la actividad más alta del género humano, que no vence a la muerte pero seguramente consigue trascenderla.

 

Quinto consejo: no te cierres en el perímetro parcial de tus ideas

 

El amor propio, el orgullo, del cual ya hemos hablado, y que tiene que ver con una necesidad de asentimiento que se vincula con nuestro ser mismo (debo afirmarme, debo enfrentar con éxito a lo otro, debo poseer siempre una acabada verdad, porque así me convenzo a mí mismo de mi valía, aunque desconfíe de la apreciación que sobre mí tienen los demás) nos lleva muchas veces a adoptar una postura frente a un problema dado. Una postura que puede estar fundamentada bien, más o menos o mal. Pero es la nuestra. Y nos embanderamos tras esa postura sin dar el brazo a torcer.  Dejamos de advertir que en la labor intelectual lo que importa es ver lo que la cosa es, y no tanto defender un determinado punto de vista. Por supuesto que si estamos real y honestamente convencidos de algo, es porque tenemos argumentos de peso, argumentos convincentes para estar autoconvencidos. Por eso mismo tenemos que mostrarlos, para que el otro vea el peso innegable de esos argumentos. Pero si nuestros argumentos son débiles, es menester admitir que también es débil nuestra postura, y que por lo mismo debemos estar abiertos a ver lo que nos puede aportar la visión del otro, tal vez desde otra perspectiva que no necesariamente debe reemplazar a la nuestra. Tal vez deba complementarla.

Cuando en una discusión nadie concede nada al adversario, es porque todos son necios. Es sumamente improbable que de dos cerebros de peso uno siempre se equivoque y el otro siempre acierte. Es absurdo. Y quien sostenga una cosa así es necio. Generalmente la verdad cambia de vereda frecuentemente, y a veces cruza la calle y la encontramos en cualquiera de los puntos intermedios que hay de una vereda a la otra.

Por lo mismo, cuando nadie cede, es porque en realidad lo que importa a esa gente es defender su pequeño territorio de orgullo, y no la búsqueda honesta de la verdad de lo real.

 

Para terminar, agrego más abajo una serie de textos que me parecen valiosos para un joven que ha optado por estudiar filosofía. Te recomiendo leer y meditar todos los siguientes párrafos, pero creo que el primero, la carta de Ortega a un joven que estudia filosofía, es de una riqueza sin parangón para tu situación actual.

Un abrazo, y adelante.

 

Raúl F. Llusá

 

 

De Ortega y Gasset:

 

“Me ha complacido mucho su carta, amigo mío. Encuentro en ella algo que es hoy insólito encontrar en un joven, y especialmente en un joven argentino: pregunta usted algunas cosas. Eas decir: admite usted la posibilidad de que las ignora. Ese poro de ignorancia que deja usted abierto en el área pulimentada de su espíritu, lo salvará. Créame: no hay nada más fecundo que la ignorancia consciente de sí misma. Desde Platón hasta la fecha los más agudos pensadores no han encontrado mejor definición de la ciencia que el título propuesto por el gran cusano[1]a uno de sus libros: “De docta ignorantia”. La ciencia es, ante y sobre todo, un docto ignorar. Por la sencilla razón de que las soluciones, el saber que se sabe, son en todos sentidos algo secundario con respecto a los problemas. Si nos e tiene clara noción de los problemas mal se puede proceder a resolverlos. Además, por muy seguras que sean las soluciones, su seguridad depende de la seguridad de los problemas. Ahora bien: darse cuenta de un problema es advertir ante nosotros la existencia concreta de algo que no sabemos lo que es; por tanto, es un saber que no sabemos. Quien no sienta voluptuosamente esta delicia socrática de la concreta ignorancia, esa herida, ese hueco que hace el problema en nosotros, es inepto para el ejercicio intelectual.

