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Análisis del artículo "Ontología y Ética en América", de Nerva Bordas de Rojas Paz

 

Por Raúl F. Llusá

 

REVISTA DE FILOSOFIA LATINOAMERICANA Y CIENCIAS SOCIALES, AÑO XIV, Nº 14, BUENOS AIRES, NOVIEMBRE DE 1989

 

Introducción

 

Cuando referimos a la génesis ontológica de América hacemos alusión a la gestación del ser americano fenoménicamente describible en el existencial concreto actual, pero que solo deviene comprensible a través de la toma en cuenta de al menos tres circunstancias fontales de un proceso en devenir, aún inacabado:

a. La existencia de dos modelos de aproximación y avance del europeo a la tierra americana: el modelo sajón y el modelo íbero; modelos que se encuentran en sus consecuencias disgregantes y fracturantes del proceso autóctono de desarrollo que se venía dando en esta tierra, pero que tienen características, motivaciones y metodologías distintas, apoyadas las tres en filosofías diversas que las sustentan;

b. El desigual índice de mestización o acriollamiento que experimenta América en los ámbitos influidos por uno u otro proceso; y

c. La fractura en el desarrollo socioeconómico de los pueblos que se fueron desplegando  en el continente.

Es partiendo de estos supuestos que se puede ahondar en un abordaje teórico de la cuestión ontológica americana, su relación con la ética, la existencia de una fractura ontológica que la autora sitúa en el contexto del sujeto iberoamericano y las consecuencias que en la praxis se manifiestan en este ámbito concreto, que es el objetivo del artículo que analizamos.

En un primer momento procederemos a analizar el artículo en cuestión, definiendo los alcances del problema, el marco referencial empleado por la autora, y las consecuencias filosóficas que se desprenden del trabajo, para finalizar con nuestra crítica y aporte personal.

 

El artículo

 

1. En la introducción, plantea la autora que su trabajo integra otro de mayor envergadura en el que la cuestión de la fractura ontológica es abordada en relación a los pueblos en general, dedicándose en el artículo que nos ocupa al análisis de tal proceso en el ámbito del sujeto iberoamericano. En lo general, sostiene Bordas que hay una “desatención” del producido cultural comunitario de los pueblos, desleído en lo que ella llama “las mediaciones infecundas” que se desprenden de los pueblos en unidades políticas abstractas en las cuales no hay participación plena y efectiva de los sujetos plurales en su propia génesis y en su funcionamiento. Se produce, en este marco, un destilado en el cual hay una fractura de integración entre individuos y comunidad, y ambas con sus dirigentes.

El contexto general de interpretación debe ser encontrado en el campo de la ética,    desde que -sostiene la autora- lo ético se despliega en un nivel ontológico, ya que la acción libre tiene   carácter constitutivo del ser, y cuando la libertad se objetiva en una ley se manifiesta lo ético: la ley ética supone el ejercicio real de la libertad por parte del sujeto que la produce.

Admite la existencia de un caos del que un individuo o un pueblo pueden salir a través de la ley ética, que desde la libertad del individuo ordena el caos, constituyendo ontológicamente los distintos sujetos de análisis, sean éstos individuos o pueblos.

La ley ética así considerada configura un sujeto real autónomo, con función creadora. Distingue, sin embargo, la libertad de la que hace referencia, una libertad solidaria, que se concretiza en un ámbito de encuentro con el otro, que no amenaza la proyección del individuo como tal sino que lo potencia, en contraposición con el concepto moderno de libertad, centrada en el individuo como absoluto. Así, la ética se mueve dentro de un tramado consensual que se genera del enlace de voluntades libres que resuelven sus tensiones internas y establecen una ley que identifica la identidad del grupo, de la que se desprenden todos los producidos del mismo.

Aparece aquí en el artículo el concepto de justicia originaria que se da sustancialmente en los grupos así constituidos, porque éstos reconocen el nivel ético y su posibilidad de realización. Una negación ética conlleva la negación del ser del grupo y de la posibilidad de concreción de la justicia originaria.

De esta forma,  la fractura ontológica aparece cuando se impide a los pueblos constituirse y obrar éticamente, o sea, cuando la libertad de los individuos o los pueblos  no puede objetivarse como ley, porque no hay un ejercicio real de la libertad por parte del sujeto que produce la ley. Los pueblos que están impedidos de tomar decisiones libres que se constituyan en una ley están por ende impedidos de expresar la justicia originaria, y se produce en este caso la  fractura ontológica, entendiendo como tal a una escisión en su ser.

El programa del artículo consiste en marcar esta fractura en el ser iberoamericano para hacer presente y visible un camino de retorno.

2. La génesis ontológica iberoamericana. Indica la autora la existencia de dos horizontes antagónicos en la América en génesis: el del modelo sajón de conquista y el del modelo íbero. En el primero, teñido del espíritu moderno europeo, desaparece el conquistado, tanto desde una perspectiva real, a través del exterminio, como desde una perspectiva cultural, en la que no es tenido en cuenta. En el horizonte íbero se produce un destilado mucho más complejo, en el cual el conquistador se ve “conquistado” por la tierra que lo recibe, sobre la que ejerce su violencia pero que a la vez lo dociliza en una serie de tensiones de opuestos: muerte y transfiguración, resistencia y génesis. La naturaleza conquistada, la lengua que se impone, la religión que establece bienes y males, enfrentados a la otra realidad, la de la explotación, el dominio y la violencia. En este juego de fuerzas van surgiendo los elementos constitutivos básicos de una identidad que desde la multiplicidad va deviniendo uno, un uno reformulado propio, distinto de las vertientes que lo constituyeron.

Las primeras organizaciones políticas van a comenzar a surgir -dice la autora- cuando aún no ha acabado esta síntesis entre las fuerzas constitutivas diversas. Estas formas políticas propias  se van concretizando y definiendo en su realización actual, y en este tejido ético hace real su diferencia con los constituyentes: español, europeo, indígena, para gestar el “americano”, al cual se irán integrando los aportes migratorios posteriores, diversos, pero que se adecuan al proceso en gestación acriollándose y reabsorbiéndose en la identidad americana en ciernes.

Iberoamérica, para Bordas, presenta una unidad de sentido, que surge de un espacio compartido en el que se despliega el sujeto conquistador, en su actuar avasallante, alejado del espíritu de la modernidad, avalado por Dios que lo lleva a la misión de salvación de las almas de los pueblos descubiertos,  aventura que establece como realidad unificada al continente conquistado. Desde aquí se abren tres caminos de análisis, a saber:

-El camino de las semejanzas

-El camino de las diferencias

-El camino de la integración

a. Camino de las semejanzas

Se alude aquí a un fundamento originario común, dado por:

a.1. Nombre, espacio e impronta histórica que son comunes.

a.2. Mestizaje y poder de síntesis del hombre íbero, que proviene de su propia cosmovisión y lo lleva a posibilitar su unión con el nativo dando origen al “criollo”, nuevo tipo de hombre, y la magnitud de este hecho se advierte cuando se lo enfrenta a la otra visión, la sajona, en la que no se da. Señala Bordas la dualidad inicial de la experiencia          española de conquista, en la que descubre ambigüedad, ya que esta capacidad de             mestización se enfrenta a la originaria violencia, devastación y exterminio; pero la capacidad de abrigo de América posibilita esta acción condensadora plena de reabsorción y génesis de algo nuevo, una síntesis plena de energía. Síntesis en la que conquistador y nativos van siendo reabsorbidos en el nuevo sujeto, con matices diversos según las distintas zonas.

Hay en América un poder especial de síntesis, síntesis creadora, cuyo desconocimiento conduce a la desarticulación general afectando  su crecimiento efectivo. Y alude la autora  aquí a la negación del ser mestizo, parta ésta de la afirmación del indigenismo a ultranza como del europeísmo puro. El error, señala, está en suponer la autonomía             genética de las raíces negando la capacidad sintética que se da en los pueblos. De aquí deviene la resistencia de los pueblos iberoamericanos a ser incorporados al             proyecto europeo moderno o posmoderno, que desconoce sus particularidades  propias.

Planes que, dice Bordas, intentan hacer de América algo que no es, fracturando su ser y alterando su ontología, ya que América vive de diferente manera los sentidos de hombre, humanidad, Dios, y de todo lo humano en general.

El mestizaje involucra a todos sus componentes en renuncias que devienen en un emergente de identidad nueva.

a.3. Religión y lengua, impuestas a todo el ámbito conquistado, pero sin poder permanecer en su pureza original.

Así, los dioses indígenas no desaparecen del todo; y la religión cristiana va siendo afectada por lo que luego se llamará la “piedad popular”, en donde desde la imaginería hasta la concepción de los ritos, de la “fiesta” y los personajes sagrados se tiñen de las  fuentes de los dioses indígenas que subterráneamente subsisten.