…La juventud argentina que conozco me inspira (¿por qué no decirlo?) más esperanza que confianza. Es imposible hacer nada en el mundo si no se reúne esta pareja de cualidades: fuerza y disciplina. La nueva generación goza de una espléndida dosis de fuerza vital, condición primera de toda empresa histórica, y por eso espero en ella. Pero a la vez sospecho por completo de su disciplina interna, sin la cual la fuerza se disgrega y volatiliza. Por eso desconfío de ella. No basta la curiosidad para ir a las cosas. Hace falta rigor mental para hacerse dueño de ellas.  En el pensamiento joven argentino encuentro demasiado énfasis y poca precisión. ¿Cómo confiar en gente enfática? Nada urge tanto en sudamérica como una general estrangulación del énfasis. Hay que ir a las cosas sin más. El sudamericano, por razones que no viene al caso analizar aquí, propende al narcisismo. Al mirar las cosas no “abandona” su mirada sobre éstas, sino que tiende a hacer de ellas un espejo donde contemplarse. De aquí que, en vez de penetrar en su interior, se queda casi siempre ante la superficie, ocupado en dar representación de sí mismo y ejecutar cuadros plásticos. Pero la ciencia y las letras no consisten en tomar posturas delante de las cosas, sino en irrumpir dentro de ellas merced a un viril apetito de perforación. Son ustedes más sensibles que precisos, y mientras esto no varíe, dependerán ustedes íntegramente de Europa en el orden intelectual. Porque, al ser sensible, toda idea graciosa y fértil que se produzca en Europa conmoverá, quieran o no, el fino receptor que es su organismo. Pero al querer reaccionar frente a la idea recibida: juzgarla, refutarla, valorarla y proponerle otra, encontrarán ustedes dentro de sí es vaguedad, esa falta de criterio certero, firme, seguro de sí mismo que sólo se obtiene mediante rigurosa disciplina.

Siempre me ha sorprendido la desproporción entre la inteligencia, a menudo espléndida, de los sudamericanos y esa otra facultad que es el criterio. tal vez en horas de sinceridad consigo mismo percibe, todo buen intelectual sudamericano, ese extraño secreto de la insuficiencia de su criterio. Cualquiera sea su énfasis hacia el exterior (énfasis que en ocasiones se elva a petulancia) en el fondo insobornable que arrastra todo hombre consigo se le advierte que no está seguro de sí mismo en el difícil manejo de las ideas…

La nueva generación necesita completar sus magníficas potencias con una rigurosa disciplina interior. Yo quisiera ver en los grupos de jóvenes la severa exigencia de ella. Pero acontece que veo lo contrario: un apresurado afán por reformar el universo, la sociedad, el Estado, la Universidad, todo lo que fuera, sin previa reforma y construcción de la intimidad.  En este punto no pactaré jamás con ustedes y me hallarán irreductible… (José Ortega y Gasset, carta a un joven argentino que estudia filosofía, 1924)

 

De Emilio Komar:

 

“La sabiduría es «sapientia», y sapientia es «sapida scientia», esto es: ciencia sabrosa, gustosa. es decir: ciencia no seca, no meramente fáctica, o fríamente nocional, sino sabrosa. Y el sabor… ¿de dónde proviene? Precisamente del sentido de las cosas, estrechamente unido a su valor. Lo que tiene sentido, también vale”. (Prof. Dr. Emilio Komar: disertación Fe y Cultura, 30-8-79)

 

“El estudio sólido, en base a profundizaciones, repeticiones (antaño se decía: «repetitio est mater studiorum»), de rumias, para llegar a ver claro y con precisión, ya no tiene muchos partidarios. El universitario moderno pide comida liviana, premasticada y predigerida, presentada en forma dogmática y categórica, para evitarse casi del todo el temido trabajo de pensar. Se junta a esto el cambio frecuente de paradigma, y la codicia de lo nuevo y de lo último que introducen en la casa austera de las ciencias la moda y la frivolidad. Es sabido que es harto antipedagógico estudiar las disciplinas según sus versiones últimas y ultimísimas cuando no se posee la base suficiente y, como muchas veces ocurre, no sólo no se conocen las teorías anteriores, si no que no se tienen ni cuatro conceptos claros al respecto. Y lamentablemente no faltan maestros ni autores que deslizándose por la misma barranca hedonista están dispuestos a hacer cuantas concesiones se quiera a un público viciado” (Prof. Dr. Emilio Komar, La Formación Intelectual)