A este debe agregarse la particular aceptación del concepto de libertad cristiana, alejada del concepto de libertad propio del liberalismo dogmático de la modernidad europea, tocado de individualismo extremo.

En lo tocante a la lengua, también esta es asumida pero recreada, y en esta recreación se sintetizan también lo nativo y lo extraño en lo adviniente. Y esta lengua recreada es -al decir de Humboldt- “expresión del espíritu y la concepción del mundo de los sujetos hablantes” que, en el caso del sujeto iberoamericano, será una concepción propia y diversa de aquellas que le dieron origen.

El lenguaje -dice Bordas- es creado activamente por el sujeto americano, con lo cual participa del acontecimiento ético, en cuanto es más que una herramienta de comunicación para establecerse como núcleo de realización, tanto individual como grupal.

Por ello tanto religión como lengua constituyen ontológicamente a América, un ser novedoso en el que permanecen, sin embargo, sus raíces ancestrales.

a.4.  Sometimiento, como punto de partida común que despierta una también común tarea  liberadora sentida como propia e igual por los distintos pueblos, que buscan su identidad de tales y la posibilidad de tomar decisiones basadas en esta identidad, tensión que motiva los distintos movimientos de liberación experimentados como una experiencia de necesidad común planteada en términos de unidad continental, situación que se va a ir desnaturalizando con el correr de los años, llegando a nuestro siglo con pueblos dispersos, disociados, desmembrados, y por ende, con menos posibilidades de gestar su liberación.

a.5. Relación filial, rasgo central que identifica a la relación entre los pueblos, entre los cuales no hay voluntad imperial, y las luchas que se han dado y se dan son vividas como luchas entre hermanos, y como tales deben resolverse, dato que -dice la autora- habrá de retomarse cuando se aluda a la problemática de la recomposición del todo.  

a.6. Fractura ontológica, que Bordas sitúa en lo que llama “la segunda conquista”, cuando en el siglo pasado, siglo de la organización, se pretende sumar a América al proyecto europeo, negando el ser originario y los procesos descriptos en este apartado, en aras de instituciones formales no construidas desde la ética propia, sino introyectadas de un modelo europeo extraño al ser americano.

b. Camino de las diferencias

Este segundo camino alude a las formaciones culturales particulares en torno a las cuales se nuclean las diversas identidades. A través de acciones éticas, dice la autora, los pueblos generan núcleos culturales autóctonos y autónomos. Un proceso en el cual la raíz común se va especificando en sujetos diferentes, a través de un movimiento de génesis de distintas imágenes propias, que singularizan a los pueblos, y que puede ser analizado de parecida manera que en el camino de las semejanzas.

b.1. Nombre, suelo e historia,  en donde los pueblos van nombrando sus núcleos constitutivos, y desde la imagen verbal marcan impronta del proceso de mezcla vivido             por cada cual. Es además diversa la geografía que condiciona a cada pueblo, y son diversas las historias particulares -aún teniendo todas un marco original común- con personajes -míticos o reales- que amparan el devenir de cada singularidad en un  despliegue propio. Y si los pueblos buscan hallar su “sí mismo”, que es un modo de hallar la libertad, sólo ha sido ganada la batalla primordial, la de la gesta independentista del siglo XIX, pero -dice la autora- aún queda mucho por recorrer para llegar al final de este relato inacabado.

b2. Mestizaje y poder de síntesis, que al darse de manera diversa en los distintos pueblos, configuran también las diferencias resultantes (ejemplo: Argentina/Uruguay frente a Ecuador, Bolivia, Perú, nota nuestra). Para la autora, la composición no se remite sólo a las razas, sino que incluye también a lo natural y a lo cultural, en las modelaciones originales. Y se van a dar diferentes procesos de apertura a la incorporación de lo nuevo, que van desde una negación absoluta hasta una receptividad mucho más amplia, diversidad que es visible en el análisis fenoménico de las naciones americanas. Pero siempre, dice Bordas, la vuelta hacia el “sí mismo” de cada pueblo implica conflicto, un esfuerzo representado por las tensiones sin resolver, tensiones entre aquél “si mismo” y las nuevas realidades que van adviniendo a partir de mestizajes y aportes migratorios, proceso que constituyen obstáculos para la posibilidad de ser de cada pueblo.

b.3. Religión y lengua, ya que por un lado lo religioso toma de cada ámbito en donde se desarrolla las características propias, que lo sustancializan con la reinterpretación cultural propia de lo local, lo cual es visible en la multiplicidad de ritos, tradiciones, coloridos y aún ciertos contenidos que aparecen en las diferentes religiosidades populares, influidas tanto por el remanente prehispánico como por el aporte migratorio posterior. Con relación a la lengua, sostiene Bordas, la diversidad de acentos, de giros idiomáticos, de pronunciaciones, establece una diversidad en la unidad. Y este hecho individualiza a los pueblos y los enriquece, dando cuenta de la capacidad creadora que surge de la libertad de los pueblos, como sujetos plurales, que paradojalmente, señala la autora, no pueden ejercitar en su vida política. Nota nuestra: ¿no es este un ejemplo de como los sujetos plurales, actuando en libertad, establecen el ser de su “si mismo” y restablecen la justicia originaria, ya que como sostiene Bordas en este texto la  ley ética supone el ejercicio real de la libertad por parte del sujeto que la produce?

b.4. Otros elementos, que señala Bordas como costumbres, mitos, leyendas, símbolos, arte; productos todos de un desarrollo individual de cada ser plural, en el que la interioridad de cada uno se manifiesta en lo producido, por una libertad de imaginación que define las diferencias. También puede verse esto, dice la autora, en el deporte, en donde, aún en los deportes advinientes -como fútbol, rugby, etc.- se desarrolla un estilo sudamericano de juego y de vivencia del entorno de juego, y hasta podemos advertir las particularidades de un localismo mayor, a nivel de cada nacionalidad.

b.5. Sometimiento y fractura ontológica, que analizará más adelante, pero que advierte que en cada pueblo toma formas singulares.

c. Recomposición del todo a partir de las diferencias

Sostiene Bordas que en el proceso de individuación de cada unidad plural, los distintos pueblos se han desgarrado y desmembrado del conjunto. Fractura ontológica, aislamiento y encierro en sí mismo van juntos, y cada pueblo intenta solucionar sus procesos críticos por sí mismo. Esto se potencia por la eurofilia de las clases dirigentes, que motivan el desfallecimiento de las culturas locales.

La autora propone formar un sujeto ético continental iberoamericano que potencie el encuentro de las semejanzas, enlazando particularidades y llevándolas a una integración que las potencie a todas, y las proteja como elemento cultural en sentido amplio (englobando lo político, lo económico, lo artístico, etc) frente al peligro de disolución a que las enfrenta el modelo que imponen las organizaciones formales. Es por ello, por prescindir de las organizaciones formales, que lo que propone Bordas se inscribe dentro de lo ético, ya que se trata de gestar acciones concretas en término de ontología continental, en el sentido que la autora definía en la introducción: a través de un tramado consensual que se genera del enlace de voluntades libres que resuelven sus tensiones internas y establecen una ley que identifica la identidad del grupo.

Advierte Bordas que no pretende una homogeneización abstracta y niveladora sino atender a las particularidades en el ámbito de una relación dialéctica parte-todo, integrando las distintas particularidades. Reconoce  la dificultad que emana de este hecho, del salir de cada país de su “si mismo”. Si no se supera esta instancia, nos anclamos en el punto de las distinciones particulares, lo que impide el desarrollo de un  nuevo ser plural, esta vez supranacional. Dice Bordas que el movimiento debe ser continuado, a partir de la superación del “si mismo” para que cada nación, sin dejar de ser lo que es, tome la fuerza del todo. Esto es posible, agrega, por los elementos aglutinantes presentes en la génesis ontológica iberoamericana. Las semejanzas de origen operan como núcleo reuniente. Y esto va más allá de una reunión económica: desde lo ético-político, donde lo económico es una resultante.

3. La fractura ontológica. Todo el artículo ha afirmado que las comunidades alcanzan su concreción expansiva plena, coincidiendo con su orden genético, sólo a partir de la articulación de su ley constitutiva en decisiones éticas y por lo tanto libres.

El no vivir este principio produce una fractura ontológica, que se traduce en una escisión, entre el sujeto real y el sujeto abstracto, no ético, y ambos sujetos son antagónicos. En este esquema de fractura ontológica, no puede haber un desarrollo auténtico del “si mismo” del sujeto plural. Esta situación estructural está presente en ibero América, y a ella hay que atender para intentar cualquier recuperación.