 

“La vida para un espíritu creado está en proporción a su apertura al orden de los seres que lo rodean y del cual él mismo forma parte, y a su apertura al Ser Increado, que es su fundamento. Apertura que es auscultación incesante de los demás seres, de su sentido y de su orden. El realismo es saber ver, saber oír, saber subordinarse, saber renunciar al propio “sistema”. Una mentalidad “sistemática” no da lugar a la auscultación atenbta de lo que no es parte del sistema. La incapacidad de oír (audire) quita de toda base a la capacidad de «ob-audire», o sea: oír (audire) yendo al encuentro (ob), de donde viene el verbo oboedire, que significa obedecer. La obediencia, entendida en su sentido profundo, empieza a extinguirse mucho antes de explicitarse este proceso en una crisis visible de autoridad, de filiación, de colaboración entre las generaciones. Sin «audire» no hay «oboedire». (Prof. Dr. Emilio Komar, “Para una filosofía de la Filiación”, frente a los 80 años del Dr. Tomás Casares.

 

De Rilke:

 

“Para nosotros la existencia aún está encantada. En cientos de lugares es todavía origen. Un juego de fuerzas puras que nadie toca, si no se arrodilla y admira” (Rainier María Rilke, Las elegías de Duino, Ed. Aubier, Pag. 213)

 

De Sciacca:

 

“La pérdida del límite por fuerzas que hollan la voluntad no ejercitada ni empeñada en la resistencia (y con ella la razón y los sentimientos obscureciendo a la inteligencia) es la caída del hombre en la estupidez, que no es propia de la inteligencia en cuanto tal, sino que es propia del ser inteligente y a la vez racional. La inteligencia es obscurecida y la razón se hace estúpida. Sólo el hombre es estúpido porque sólo el hombre es inteligente. No hay, en sentido propio, una estupidez del cuerpo o los sentidos, y no hay animales estúpidos… Este tipo de hombre no está desprovisto de inteligencia, que es indestructible: simplemente se le ha obscurecido. Conoce y obra sin que dé señal de inteligencia. Es ciego respecto del límite. Antológicamente el hombre permanece lo que es,  pero se comporta disformemente con lo que es, no como ser inteligente. Donde está el límite, allí está el signo de la inteligencia; donde el límite está negado, está el signo de la estupidez. Del lado de la inteligencia  están la cultura y los sentimientos más altos. Del otro, la incultura y las pasiones más bajas. Propio de la estupidez es el ir más  allá de los límites del pensamiento y de la voluntad” (M.Federico Sciacca, El Obscurecimiento de la Inteligencia, Pags. 33-34)

 

 

De Pieper:

 

“Es de suponer que sólo un trabajo lleno de sentido puede ser el suelo sobre el que prospere la fiesta. Quizá ambas cosas, trabajar y celebrar una fiesta, viven de la misma raíz, de manera que si una se apaga, la otra se seca”. (Joseph Pieper)

 

 

Sobre el respeto a lo real, frente al anhelo de poseer, adueñarse subjetivamente de lo que es inalienablemente otro, te propongo, para finalizar, este fragmento de un poema de Antonio Machado:

 

“Hay dos modos de conciencia,

una es luz, la otra penitencia.

Una estriba en alumbrar

un poquito el hondo mar.

Otra en hacer penitencia

con caña, red y esperar

el pez como pescador.

Dime tú: ¿cuál es mejor?

¿conciencia de visionario

que mira en el hondo acuario

peces vivos, fugitivos,

que no se pueden pescar?

¿O esta maldita faena

de ir arrojando en la arena

muertos, los peces del mar?”

 

Te mando un abrazo enorme, y te deseo lo mejor en este maravilloso mundo del pensamiento metódico y riguroso.

 

Raúl