En este esquema, lo distorsionante, se aprecia, afecta a la totalidad de las naciones, mas allá de sus historias particulares, y este es un dato fundamental, ya que todos los sujetos plurales sufren el mismo “ser negados como sujeto libre productor de cultura”, y por tanto ético, siendo interpretados como objetos adosados, en tanto que tales, a proyectos foráneos del que no son productores ontológicos, pero que se establece para ellos como arquetipo a seguir. Todos estos sujetos plurales se encuentran en esta situación de negación de su eticidad, fundamento de su ser, y en los procesos de su organización se ha partido de esta negación, originada por el canto de sirena con que la modernidad hechizó a los organizadores, que buscaron la importación de modelos negando lo raigal, cortando ligazones, produciendo desmembramiento y disolución del ser. La institucionalización de los pueblos americanos se nutre de esta concepción moderna, liberal. Y este proceso establece un sujeto político ficticio, que impulsa al sujeto ético a que deje de ser lo que es, como propone Sarmiento (cita de la autora) en el Facundo, al decir que “Hay necesidad de una sociedad ficticia para remediar esta desasociación normal”, y nosotros agregamos: como fué proyecto de toda la generación liberal de la segunda mitad del siglo pasado, en donde se buscó negar no sólo la experiencia ontológica iberoamericana, sino también todo aquello que, desde el origen primordial, posibilitó esta génesis ontológica integral, a saber: la hispanidad conquistadora; el indigenismo (a través de las sucesivas “conquistas del desierto”, entendiendo  Buenos Aires al desierto como densidad vacua de sentido y poblada de seres vacíos de sentido también, ignorando, despreciando y destruyendo la presencia de su habitante y dueño, el indio, que  establecía al desierto en su “ser-con-sentido” de lugar para habitar); y la catolicidad.

En este proyecto hay una voluntad despótica que busca imponer un modelo anulando la voluntad ética común. Y esto es posible de ser sostenido sólo a través de una violencia, violencia coactiva que los pueblos americanos han resistido y resisten, al sentir amenazada su particular experiencia ética; resistencia que, empero, no ha impedido la fractura. Este proceso, agrega Bordas, es sufrido en todo el ámbito de iberoamérica.

Un sujeto fracturado ontológicamente es un sujeto esquizofrénico, en tensión entre dos realidades antagónicas simultáneas. Por un lado el sujeto cultural genera éticamente un producido  por tanto libre en el ámbito de un juego de libertades, que en este producir genera pluralidad. La fractura lo empuja a la resistencia, a veces a la ilegalidad. Crece así marginalmente a las instituciones, y a veces en contra de ellas. En América, -dice Bordas- se da a contrapelo, en la más profunda ambigüedad, en el ámbito de la historia no oficial,  aquel proceso en el cual  se alcanza un resultado ético luego de resolver las tensiones internas, quereres individuales que se encuentran en el entramado creador plural, basado en el consenso, resultado ético  que sintetiza, reformulando, todo lo heterogéneo, rechazando lo incompatible e incorporando lo que lo amenaza.

Los sujetos plurales buscan expresarse, en lo político-institucional, de manera que los organismos producidos sean expresión de sus interioridades. Esto no puede pasar en Iberoamérica. De ahí su fractura. Porque el otro sujeto, el impuesto desde lo institucional-ficticio, desciende, en el ejercicio de un poder abstracto, que es sentido como extraño, como “lo otro” (nota nuestra). Así, el individuo ético en proceso de constitución propia, proceso aún inacabado, se encuentra confrontado a modelos políticos que experimenta como extraños, y que producen, dice Bordas, un devastador efecto de confusión, y que se establecen  como freno de cualquier desarrollo autónomo y libre.

Niega la autora que el sujeto ficticio venga a llenar supuestos vacíos devengados de carencias fundantes. Estas carencias son afirmaciones que intentan justificar los proyectos extranjeros que han sido valorados en más que nuestros propios procesos de desarrollo. No puede resistir, apunta la autora, esta afirmación, a la simple observación de la fecundidad y la riqueza de la producción cultural de nuestros pueblos, en aquellos ámbitos en donde no puede ser coartada su libertad.

Este planteo de fractura ontológica permite superar la tesis desarrollo-subdesarrollo que desorienta al poner fuera de nuestro contexto el campo categorial, reubicándonos en aquello que nos define, de aquello que nos ha sido negado pero que constituye nuestra positividad, a partir de la cual podemos establecer nuestra manera de interpretar al mundo, de crear, de hacer ciencia y técnica a  nuestra manera, en relación con nuestras necesidades.

Afirma además la autora que esta negación ontológica hace imposible la justicia en la organización de lo económico, lo político y lo social, por lo cual es necesario atender a la naturaleza profunda de esta fractura, y no a elementos meramente formales.

Este desarraigo, esta fractura, tiene consecuencias tanto sobre el sujeto singular como sobre el sujeto plural. El individuo vive desorientado, y deviene promotor de un proyecto ajeno, conciente o inconscientemente. Tiene una experiencia de exilio en su tierra; participando -en el mejor de los casos, aclara Bordas-en la institución democrática a través de la emisión del voto. La sociedad vive escindida, disociada, dependiente.

No obstante todos los fracasos y la frustración que devienen de éstos, subsisten las iniciativas en la línea desarraigante; tratando de insertar a nuestras sociedades en modelos liberales o neoliberales. Sostiene Bordas que el mal de América proviene del hecho de haberla querido hacer partícipe de la modernidad pero violando su ley ontológica; mientras que los teóricos  insisten en que los problemas parten del hecho de que América no fué lo suficientemente moderna.

Pero América quiere ser ella misma, y su poderosa fuerza cultural, defendida en el cada día  por el hombre común, prueba su fiel voluntad de querer asumir su ser.

Los pueblos, dice Bordas, elaboran su destino desde ese núcleo fundante, al que -en el caso de los nuestros- alude en la génesis ontológica de Iberoamérica. A partir de este núcleo fundante  los pueblos crecen con un modelo de interpretación desde el cual interpretan y crean. Las experiencias externas pueden ser asimiladas creativamente, siempre que pasen el tamiz ontológico que surge del modelo de interpretación aludido. Si lo logran, quedan reformulados como algo propio. En cambio,  si lo externo es impuesto de manera autoritaria, sobreviene el sometimiento, la profanación del ser, la fractura.

La tarea del retorno a la identidad será ardua -dice Bordas-, y el primer nivel reclama sanar las instituciones, para que sean expresión de la interioridad de nuestros pueblos y operen estimulando un desarrollo genuino. Es preciso remostrar y recomponer aquello que fue destruido y negado, y esto reclama que haya una coincidencia entre el sujeto pensante -intelectual- y el sujeto cultural, que establece el ser. Culmina la autora afirmando que es necesario reinstalar la justicia originaria, de la cual fuimos desalojados de manera coactiva, para comenzar la recomposición de nuestros sujetos plurales.

 

Nuestra reflexión

 

Ningún observador puede dejar de reconocer el proceso de desestructuración ontológica que ha sufrido el suelo iberoamericano, a partir -especialmente- de los movimientos independentistas del siglo XIX, que paradojalmente produjeron la independencia “formal” en términos de soberanía política y territorial, pero instalaron la “desontización” de nuestros pueblos en aras de su inserción en el proyecto ilustrado moderno propio de la Europa posborbónica.

Desde este piso de interpretación, es posible observar dos realidades paralelas que afectan a Iberoamérica:

1. La progresiva compartimentación de los distintos pueblos; la progresiva potenciación del “camino de las diferencias”, y

2. La también progresiva diferenciación de los procesos de fractura vividos en los distintos pueblos, y aún más, entre unidades plurales participantes de un mismo pueblo. No es posible hacer un mismo análisis del sujeto rioplatense que del sujeto altoandino; ni del sujeto rioplatense con el sujeto patagónico, por ejemplo.

Esta doble realidad tiene su origen en lo que marcábamos en la introducción: las tres circunstancias fontales de un proceso en devenir, aún inacabado, a saber: la existencia de dos modelos de aproximación y avance del europeo a la tierra americana: el modelo sajón y el modelo íbero, el desigual índice de mestización o acriollamiento que experimenta América en los ámbitos influidos por uno u otro proceso; y la fractura en el desarrollo socioeconómico de los pueblos que se fueron desplegando  en el continente.

 

1. La progresiva compartimentación de los distintos pueblos

 

Los procesos políticos desarrollados en los pueblos americanos luego de las gestas de la independencia, y más allá de los sueños panamericanistas de algunos de los libertadores, fueron  deviniendo en una marcada “localización” , realidad comprensiblemente necesaria en el continente de las distancias enormes y las comunicaciones difíciles. Ninguna unidad política podía subsistir en estas circunstancias, sin una compartimentación territorial. De allí el proceso de fronterización progresivo, (proceso de larga movilidad, en el cual distintos territorios formaron parte de uno y de otro de los pueblos comprometidos, y cuyo precipitado son los recurrentes conflictos limítrofes que agrian la relación de numerosos países de origen común). Proceso de fronterización que debe encontrar su explicación también en las unidades políticas preexistentes; en las necesidades e intereses económicos; en las particularidades geográficas y en los aportes étnicos.

Los movimientos localistas no se han circunscrito al ámbito de las naciones, ya que no podemos olvidar las luchas que durante largos años enfrentaron a distintos pueblos de nuestra propia patria, y que solo fueron superados a través de muchos esfuerzos, sangre e iniciativa política que condujeron a los distintos pactos federales.

Esto conduce a que se ahonden las diferencias, y que cada pueblo ensaye sus propias iniciativas culturales -y por tanto éticas- en un ámbito de desconexión con los demás. En cuanto a las instituciones formales que son aludidas por el artículo de Bordas, expresan de manera aún más dramática esta opción por las diferencias, tanto desde lo político como desde lo económico. Piénsese, como referencia, en las dificultades de implementación que encuentra el “Mercosur”, en el cual son sólo unos pocos países los adherentes, y sin embargo no pueden encontrar la fórmula del bien común.

Compartimos la visión de Bordas en lo atinente al hecho de que en Latinoamérica los conflictos siempre han sido conflictos vividos “entre hermanos”. Agregamos que siempre ha habido una inclinación natural, óntica, a la resolución rápida de los conflictos, a menudo mediante la a. participación de alguna mediación fecunda, de tipo filial (mediación papal en el conflicto Chile-Argentina 1978) o mediación de otros hermanos (Argentina, Brasil y otros en la “Guerra del Cóndor, Perú-Ecuador, 1994). Sin embargo, debemos admitir también que la diferenciación progresiva ha  abierto abismos y fracturas de difícil reparación; y si bien los grandes  desafíos cohesionan al sujeto plural iberoamericano, el “cada día” lo muestra escindido y desconfiado. Ejemplo tal  vez cristalino de esto que marcamos lo puede representar Bolivia, que con todos sus vecinos ha perdido una porción de territorio, y por ende por todos se experimenta expoliada.

 

2. La también progresiva diferenciación de los procesos de fractura vividos en los distintos pueblos, y aún más, entre unidades plurales participantes de un mismo pueblo.

 

Con esto aludimos a que no es posible interpretar con el mismo marco de comprensión al sujeto que ha estado más expuesto a la influencia de los modelos impuestos que el que lo ha estado menos. Desde este punto de vista nos parece  que los países atlánticos, y en ellos los pueblos porteños, han sufrido un proceso de fractura más rápido pero a la vez más originario, y nos atrevemos a decir que por estar sumergidos desde hace más tiempo en este destilado cultural, viven con menos tensión la fractura ontológica que estamos debatiendo, lo cual no implica negar las consecuencias en términos culturales, políticos y económicos, todos de dependencia, que devienen de esta situación.

Creemos que no es difícil entender la causa de este fenómeno que -por otro lado- es a todas luces comprobable. Los litorales marítimos han sido -y son- lugar de entrada y salida, sujetos de comunicación e intercambio; puertas abiertas a las ideas nuevas; posibilidades ciertas de búsqueda y curiosidad.

El interior, en cambio, es cerrazón, encierro.  En el modelo fracturante, vive una “secundización” frente al litoral, que es el primero en recibir los aportes foráneos, además de ser la puerta comercial obligada. Es esta situación la que lo empuja a un reconcentrarse en sí. Y por eso se produce la paradoja: menos influido por los modelos modernos, conserva una mayor proporción de la cultura originaria; pero a la vez vive con mayor desgarro la fractura que no deja de afectarla, porque las decisiones son tomadas, siempre, por los hombres del litoral, ya sea que han nacido en él, ya sea que se han formado según sus modelos.

 

Qué dificultades se desprenden de lo mencionado

 

Las dos dificultades mencionadas -compartimentación y diferenciación en los procesos de fractura- hacen más arduo el camino de retorno, ya que las soluciones que podemos buscar no pueden tener la pretensión de ser universales. No existe una solución general y abarcadora, porque el problema, aún idéntico en su génesis, es diverso en su desplegarse. Y la fractura que vive un pueblo no es la misma que vive otro, por lo cual una solución con pretensiones universales fatalmente caería en el rechazo de todos aquellos que no la experimenten como propia.

Y aquí surge otra paradoja: cualquier solución para el problema de la fractura ontológica tiene que surgir como experiencia ética, o sea desde el campo de la libertad creadora de los sujetos plurales que la experimentan; pero aún cuando en un proceso de liberación los sujetos plurales americanos pudiesen entizar un camino de retorno, éste sería diverso para cada uno de ellos por ser distinto su “ser-actual-fracturado” , y sería motivo de una ulterior reflexión si los diferentes “caminos de retorno” podrían converger en una genuina identidad latinoamericana que no sea expresión voluntarista; y hasta que punto esta eventual convergencia sería fruto de una “necesidad óntica” del proceso, o de la decisión de los mismos sujetos plurales. Admitimos que ante esta dificultad debemos declararnos perplejos.

 

El camino de retorno: en búsqueda de un “sujeto ético superador”

 

América Latina se encuentra en un punto dramático de su historia. Sus pueblos están hundidos en la pobreza. Su cultura, negada, bastardeada, desleída, encuentra mayor valoración en ciertos círculos intelectuales extracontinentales que en su mismo seno. Lejos de haber aprendido de las experiencias fracturantes y disgregantes, ha insistido, en los últimos años, en la incorporación de los modelos liberales o neoliberales, modernos o posmodernos; con el agregado que a través de las nuevas tecnologías esta introyección es mayor, más rápida y más abarcativa. Creemos ver en este “plus” desontologizante el origen de la proverbial desorientación actual de nuestros pueblos.

Creemos que es menester sopesar en todo su valor la magnitud de las dificultades que involucra cualquier intento de retorno. Las mencionadas, y las nuevas. Como por ejemplo la avasallante extensión de la red informática (“Internet”) en gran parte de nuestras tierras.

A nuestro entender, no deberíamos demonizar lo ocurrido, sino reflexionar sobre ello con la menor carga afectiva posible, para encontrar el camino superador.

Entendemos que no es tiempo de instalar otro motivo de desencuentro, sino de caminar en la búsqueda de las coincidencias que permitan llegar a un producto nuevo, superador.

Cualquier solución debe incluir el destilado cultural de esta fractura ontológica, que lleva muchos años  de desarrollo y complejización, y no podrá ser negada, incluso como factor ontogenético de la realidad actual.

Cualquier solución debe excluir las interpretaciones integristas, porque no se puede tejer una urdimbre de responsabilidades libres creativas en donde no hay una decisión común de volver a encontrar caminos de encuentro.

Hay pueblos que aún hoy se sienten ligados a un origen muy previo a la ontogénesis del ser americano, aún del ser americano desencontrado. Son pueblos que han sufrido la violencia y el escarnio, la expoliación y la injusticia. Y de ser dueños de todo, devinieron en dueños de nada. Por ello, muchos de ellos avanzaron en la dirección de afianzarse en su identidad primordial. Es necesario abordar también este problema, con respeto y creatividad, porque los asiste un derecho fundamental a ser lo que son: raza y principio, libertad y futuro.

No  vemos como tarea fácil toda esta trabada urdimbre de complejidades a ser resueltas. No compartimos con Bordas que pueda -si es que ella lo pretende así- desandarse de manera simple un camino que, además de fracturar, ha generado ser. Un ser escindido, pero un ser que no puede ser negado.

Es precisa, en todo caso,  una negación global que nos conduzca a una nueva afirmación. No decimos ”a una reafirmación”, sino a una nueva afirmación.   Para esta negación, es menester el surgimiento de un nuevo pensamiento, capaz de revalorizar los fundamentos ónticos iberoamericanos, para desde este lugar de reflexión impulsar la búsqueda del “sujeto ético superador”, un sujeto en marcha hacia el futuro, capaz de pensar desde sus propias y originales categorías, capaz de valorar sus raíces, aún aquellas que le negaron parte de su ser: la conquista; las luchas fratricidas; los modelos foráneos impuestos coactivamente. Este sujeto ético superador ha de ser un sujeto capaz de vivir la unidad de la pluralidad, unidad que ha de ser buscada en la dimensión emotivo-estética, dimensión posible, como lo prueba la vivencia de conjunto que experimentó América latina en el episodio de Malvinas.

Es, en  todo caso, una tarea que ha de llevar tiempo, esfuerzo y profundos desgarros. No todos en nuestro continente iberoamericano experimentan la misma necesidad; no todos identifican la misma génesis para nuestros problemas, no todos comparten, siquiera, que iberoamérica tenga otro problema que el problema del subdesarrollo, con lo cual afirman tácitamente que es necesario profundizar el modelo desgarrante.

Pero América Latina no puede retornar a su “sí mismo” en contra de sí misma. Si no lo entiende, si insiste en el camino de la confrontación, aún en el de la confrontación intelectual vivida desde la misma intransigencia que se vislumbra en otros conflictos, económicos o políticos; si sus intelectuales, si los cultores de su filosofía, no buscan el encuentro superador, el “sujeto ético superador” nunca será posible, y el desgarro continental permanecerá en el tiempo.

 

Raúl F. Llusá